Rulfo, sin espacio ni tiempo

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Rulfo, sin espacio ni tiempo

  


Heriberto Fiorillo

Hoy se conmemoran 31 años de la muerte del gran escritor mexicano Juan Rulfo y el próximo 16 de mayo celebraremos los cien años de su nacimiento.

Yo tuve la fortuna de entrevistarlo durante un congreso de escritores en Cali, a fines de los setenta. ¿79 quizás? En aquella ocasión vinieron al país, además de Rulfo, el argentino Manuel Puig y los españoles Juan Goytisolo y Camilo José Celá, Nobel de Literatura.

La mía fue una insistente cacería de 36 horas tras Rulfo, incluida mi presentación ante él como uno de los guías del evento. Después me despojé del disfraz y le dije, aprovechando el encierro de un ascensor, que mi único propósito era el de entrevistarlo.

Sobre eso, escribí: "Ayer me ha incumplido una cita y le ha echado la culpa al cansancio. Esta mañana me ha tirado la puerta en la cara.

Le había ido a buscar, como lo pidió. Me lo imaginé dando vueltas en su pieza, acorralado, pensando una nueva evasiva, sin ganas de contestar nada pero temiendo negarse".

La verdad, primero lo esperé en mi habitación toda una mañana, adonde había prometido llegar. Como no lo hacía, fui a buscarlo a su cuarto. Toqué por primera vez y nada. Esperé un poco y volví a tocar. Silencio absoluto. Entonces, mis nudillos golpearon con fuerza. 

La puerta se abrió y un Rulfo iracundo, echando espuma por la boca, me saltó a la cara. ¡”Ya no lo dejan a uno ni lavarse los dientes!, gritó y dio con la puerta en mis narices.

Atormentado, bajé al primer piso y tropecé con mi amigo, el escritor Manuel Mejía Vallejo, a quien conté lo sucedido. Manuel me dio esperanzas. "Tengo una cita con él mañana. Vente conmigo, calladito, y ahí veremos".

Sobre eso, escribí: Ahora ha bajado hasta aquí, a este salón del hotel, donde no tiene escapatoria. Lo veo venir lentamente, sin levantar los pies, con esa apariencia suya de sacristán de pueblo, caminando la procesión de su propio entierro. Se acaba de sentar, pero me da la impresión de querer salir corriendo. Enciende otro cigarrillo, insinúa una sonrisa y, mirando a otro lado, me acusa de violento, de presionador.

Sobre la mesa, una jarra de agua y varios vasos. El licor no ha sido necesario para Rulfo desde hace más de treinta años. Lo dice y menciona una úlcera gástrica.

Manuel y Rulfo fueron compinches en los viejos tiempos del aguardiente y del mezcal, cuando ambos rendían vehemente tributo al alcohol.

Después de mi primera pregunta, sus manos dejarán de temblar y ya no apretará tanto los dientes para responder.

En medio del diálogo, testigo de nuestro entusiasmo, Manuel optará por dejarnos. La rúbrica será del mismo Rulfo, al cabo de  tres horas. "Nunca me habían hecho hablar tanto".

A propósito, por qué los muertos en su obra, le pregunto.

"Busco los muertos porque no tienen tiempo ni espacio. Es un viejo truco literario. Entonces, encuentran más libertad para moverse".

¿Y qué es la muerte para Juan Rulfo?

Pues el fin de la existencia. En realidad, los mexicanos se ríen, se burlan de la muerte mientras están vivos. Pero también le temen. La celebran como una fiesta y se la comen en calaveras de azúcar. 

Vive Juan Rulfo, sin espacio ni tiempo.

Por: Heriberto Fiorillo