Por: Adriana Castro Fernández

En homenaje a María del Pilar Fernández Aljure

 

Desde tiempos inmemoriales la muerte ha ocupado un lugar muy importante en la vida de los seres humanos, pero se ha celebrado de diferentes maneras de acuerdo con la cultura de cada lugar y con la época.  Lo que encuentro común en medio de todas las variantes de cultura y época frente a la muerte, es el poder inmenso que tiene sobre la vida.  Ante la muerte el tiempo se para, los que no tenían tiempo empiezan a encontrarlo, las palabras no dichas empiezan a salirse solas de nuestras bocas y los sentimientos reprimidos o escondidos empiezan a mostrarse con claridad.

Durante este último tiempo, mientras la muerte flirteaba con nosotros después de saber que algo no andaba bien con tu salud física, encontré una elocuencia inesperada para hablarte, al tiempo que me embargó una disposición natural para mostrarte mi infinito amor, gratitud y admiración por ti y por lo que hiciste de tu vida.  Los sentimientos en sí no fueron una revelación, pero si lo fue el hecho de querer comunicártelos espontáneamente.

Lo que observé es que el dolor y la alegría cohabitan no muy lejos el uno del otro.  El dolor de saber lo indecible, de saber que el día de tu partida se acercaba no lo puedo describir.  Al mismo tiempo una alegría se instalaba en alguna parte de mi ser.  La alegría de estar contigo, la alegría de verte un día más y un días más y un día más.  La alegría de sentir que el tiempo se paraba estando contigo.   Estos dos últimos meses fueron para mí una experiencia sublime, tanto dolorosa como alegre.

Detrás de esa apariencia casi frágil con voz dulce, hay un alma valiente y fuerte mami.  Admiro que fuiste capaz de vivir a tu manera y de andar tu propio camino aún si eso significó confrontar ideas preconcebidas de la Neiva de hace 50 años.  Tus decisiones las asumiste dignamente y con la cabeza en alto.  Que orgullo, te felicito.

Nos enseñaste a mirar a la gente no a sus ojos sino a su alma.  Eso no quiere decir que no te importara la apariencia y las formas, siempre fuiste sensible a la belleza en todas sus expresiones.  El arte, la buena mesa, las buenas maneras, los ambientes bien decorados, el cuidado personal, son cosas a las que diste importancia.  Pero eso no te impidió ver lo esencial, ver el alma de las personas, todas, las que se cruzaron en tu camino o las que fuiste a buscar.

Podría decir tantas cosas mamá, sobre tu donaire, tu inteligencia, tu memoria de elefante, el sentido de familia.  Pero lo que más me marcó fue la talla de tu humanidad.

Quiero repetirte lo que hablamos tantas veces en estos meses de hospital y es que ahora más que nunca he visto a Cristo en el rostro de todas las personas que han estado atentas a tu salud mamá, he sentido la compañía y el apoyo de Jesús a través de las expresiones de afecto de tanta gente querida, he reconocido su presencia en mi vida gracias a tu vida mami, a ese contacto cariñoso, servicial y generoso que te caracterizó.

Neiva no será la misma sin ti.  Algo de nosotros se va contigo.  Pero algo de ti se queda con nosotros y lo llevaremos donde quiera que estemos, Neiva-Bogotá e intermedias, Estados Unidos o Europa.  Algo de ti se queda con nosotros para siempre.  Por eso no sabiendo cómo decirte adiós mami, te digo hasta siempre.  Te amamos.

En tiempos difíciles, hay que cuidar el bolsillo