Alvaro Díaz

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Alvaro Díaz

Alvaro Díaz
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El Conservatorio de Música y Bellas Artes del Huila, fue creado mediante Decreto No.227 de 1950. Ejercía como Gobernador el Abogado Gustavo Salazar Tapiero, quien nombró como Director de Educación Pública al Filósofo javeriano, Gilberto Vargas Motta.

El Alcalde de Neiva, Pablo J. Gutiérrez Vélez, permitió que dicha institución iniciara labores en la sede de la Escuela Central de Niñas, casona que estaba ubicada en la carrera 4ª entre calles 8ª y 9ª, área contigua a la que ocupa hoy el Teatro Pigoanza. Inició con treinta alumnos; Jorge Durán Plazas, Alberto Rosero Concha, Manuel J. Cuesta, y la dama nariñense Cecilia Cabanzo de Morales, fueron los primeros profesores.

Narra Gilberto Vargas Motta en su libro: “Semblanzas del Huila”, que también fue conformada la Sinfónica del Huila con las siguientes personas: Sacerdote Carlos Julio Rojas -Piano-, Sacerdote Jorge Echandía -Contrabajo-, Alberto Rosero Concha -Violín-, Manuel J. Cuesta -Violín-, Jorge Durán Plazas -Trompeta-, Arcadio Q. Guzmán -Flauta-, Simón Barreto -Clarinete-, Benavides -Trombón-, José Antonio Cuellar -Batería-.–La sinfónica citada era diferente a la “Banda Departamental de Músicos” que hoy lleva el mismo nombre-. (La aclaración es mía).

Diez años después (1960), la agrupación estaba integrada por Antonio Gómez Álvarez, Alberto Rosero Concha, Álvaro Díaz Barragán, Luis Felipe Bastos, Andrés Rosas Summa, Jorge Durán Plazas, Abel Valderrama Yusti, Isaura Tarazona de Mosquera, Armando Suárez y Manuel Palacín. Cabe destacar que todos han dejado historia con bellas melodía y especial dedicación en lo regional, nacional e internacional.

Entre ellos hoy me referiré a Álvaro Díaz Barragán, hombre culto y positivo, sensible, de memoria nítida y especial anfitrión. Delgado, de regular estatura, con marca prematura en cabello de la parte occipital, un blanco lunar que lo delataba fácil donde estuviera, el que lo hizo ver mayor y siempre serio, más que los esmoquin o frac que utilizó para conciertos. Dicho lunar no solo fue referencia para localización, sino para motes por fortuna no desagradables.

Álvaro nació en Neiva el 30 de octubre de 1942, en el matrimonio constituido por Gustavo Díaz y María Teresa Barragán, quien había nacido en Armero (Tolima). Su único hermano falleció muy pronto, motivo por el cual fue criado como hijo único, consentido especialmente por su abuela Rafaela Fernández. Su abuelo Sergio Barragán era de Pacho -Cundinamarca-. Álvaro es padre de Martha Liliana, Claudia y Marcela Díaz.

Este maestro del violín inició sus estudios primarios en el Colegio de la Presentación, época recordada especialmente por la Hermana Victoria, pasaría luego al Instituto Bolívar del profesor Guillermo Vargas Cabrera para continuar el bachillerato en el Santa Librada y sus dos últimos grados en el Salesiano San Medardo, donde fuera compañero de estudio del Ex Alcalde, ex Parlamentario y Ex Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla. Allí fue alumno desde luego, del padre Rafael Rangel quien tocaba piano y acordeón, sobrino del pianista, compositor y director de orquesta, Oriol Rangel Rozo, lo mismo que del sacerdote Reynaldo Acero.

Gerardo Pío Betancur Chávarro, Carlos Rocha, Guillermo Betancur, Antonio Gómez Álvarez, Esperanza Núñez, Luis Felipe Basto y Armando Suárez, fueron entre otros, sus compañeros de estudio en el Conservatorio de Música y Bellas Artes del Huila. Por entonces Pepe Mena era el Director de la institución.

La vena musical se la heredó a su abuelita Leopoldina Díaz Mosquera, quien tocaba tiple y tenía bella voz. Su padre fue director de escuela y pasando luna de miel en Altamira (Huila), se volvió gran admirador del violín, tras escuchar una agrupación integrada por gente que además interpretaba guitarra, tiple y bandola. Desde entonces don Gustavo compró un violín tres cuartos (medida para niño), el que tenía en la cabecera de la cuna de Álvaro cuando nació.

De niño no necesitó que le dieran mucha vara de corrección como era la costumbre de crianza, su padre le esgrimió para toda la vida el arco o vara del violín para que aprendiera a frotar esos 70 centímetros de cinta sobre cuerdas que deberían vibrar y sonar en forma eficiente, filamento entonces elaborado con crines de cola de caballo de clima frío, cuyo ambiente hace que el pelo sea más fino y resistente. Hoy las hay sintéticas.

Sobra decir que este instrumento abombado con silueta estilizada por su estrecha cintura en forma de “c”, ha acompañado a Álvaro toda su vida. Hoy por su artritis heredada también de su padre, no lo acaricia con sus manos ni lo acerca a su nuca como a un bebé, pero lo acompaña en su habitación como un Ángel de la Guarda que conoce sus secretos, sus cuitas de amor y sus muchas andanzas de intérprete.

En medio de todo con toda la paz y alegría que despierta la música, fluyen de su mente sana, abierta, generosa y bien intencionada, temas altruistas, cultos, consejos y citas bíblicas en abundancia, lo mismo que evocaciones tiernas y agradecidas para con el Creador que le muestra con mucha anticipación espacios más allá de nuestra propia existencia.

Con fortaleza y optimismo se desplaza apoyado en un caminador, no solo para dar bienvenida o despedir visita de sus amigos, sino que maneja con toda solvencia y respeto de normas su vehículo para llevar a su nieto al colegio.

A la par de la “Cartilla Charry”, la “Alegría de Leer” de Evangelista Quintana, la Aritmética y Geometría de G. M. Bruño, el Catecismo Astete y las Cien Lecciones de Historia Sagrada, cargó bajo brazos los pentagramas de música brillante, porque el profesor Alberto Rosero Concha siempre le exigió leer partitura.

Recuerda fácilmente el día que lo conoció, y más cuando se dio cuenta de sus calidades artísticas, invitándolo a su casa para aumentar a tres o cuatro horas el estudio de violín junto a Antonio Gómez quien aparte de violín también llegó a ser gran clarinetista y saxofonista, y del hoy, gran concertista Carlos Rocha, quien aprendió a tocar también acordeón, hoy residenciado en los Estados Unidos tras presentarse con afamadas filarmónicas en los principales teatros europeos.

Como el maestro Rosero Concha les exigía tocar con pentagrama y música selecta, Gómez, Rocha y Díaz aprovechaban las ausencias del instructor para interpretar a oído música colombiana -pasillos, bambucos, porros, cumbias, etc. En cierta oportunidad el profesor Rosero preocupado les comentó que habían sido invitados a una presentación en el radio-teatro “José Eustasio Rivera” de Radio Neiva, para interpretar música colombiana. Había que conseguir las notas para la presentación porque no las tenían. Ellos con cierto humor sacaron los instrumentos para improvisarle más de un son colombiano, quedando al descubierto lo que hacían cuando el maestro se ausentaba, lo mismo que la alegría de este por tener rápida solución su preocupación. 

 

 

 

Por: Orlando Mosquera Botello

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