jueves, 15 de noviembre de 2018
Opinión/ Creado el: 2018-09-06 08:51

Crónicas de viaje – El avión

Escrito por: Diógenes Díaz Carabalí
 | septiembre 06 de 2018

Siempre he tenido que posar de valiente, aunque nunca he perdido el cullilo por los aviones. Junto a mi mujer, o mis hijas, poso de experto dentro de los periplos vacacionales, con la seguridad de que ellas copian mis comportamientos como si yo fuera un perito idóneo en el arte de viajar. Sin duda, de mi han aprendido a extremar una postura educada frente a los agentes de inmigración para cruzar sus fronteras indemnes, o en el trato con los auxiliares de vuelo para ser correspondido con un servicio pronto, atento, amable, de su parte. Como disculpa, seguir las instrucciones es una garantía para solazar el miedo, hasta en los mínimos detalles, comportarse de manera sosegada, de humildad aparente para tomar la silla que corresponda, incluso la última en la cola del avión con sus respectivas sacudidas intermitentes por encima del resto de los puestos.

En medio del choque mental del abordaje, ubicado en mi silla al lado de mi esposa, y una chica que temblorosa exigía con voz trémula Por favor ubíqueme en una silla al lado del pasillo. A las dos las vi tan frágiles: mi mujer cerraba los ojos, apretaba los carrillos de los dientes, tomaba mi mano con fuerza como si estuviera al filo de un abismo; la chica frágil miraba hacia todos lados, temblaba y sudaba como si fuera a escuchar su sentencia de muerte, rogó por favor, con determinación, que la ubicaran cerca de una salida de emergencia. Los auxiliares accedieron y la llevaron diez filas adelante, para que viniera a mi lado un joven tranquilo, sosegado, que con modales acomodo su espacio como si allí fuera a vivir toda su vida.

Vamos a vivir diez horas juntos, dijo a mi mujer, y con esas palabras le transmitió una tranquilidad extraña, una confianza extrema en el aparato gigantesco que pronto iba a irrumpir por un espacio azul y resplandeciente, bajo un sol que caía inmisericorde y vertical, para un viaje tranquilo, con pequeños sacudones al pasar entre turbulencias. Fueron esas palabras, breves y precisas, porque de allí en adelante no hizo más que dormir reposado, mágicas en su contexto las que hicieron posible el cruce del Atlántico, una experiencia que puede ser agradable si los temores se quedan en la pista de despegue, a más de 35 mil pies de altura, que de venirse abajo no quedarían sino las células esparcidas por todo el océano.

No es que mi culillo desapareciera, ni que mi mujer dejara de sentir miedo. Veía a La chica al borde del corredor y cerca de la salida de emergencia, tan preocupada como si continuara ocupando la silla a mi lado, su rostro desencajado, su belleza desaparecida, mientras fingía mi culillo tras una sonrisa vana durante los paseos momentáneos por los pasillos para descansar mi espalda de una butaca de precio barato, como anuncia la agencia de viaje por Internet. Al final del vuelo, cuando intentaba desocupar el avión, al pasar a su lado, tímida la chica me dijo como disculpa No me fui de tu lado por algo particular, es que viajar en avión, para mí, es un sacrificio. Hice un gesto de aprobación, le respondí al tomar su mano que generosa extendía Sí, hasta yo pierdo la conciencia. Y me fui pensando por qué al volar siempre casi me cago de miedo.

 

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