Quienes se oponen al ingreso temporal de afganos a Colombia, no solo desconocen la importancia que tiene para los colombianos la protección internacional de refugiados, sino el inconmensurable aporte social, económico y cultural que ha representado para el país la migración árabe. La situación de violencia y represión a la que se enfrenta el pueblo de Afganistán representa un gran reto para la garantía de los derechos de quienes creyendo en la libertad apoyaron a Estados Unidos en la consolidación de un sistema en el que la represión de los talibanes no tuviera cabida. Aunque haya lugar para hacer apreciaciones sobre el papel de Estados Unidos en Afganistán y la decisión del gobierno de Biden de salir abruptamente de este país, lo que debe ocupar la agenda internacional es la protección de la vida y libertad de personas que se encuentran a merced del recién instaurado régimen talibán.

Cuando se conoció en Colombia que el gobierno estaría llegando a un acuerdo con Estados Unidos para recibir temporalmente a 4.000 afganos en el país, cuya presencia, además, sería financiada por Estados Unidos, los comentarios en las redes y en los grupos de Whatsapp no se hicieron esperar. Un comentario hecho en privado llamó inmediatamente mi atención “no sabemos que hacer con los venecos, ahora se vienen los afganos”. Lastimosamente este comentario es el reflejo de lo que piensan muchos colombianos que, como lo afirmé al inicio de esta columna, desconocen la historia del país; un país con más de 4 millones de nacionales que viven en el exterior y con un número de personas reconocidas con el estatus de refugiados que representa en números al total de la población que habita en Santa Marta.

¿Qué tienen en común los refugiados venezolanos, colombianos y afganos? Que a pesar de que los contextos políticos y sociales son muy diferentes, la violencia ha llevado a que un sinnúmero de personas haya huido y se vean en la necesidad de salir de sus países para preservar sus vidas o su libertad. Sin embargo, algunos tienen la osadía de creerse mejores que los migrantes, de endilgarle la responsabilidad por nuestros males a quienes piden refugio y a cerrarle las puertas a quienes, al igual que miles de colombianos, buscan preservar su existencia.

Ahora, hay otra parte de la historia que también se ignora y que resulta relevante para entender el papel que ha jugado la migración árabe en el país. Como bien lo expone Odette Yidi David en su escrito “Los árabes en Barranquilla”, la llegada de los árabes al Caribe colombiano representó un cambio en la apertura cultural del país, en el comercio y en la economía. Esos árabes que han sido pioneros del comercio y protagonistas del crecimiento económico de la región, llegaron a Puerto Colombia, entre muchas otras razones, huyendo del Imperio Otomano. Barranquilla y el Caribe colombiano han tenido una gran influencia  de la colonia árabe,  hecho que debería llevar a una reflexión de lo que somos como país y de lo que podemos aportar para los refugiados.

Una puya: la alcaldesa de Bogotá debe ocuparse de los verdaderos problemas de la seguridad en la ciudad. Institucionalizar la xenofobia con un comando de patrullaje para identificar y judicializar extranjeros es una idea traída de los cabellos.