lunes, 20 de noviembre de 2017
Opinión/ Creado el: 2017-11-14 12:29

¿Llegó la hora de legalizar las drogas blandas?

Escrito por: Pedro Arias
 | noviembre 14 de 2017

El tratamiento que los EE.UU. le ha dado a Colombia en materia de erradicación de cultivos ilícitos, además de injusto, es verdaderamente lamentable. Mientras nuestras autoridades se esfuerzan para cumplir las metas arbitrarias que nos imponen, los americanos se “hacen los gringos” para colaborar con los altos costos que demanda la erradicación voluntaria para sustituir los campos de coca y de amapola por proyectos agropecuarios rentables para los campesinos. Y nos amenazan con la descertificación.

Los EE.UU. deberían, en compensación, pagar todas las obras de infraestructura necesaria, tales como buenas carreteras de penetración, agua potable, electricidad, escuelas y agroindustria para incentivar a los campesinos a fin de que puedan vivir decentemente de sus cultivos y no de la coca que envenena a los gringos.

Porque es la demanda de los consumidores americanos la que ha disparado las siembras ilícitas con toda la historia de horror del narcotráfico vivida por los colombianos, que ha segado vidas, financiado a la insurgencia y a todas las bandas criminales -incluyendo a los paramilitares- y que ha corrompido hasta los tuétanos los estamentos de nuestra sociedad.

Está demostrado, plenamente, el rotundo fracaso de la política represiva de los EE.UU. contra la producción y el tráfico de estupefacientes, como también está demostrada, hasta la saciedad, su ineficacia para detener el ingreso de las drogas a su país y mucho menos atacar el consumo que se eleva a cientos de toneladas anuales de cocaína, para mencionar solamente una de las llamadas “drogas blandas”. Se calcula que, a duras penas, uno de cada 90 cargamentos que llegan a los EE.UU. es detectado por las autoridades, y el efecto de la política represiva ha sido, paradójicamente, el perfeccionamiento de las técnicas de producción, transporte y distribución de la droga.

Hasta hace unos años lo que era un tímido debate de libertarios extremistas, hoy, la legalización está siendo considerada seriamente por juristas, sociólogos, fuerzas del orden, profesores e ilustres economistas. En los países industrializados, la propuesta de legalizar la marihuana y la cocaína está sobre la mesa. The Economist, la publicación más respetada de Occidente, publicó su portada y un editorial, no para abrir el debate, sino para pedir la legalización de la droga. Lo mismo sucedió en España con las revistas Cambio 16 y Tiempo. En las principales universidades del mundo, académicos de la talla de Milton Friedman y John K. Galbraith también se han alineado con la legalización. Pero los americanos y los moralistas de todos los pelajes se empeñan en la terquedad de mantener una guerra perdida que solamente ha beneficiado a los bandidos, a la DEA, a la CIA y a la industria carcelaria de los EE.UU. (cerca de la mitad de los presos están encarcelados por delitos que se relacionan con las drogas).

La legalización, con todas sus variantes, cobra cada vez más actualidad ante la evidencia de que la política de interdicción ha resultado más perjudicial que el mismo mal. La discusión puede darse en varios niveles, empezando por el de si la prohibición atenta o no contra los derechos individuales.

El temor de conceder libertades ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad. Muchos de los derechos que hoy son considerados básicos, elementales y esenciales, fueron en algún momento de la historia (y siguen siendo en ciertas “civilizaciones”) reprimidos por gobernantes temerosos de que las personas carezcan del criterio suficiente para administrar sus vidas y puedan afectar a toda la comunidad.

Sin embargo, hay abundantes ejemplos históricos en los cuales se demuestra que la concesión de libertades no necesariamente desemboca en excesos. En el caso de la prohibición del consumo de alcohol en los EE.UU., se revela una historia muy parecida a la de la marihuana y la cocaína. Se han enriquecido los bandidos, se ha derramado mucha sangre y se han corrompido las autoridades. En los años que siguieron al levantamiento de la prohibición, contrario a lo que se creía, no hubo un aumento dramático en el consumo de bebidas alcohólicas. (”La prohibición es causa del apetito”).

Los que favorecen la política de la interdicción argumentan que el problema no es tanto la libertad de una persona de hacerse daño a sí misma, sino las repercusiones que esa actitud tenga para sus semejantes, que pueden ser agredidos por el consumidor drogado. Pero entonces, este argumento prohibicionista no sería solo para las drogas ilícitas, sino también para el alcohol, para el tabaco y para las armas blancas y de fuego. Tres elementos legalmente permitidos, con algunas regulaciones, y los tres capaces de producir tantas o más muertes que los drogadictos.

Las Naciones Unidas dicen que en esta guerra sin futuro se invierten más de 50 mil millones de dólares anualmente, de manera directa o indirecta, y que ni siquiera los decomisos hechos en los años considerados como espectaculares han tenido implicaciones significativas en la reducción del negocio. En el año 2016, Colombia incautó más de 170 toneladas de cocaína lista para ser exportada, y en el resto del mundo se incautaron otras 50 toneladas, con lo cual se suponía que más de una cuarta parte de la producción mundial había sido decomisada, pero eso no trajo como consecuencia la quiebra de ningún cartel, ni el desmoronamiento del negocio.

La realidad es que, en términos del objetivo final, la política represiva contra la droga, repito, ha sido un monumental fracaso. Cada vez se produce más y cada vez se consume más. La producción del alcaloide se ha masificado, su transporte y distribución se han sofisticado; la cocaína ha invadido las calles de las principales ciudades del mundo y, en algo más de 10 años, según las Naciones Unidas, el precio del alcaloide se ha reducido en valores de “al por mayor”.

El negocio ha engendrado a las organizaciones criminales y narcoterroristas más temibles que haya contemplado la historia, incluyendo las bandas colombianas, que bailan la danza de los millones con la producción y distribución de la mercancía más rentable que se haya conocido desde la época de los fenicios. “Su poder de corrupción ha puesto en jaque a los gobiernos, ha comprado a los organismos de seguridad, a los funcionarios de aduanas y a los jueces de muchos países. Su violencia ha intimidado a los políticos, a los policías, ha asesinado a miles de inocentes en el mundo entero. En Colombia, donde han caído la mayoría de estas víctimas, el fenómeno se ha traducido en innovaciones terroríficas como la voladura de aviones y los carros bomba en atestados sectores comerciales de las ciudades, actos que en el pasado sólo eran asociados con manifestaciones de fanatismo religioso”. (Revista Semana)


En conclusión, después de más de tres décadas de ofensiva mundial antidrogas, la demanda no ha parado de crecer y se ha extendido por Europa y Asia oriental con mercados tan grandes o incluso mayores que el norteamericano. Pasadas estas tres décadas, es imperioso hacer un balance serio: La prohibición del alcohol en EE.UU., el único antecedente histórico comparable, duró apenas 13 años, al final de los cuales la proliferación de bandidos, la corrupción de las autoridades y la escalada de violencia convenció a todo el mundo que había llegado el momento de rectificar.

¿Cuándo se convencerá EE.UU. que, de nuevo, llegó la hora de rectificar?

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