¿Qué tan independientes son Alejandro Santos y Semana frente al proceso de paz?

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¿Qué tan independientes son Alejandro Santos y Semana frente al proceso de paz?

¿Qué tan independientes son Alejandro Santos y Semana frente al proceso de paz?
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Consideraciones del sobrino del presidente y uno de los periodistas más poderosos del país.

Ha dirigido la influyente revista Semana por 15 años con éxitos, premios, reconocimientos y aplausos. Pero también tiene detractores que dudan de su independencia por ser sobrino del jefe de Estado, situación que él parece haber deslindado con algunos muros de contención.

En esta profesión de apremios, presiones y adrenalina, es perceptible ver cómo el cabello se vuelve blanco, pero a los 45 años Alejandro superó rápido esa etapa y se quedó calvo.

“Son los genes de la angustia. Especialmente en los cierres la presión es muy fuerte. En un país que produce tantas noticias, de forma vertiginosa, con la necesidad de edificar criterios y tener la capacidad de contextualizar, eso genera un acelere, adrenalina, y una angustia enorme. Al mismo tiempo eso es lo que hace más apasionante ser periodista.”, comenta.

Alejandro considera que “somos unos privilegiados de poder ser periodistas en Colombia, tratar de informar en un país tan complejo, que no es ni blanco ni negro, a pesar de que los violentos y los extremos nos tratan de convencer de lo contrario.

Colombia es un país de tonalidades grises, y ahí tenemos que estar los reporteros, entender que es un país diverso culturalmente, un país de regiones, hasta que no nos entendamos en la diversidad, en el pluralismo y en el respeto a la diferencia, va a ser muy difícil construir una Colombia moderna en el posconflicto”.

 

¿Qué piensa acerca de la sospecha que le suscita a muchos su independencia o no, por ser sobrino del presidente de la República?

“Yo creo que uno tiene que convivir con esa crítica. Sin embargo, la revista habla por sí sola, por circulación o por suscriptores. Nos va divinamente.

Si fuera por la influencia o por los premios periodísticos también. Pero yo no hago periodismo para eso sino para tratar de informar mejor a la sociedad. Y a veces informar es decir cosas que a la gente no le gustan, es ir en contravía de lo convencional, es pisar callos, es ganarse enemigos, es poner en riesgo a los periodistas, y esa es la labor que nos tocó Édgar, le ha tocado a usted, le ha tocado a tantos colegas.

Le hago un reconcomiendo a los periodistas de las regiones, que esos sí son unos verdaderos héroes, a los que matan porque se atreven a alzar la voz y a decir cosas, en medio de regiones muy complejas”.

 

¿Qué hace usted como director para que el país sienta fuerte la independencia suya y la del medio?

“He tratado de hacer un buen periodismo, rodearme de los mejores periodistas del país, de los más críticos. Le hablo de Daniel Coronell, Daniel Samper, Antonio Caballero, María Jimena Duzán. No solo son los columnistas más leídos, sino los más críticos.

Eso es lo que pretende ser Semana, una especie de baluarte ético por un lado y siempre mantener un espíritu crítico, garantizar una gran transparencia y gran honestidad intelectual a la hora de informar, así se cometan errores y no tengamos miedo de reconocerlos”.

El papel de los periodistas

En términos generales, existe la preocupación ante tanta unanimidad de los periodistas con el proceso de paz….

“Yo creo que los periodistas no pueden ser unos seres apologéticos y militantes irracionales de la paz. Si algo caracteriza al periodismo es su espíritu crítico, y en eso, parte de su deber fundamental está en asumir posiciones críticas y de fiscalización, ante las negociaciones y ante lo que se viene para Colombia.

Esas posturas que permiten cuestionar y cuestionarse son absolutamente fundamentales, no solo para el país sino para el propio Gobierno, porque aportar puntos de vista que muchas veces el poder no observa. Me parece muy lamentable y patético pensar que quien tiene un espíritu crítico, sea estigmatizado como uribista o como santista. Esa lógica maniqueista que nos ha caracterizado durante tantos años en Colombia es muy propia de una mentalidad muy pequeña”.

La gran separata y el análisis de periodistas del país

¿Qué colige usted de la reciente separata publicada por Semana, con el análisis de 100 periodistas?

“La guerra ha dejado tras de sí una estela de sangre, de traumas, de miedos, de prejuicios, y de injusticias muy grande. Pasar esa página de la violencia política y dejar atrás lo que ha significado la violencia de las FARC es un gran paso, pero sobre todo es una mirada hacia delante.

Desde las regiones es donde nos damos cuenta, principalmente, que el desafío debe ser de toda la sociedad, no es solo del Estado, del Gobierno, de los gobernantes locales, sino de todos los sectores de la sociedad y eso es importante que se entienda así.

Los profesores, periodistas comunitarios, las distintas iglesias en el país, los grandes empresarios y los pequeños comerciantes, todos tienen que jugar un papel muy importante en la construcción de una Colombia sin esa violencia política”.

El posconflicto que viene

Los desafíos son enormes, puntualiza Alejandro Santos.

“Si uno tuviera que resumir lo que significa el posconflicto en Colombia para los próximos 25 años, yo diría que es tratar de incluir en los territorios de Colombia un desarrollo sostenible, que tenga un poco más de institucionalidad, un desarrollo donde la gente tenga posibilidades de trabajar, en la legalidad por supuesto, y un desarrollo que respete el entorno y el medio ambiente, en tiempos de cambios climáticos como lo hemos padecido últimamente, cada vez resulta más importante el respeto a la naturaleza”.

Uribe, demasiado radical

¿Usted cómo ve la posición de Uribe que se niega a dialogar con Santos?

“El expresidente Uribe ha sido más que crítico, radical. Pareciera que su enemistad con Santos ha impedido una crítica más racional.

Yo creo que este proceso es muy importante que tenga críticas, eso le ayuda a todos, pero las posiciones de Uribe me han parecido excesivamente radicales. Sin pretender que lleguen a acuerdos ni que haya unanimidad, la democracia no es el consenso absoluto, la democracia también son las diferencias, y en la democracia también uno no se pone de acuerdo y por eso las mayorías son las que gobiernan y esa es la esencia.

Pero negarse a la deliberación, al debate, me parece bastante lamentable, muy triste, pues estamos definiendo el futuro de Colombia”.

El plebiscito

En el supuesto –casi seguro- de que la Corte le diga sí al plebiscito, ¿cómo cree que se llevará a cabo esa campaña?

“Todo plebiscito genera inevitablemente una polarización, inevitablemente divide al país, como se vio en Inglaterra con el Brexit, esa es la democracia, la esencia.

Sin embargo, en un país tan maniqueista, tan macartista, donde los odios y los prejuicios nos han llevado a tanta violencia… esperemos que este plebiscito se tramite dentro de los conductos regulares, racionales, políticos, democráticos y no termine dividiendo más al país, causando más heridas y estigmatizando ideas.

Aquí hay gente que tiene todo el derecho de votar en contra de la paz, pero sería muy lamentable que un plebiscito por la paz termine engendrando nuevos odios y nuevas violencias”.

 

La paz total es una quimera

¿Cómo es la Colombia que usted se imagina a la vuelta de seis meses?

“Plantear que la firma de un acuerdo para la dejación de las armas, un acuerdo final con las FARC, va a ser el fin de la violencia en Colombia es claramente una quimera, es una ilusión.

En Colombia hay una cantidad de factores que generan y seguirán generando la violencia. Sabemos que el narcotráfico, las economías criminales a través de la ilegalidad de la minería, por ejemplo, las bandas criminales, estilo los Clan Úsuga y demás, se siguen sofisticando, estimulados por el dinero que mueven.

Dicho lo anterior, no podemos negar la importancia de desarmar a más de ocho mil o nueve mil combatientes que hacen parte de las FARC, que tienen también un ejército organizado, con unidad de mando, con una capacidad de hacer un enorme daño en Colombia.

No podemos olvidar el trauma que le generaron las FARC a Colombia, la época de los secuestros, de las pescas milagrosas, de las tomas de pueblos, secuestros de diez años que hicieron sufrir tanto a Colombia. Acordémonos de las incursiones en las ciudades.

No podremos olvidar la cicatriz que ha quedado en la historia de Colombia con la violencia de las FARC. Negarlo es una visión bastante obtusa. Entonces, eso va a favorecer claramente la construcción de una Colombia más moderna y más civilista. Debemos procurar una cultura política que no se base en el odio, pero sí en el respeto y la tolerancia. Tenemos que desarmar los espíritus, y esa labor nos compete a los periodistas con un arma que para nosotros es la esencia y para las sociedades es muy importante: el lenguaje”.

Por: Édgar Artunduaga Sánchez

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