DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

Amparo Murillo Calderón inició a los 16 años en la actividad artesanal. Hoy, continúa en Pitalito desarrollando su talento, que sueña transmitir a las nuevas generaciones.

“Inicié en la actividad artesanal a los 16 años de edad, admirada por la belleza de la arcilla que se presta para hacer variedad de diseños. Me enamoré de las artesanías y hasta el día de hoy continúo explotando mi talento y explorando nuevas técnicas que llegan a mi vida”.

El anterior es un breve perfil que se lee de Amparo Trujillo Calderón en la página Artesanos Maestros del Huila. Es una mujer tranquila, humilde, trabajadora, agradecida con la vida, aunque no le ha tocado una existencia fácil en gran parte de sus 53 años, que empezaron a correr en el barrio Libertador de Pitalito.

El inicio en las manualidades

Nació en 1968 en una familia de escasos recursos, con necesidades, cuenta, integrada por cuatro hijos, además del papá, Luis Enrique, y la mamá, María Emma.

“De pequeña, en un hogar pobre, recogía café en un lote junto a la casa. La plata era para comprar cosas personales que necesitaba y ayudar, aunque mis papás nunca me quitaban plata”, recuerda, con nostalgia y alegría.

Cuando tenía 16 años, ya bachiller, inició en las artesanías en un pequeño taller junto a la casa, de donde la invitaron a aprender y a trabajar. Pero se aburrió porque no le pagaban, entonces pasó a otros negocios para seguir conociendo y ganando el sustento diario. Era tanto su afán de progresar que trabajaba hasta las 10 de la noche.

“Todo el día estaba dedicada a las artesanías donde las señoras Leonor y Esperanza Arcos, buenas patronas y pagaban mejor. Aunque ya sabía, seguí aprendiendo, repasando, nuevas técnicas. Hacíamos toda clase de objetos tradicionales, chivas, ranchos…”.

Pero la vida le tenía una sorpresa que la llenaría de alegría, pero amarga a la vez. Se casó a los 20 años, pero “me fue súper mal, ni me acuerdo con quién, porque no es bueno ni para nombrar”, dice, y ríe, con frescura.

En esos 5 años de “relación terrible” nació Ángela Cristina Chantre Murillo. Pese a que la pareja trabaja en artesanías, por el mal comportamiento del hombre, Amparo terminó sin plata ni mercancía. Se divorció y regresó a la casa paterna.

Mientras los padres le cuidaban la niña (hoy tiene 33 años), ella trabajaba en una casa que también tenía artes manuales. Recibía 25 mil pesos y mal trato. “Casi que era ‘coima’, me pagaban mal y maltrataban. Entonces, me fui y con lo que me dieron de plata me independicé”.

Montó su taller y empezó a sacar mercancías, especialmente, chivas grandes de 25 centímetros. Le fue bien al principio porque todas las que salían las compraba Jairo Espinosa, que las enviaba a Francia. Vendía a 2.500 pesos y quedaba plática. Después el señor se despareció.

Sin embargo, Amparo se mantuvo en la labor, perseveró, con variedad de objetos. El voz a voz, que hacía buenos trabajos fue creciendo y empezaron a llegar clientes y las oportunidades.

Tiene una variedad en su repertorio de elementos en miniatura, desde medio centímetro hasta cinco, en el llamado estilo para balcón. Machetes, relojes, maracas, sandalias, chivas…lo que le pida la gente y los comerciantes…También ofrece jarrones, decoraciones para el hogar y la oficina, lo importante es que haya trabajo, afirma.

Amparo asegura que siempre ha estado enamorada de la arcilla, más que del dinero. “Es un producto maravilloso, prodigioso, que se deja manejar y moldear. Se puede hacer lo que usted quiera. En Pitalito somos bendecidos, ricos, por la calidad que tiene, más que por la cantidad de barro”.

¿Qué siente al moldearla o trabajarla? Responde que “mucha emoción, un privilegio, mucha alegría en mi corazón. Doy gracias a Dios que hizo estas manos y me llenó de inteligencia para tener la capacidad de transformar un pedazo de arcilla en un objeto bonito, artístico, que sorprende y alegra la vida a las personas”.

Y confiesa que para elaborar se inspira en la naturaleza, en lo que va mirando, en los colores de los pájaros, en recuerdos hermosos, en momentos bellos e inolvidables, mientras pide a Dios que la ilumine con las mejores ideas.

Amparo, que no trabaja con herramientas ni tiene torno, todo lo fabrica a mano, señala que con la labor no gana mucho, “los artesanos somos pobres, es un gusto intelectual, en un don con el que Dios nos bendijo. Además, de moneda en moneda se hacen billetes” y vuelve a reír, de buena gana.

Sueña con enseñar

Esta mujer batalladora y artista está satisfecha con lo hecho, pero quiere seguir aprendiendo, tomando cursos, mientras sueña con tener su propia casa, con un buen taller, con un local adecuado para exhibir su obra y un sitio para transmitir lo que sabe a los niños:

“Siempre he tenido esa mentalidad. Cuando empecé les pagaba a los niños para que ayudaran, les pagaba y les enseñaba, me gusta compartir mi conocimiento, para que la tradición no se pierda y ellos tampoco”.

A esta artesana huilense la puede encontrar en Pitalito, en el barrio La Isla, calle séptima sur, número 2 E 0-6, en el Taller Artesanal Murillo, seguro no se arrepentirá.

“Amo el arte de crear con arcilla”

Amparo asegura que siempre ha estado enamorada de la arcilla, elabora chivas y otras figuras con sus manos.