Luis Humberto Tovar Trujillo

Pues bien, dejar algo a la buena de Dios, es descuidar algo, despreocuparse por algo, dejarlo a la deriva como un barco sin capitán en el mar.

Se dice que se deja a la buena de Dios porque como nadie atiende a lo dejado, solo queda Dios, como ser omnipotente para que lo ayude. Es una expresión bastante utilizada que hace referencia al divino, al igual que otras
expresiones como “a quien madruga Dios le ayuda”, “Dios los cría y ellos se juntan” o “a Dios
rogando y con el mazo dando”.

Como a Dios se le supone que va a aplicar su buena voluntad para que lo abandonado consiga un buen término, se dice lo de “a la buena”, siendo una formula abreviada de decir “a la buena voluntad”, o “decidirá en su sabiduría”.
Son formas de expresar la impotencia humana, ante la evidencia de los sucesos, que, aunque siendo posible modificarlos por la voluntad humana, no se ha logrado por la misma condición limitada del ser humano.

Una es la impotencia, porque la misma sociedad se ha creado mecanismos para impedir deliberadamente, que, la avalancha de sucesos nos arrolle, y otra porque, pese a esa avalancha, tercamente insistamos en concurrir a la desgracia en forma deliberada, para deleitarnos sobre la desgracia de los demás, sin tener en cuenta que seremos parte de esa desgracia, por ser parte de la sociedad.

Otra es, la capacidad de invención, por la misma maldad humana, que recurre a destruir las instituciones creadas por el hombre mismo, para prolongar sus propios privilegios a cambio del sufrimiento de los demás, en una inversión total en algunos casos, de posiciones dominantes económicamente hablando, y otras, para obtener el poder, no para generar progreso sino para contribuir aceleradamente a esa autodestrucción de la humanidad, creada por el mismo ser humano.

Una patología de destrucción deliberada, inicialmente inconsciente, pero desesperada a lucrarse obsesivamente destruyendo al otro hasta en su vida si es necesario.

Se busca destruir a quienes, habiendo contribuido al crecimiento de la sociedad, se considera que ya no tienen vida útil en ella, pese a que sus ingresos para su subsistencia fueron generados por sus ahorros laborales, o también, eliminar de la opción de vida a quienes están por nacer, asesinándoles hasta minutos antes de su nacimiento, creyendo ser los dueños de la vida. Obsesión criminal.

En fin, somos por nuestro propio invento, creadores de una enfermedad colectiva de autodestrucción, y ante nuestra reconocida y deliberada impotencia por recomponer el camino, exclamamos hasta irresponsablemente, “a la buena de Dios”, o como sálvese quien pueda.