sábado, 16 de diciembre de 2017
Opinión/ Creado el: 2017-10-12 08:34

¿Y el Código de Policía?

Escrito por: Diógenes Díaz Carabalí
 | octubre 12 de 2017

Tal vez por los años, como que no espero cambios, ni siquiera me mueve la expectativa frente a ofertas y promesas, me he llenado de pesimismo con tanta frustración. Nos vendieron la idea de que al país le hacía falta una norma de policía para mejorar la convivencia ciudadana, el panorama cotidiano de desorden propio de un pueblo con subcultura social, de pésimas relaciones entre las personas y su entorno.

Muchos incluso llegaron a manifestar que el nuevo Código de Policía extralimitaba funciones de los agentes del orden, que convertía a nuestra democracia en un estado policivo donde se iban a controlar hasta los respiros cotidianos. En otros creo la esperanza para poner freno a tanto caos, a tanto desorden propio de nuestro tropicalismo, de nuestro subdesarrollo, o de nuestra condición de país emergente como gustan llamarnos los economistas, los sociólogos, los antropólogos, los psicólogos de las ciencias sociales llamados a inventar términos para esconder soluciones.

Pero ahí está el Código de Policía, que como en la botica de Varguitas (un octogenario de mi pueblo que vendía remedios para todo, desde Quenopodio para los parásitos hasta Nebrosan para los dolores), tiene solución para todas las circunstancias que afectan la convivencia. La pregunta era: ¿quién aplica esa diversidad de normas; quién cubre esa cantidad de multas? La respuesta está en la efectividad de la norma, de la cuál ríen los ciudadanos, tan hábiles en torcer la ley, en sesgarla, en buscarle acomodo a sus intereses.

Mientras tanto, vemos a los mismos borrachitos fastidiando en las bancas del parque y en las plazas de mercado con sus frases pastosas dirigidas a los hombres y sus piropos desabridos dirigidos a las damas. Todavía están allí, en mitad de los andenes, el vendedor de pomadas para brillar ollas y frasquitos amarillos para acabar con las verrugas de la piel y los hongos de las uñas. Todavía nos brindas brasieres a dos por cinco mil en las esquinas y frente a los centros comerciales, y tenemos que observar al tragador de fuego que se para en los semáforos para realizar su espectáculo quien después viene con las manos petrolizadas a recibir el billetico. Todavía mujeres de trasero exagerado vienen a ofrecer “el brinco por diez mil y usted paga la pieza”; todavía en los bulevares de nuestras ciudades están los vendedores de atados de cebolla a dos mil, de tomate a tres por mil, de bultos de papa a cinco mil. A quien se le antoja pone una reja en el andén frente a su casa, el dueño de la tienda monta un parasol para vender cerveza los fines de semana a los troncos del barrio cuando regresas de su “picado” de fútbol; todavía la señora va regando mierda con su Pizzbur como si fuera una celebridad, sin tramojo y sin bozal, y ay que le digamos algo pues amenaza con soltárnoslo.

Es decir, que a casi un año de la promulgación de la Ley “Código Nacional de Policía”, las cosas siguen igual, no hay autoridad que lo aplique, mucho menos ciudadanos dispuestos a cumplirlo. Ahora que llego de la calle, encuentro al  mismo drogadicto de la esquina chupándose su chicote de marihuana sin temor a los motorizados que pasan haciéndose de la vista gorda.

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