Atmósfera de III guerra

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Atmósfera de III guerra

Atmósfera de III guerra
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Por Orlando Mosquera Botello

La Constitución Nacional aprobada en 1886 y vigente hasta 1991, contemplaba como período de sesiones ordinarias del Congreso Nacional, 150 días que iban del 20 de julio al 16 de diciembre. La norma fue aprobada considerando el desplazamiento de los parlamentarios de provincia que a finales del siglo XIX y la gran mayoría de los años del XX, tenían que desplazarse por caminos de herradura o vecinales, vadeando ríos en canoas, tarabitas, lanchas, balsas o chalupas. Era noticia que los ministros fueran citados al Congreso y cuando este iniciaba labores, todas las carteras hacían llegar sus abultados informes para que fueran estudiados.

Las giras políticas eran interesantes, los recibían con cabalgata y entusiasmo partidista, música, vivas y voladores especialmente en días de mercado, cerrándose la jornada con especial oratoria y deliciosos sancochos para que gestionaran con empeño la construcción de escuelas, puestos de salud, tramos carreteables, bateas, puentes colgantes para paso de carga en bestia o de poca luz -como se dice en el argot de la ingeniería-, etc. No eran fáciles las correrías de los Representantes de los Territorios Nacionales con gran extensión selvática dividida según población y presupuesto con los nombres de Intendencias y Comisarías.

El segmento de receso interrumpido con cortas sesiones extras, era para uno como funcionario de la parte administrativa, espacio grato para estudio, lectura o cualquier otra actividad cultural. En el tiempo que allí laboré, visité museos, asistí a exposiciones de arte, conferencias, paneles, etc., y compré interesantes libros en tiendas de gran tradición como la Lerner, la Nacional, la Buchholz, la Academia Nacional de Historia, Tercer Mundo, etc. Entre ellas también, una especializada en volúmenes del Fondo de Cultura Económica, que como cosa contradictoria también imprimía interesantes textos de lingüística que aún conservo.

En cierta ocasión me aproximé a la vitrina de una modesta librería de la carrera 13 entre calles 46 y 47, donde un señor delgado, tuerto, alto, blanco, canoso, y portando traje completo gris, asomó amable para invitarme a seguir. Agradecí el gesto recordando el adagio que reza: “Es más importante el librero que la librería”. Cordialmente me enseñó textos de diversos temas, pero en especial de política internacional. Me di cuenta que era judío cuando leí el nombre de su negocio: “Librería Hebrea”.

La visité buen tiempo para adquirir textos de autores hebreos residenciados en varias partes del mundo, tal día terminé comprando uno de Golda Meir y otro titulado: “Israel, tragedia y Gloria de un pueblo”, de Eliecer Celnik, análisis histórico profundo de la situación de Israel hasta la Guerra de los Seis días -1967, tema entonces candente como todo lo que tiene que ver con el Oriente Medio.

Eliecer Celnik nació en Varsovia en 1920, llegó a Colombia por los años de la II- Guerra Mundial con sus padres José y Raquel Waisfogel y sus hermanos: Isaac, Azriel y Jacobo. Fue quien fundó el Sionismo Revisionista en Colombia, e Isaac quien me atendía y recomendaba libros, fue el fundador de la “Revista Menorah” en 1950, la que circuló continuamente hasta 1995.

Por entonces para tener un panorama amplio, también dialogaba sobre el tema con el parlamentario Feisal Mustafá Barbosa de ascendencia palestina, para quien Yasser Arafat era un redentor. Fue Representante y Senador por Santander, miembro de las comisiones IV y VIII respectivamente, células concreciónales en las que laboré como Codificador de Presupuesto y Oficial Mayor, respectivamente. Hasta donde recuerdo, Mustafá Barbosa fue Secretario de Gobierno Departamental en la administración de Juan Carlos Duarte Torres y como tal, promotor de la creación del municipio “El Peñón”. Tuvo fuerte votación en el Socorro y en la provincia Guane. Fue secuestrado y asesinado por el ELN.

Entre 1974 y 1992, tiempo que he dedicado más tiempo a lectura de temas internacionales, pasaron por mis manos libros interesantes como la colección de entrevistas de Oriana Falacci a los mandatarios del mundo de la época, titulado: “Cita con la Historia”, editado por Círculo de Lectores; y la revista Dossier Europa que me llegaba gratis en español, gracias a Gladys Taranteli, Ítalo-venezolana amable y bella que vino a Bogotá en 1982, acompañando a Piet Danker, Presidente del Parlamento Europeo, quien representaba a los países bajos.

De los comprados por la época, también recuerdo ampliamente: “AQUELLOS ENFERMOS QUE NOS GOBERNARON”, libro revelador de los historiales clínicos de los hombres que gobernaron en distintos países y cuyas decisiones, por su importancia, influyeron en determinados momentos en el curso de la humanidad, especialmente durante la II-Guerra Mundial y lo que llamamos la Guerra Fría. Señalan de qué sufrió Hitler, Mussolini, Churchill,  Chamberlain, Daladier, Stalin, Roselvet, Eisenhower, el Generalísimo Franco, Mao Tsé-Tung, entre otros. Hoy se le podría agregar al libro el mal de Alzheimer de Ronald Reagan y Virgilio Barco, el alcoholismo y consumo de droga de George Bush, la homosexualidad de Arafat, los problemas cerebrales de Tancredo Neves, quien falleció por embolia dos días después de su elección; la declaración que diera el parlamento ecuatoriano señalando “loco” al Presidente Buccaram, el mal de Parkinson y cáncer de próstata de Rafael Caldera, la desmesura alimentaria de Luis Herrera Campins, la debilidad de Jaime Lusinchi por las “bebidas espirituosas”, y los odios desde sus vísceras como el mismo lo dijo, de Hugo Chávez Frías; denunciando también desde ya, el problema hepático que debe sufrir el ruso Putin, delatado por su cara.

También recuerdo “La Verdadera Guerra” de Richard M. Nixon, libro editado en 1980 por “Planeta” -que hoy recomiendo releer-, tiempo en el que el autor se refería a la Tercera Guerra Mundial como iniciada años atrás, con resultados de batallas que hoy se siguen registrando en las páginas internacionales de los diarios del mundo. Batallas que se han dado en Vietnam, el Canal de Suez, Afganistán, Turquía, Líbano, Irán, Irak, Siria, y Colombia, como país clave para la seguridad del continente -aunque muchos lo ignoran-, lo mismo que en embajadas, centros de espionaje, universidades, sindicatos, etc.

En su segundo capítulo, Nixon dice: “La tercera guerra mundial comenzó antes que la segunda mundial terminara. Incluso mientras los ejércitos aliados combatían con las fuerzas nazis, para aniquilarlas en Europa, Stalin tenía la vista fija en sus objetivos de posguerra. En Abril de 1945, mientras los soldados norteamericanos y los soldados rusos se abrazaban en las orillas del Elba, en Alemania, Stalin expresaba su fórmula de mundo dividido de la posguerra, así: “Esta guerra no es como la del pasado. Quien ocupa un territorio impone también su propio sistema social. Todos imponen su propio sistema social hasta allá donde sus ejércitos llegan. Y no puede ser de otra manera”.

Desde entonces Nixon se refiere a la importancia de la unión y la defensa del continente americano, rico en todo, independiente de los otros cuatro a los que cualquier enfrentamiento, sequía o crisis afecta fuertemente al tiempo. La construcción del canal en Nicaragua financiado por chinos, el préstamo en grandes cantidades y sin miedo a países de América como Venezuela, la venta de aviones Sukhoi, el acercamiento diplomático de Venezuela a los países antinorteamericanos por simple resentimiento, muestra cómo todo avanza.    

Por tal motivo no me extraña lo que dijo el Papa Francisco en su reciente visita a Cuba: “El mundo necesita reconciliación en esta atmósfera de Tercera Guerra Mundial por etapas que estamos viviendo”

Por: Orlando Mosquera Botello

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