domingo, 18 de noviembre de 2018
Opinión/ Creado el: 2018-11-08 08:14

Crónicas de viajes – Castellón

Escrito por: Diógenes Díaz Carabalí
 | noviembre 08 de 2018

Castellón es una ciudad moderna. Muy moderna, por cierto. Edificios nuevos, navíos nuevos, iglesias nuevas. Un pueblo conservador, pero nuevo. Seguro: por  lo menos la mayoría de sus habitantes votaron por Aznar y el PP. Pertenece a la comunidad Valenciana, sus habitantes más viejos hablan el valenciano de corrido. Libre, adulta, de leyes avanzadas sobre el aborto, el consumo de marihuana (no hay vicio más profundo de aceptar, más molesto, que al lado se te plante una chica con su “porro”), las redes sociales, el Valencia pierde más que gana, con un colombiano de abordo.

Allí se habla el verdadero valenciano. Teresa nos recibe en la parroquia, venida a menos, porque ser católica, que en España se ha convertido en privilegio de una minoría.  Los católicos han desarrollado una extraña solidaridad, tal vez por las múltiples invasiones precedentes. Hemos sido testigos de cómo insultan a un cura con el mote de “pedófilo” sabiendo que no todos lo son; violadores, sabiendo que los curas sufren el Karma de una historia contada por protestantes o socialistas, pero casi todos, cuando muere un familiar, cumplen el sagrado deber de llevar al difunto a un rito católico. Es lo que sostiene a España como país católico y que añora el franquismo.

España, conquistada desde los ángulos de la tecnología, sobrevive. Como en las novelas de Stieg Larsson busca su propia trascendencia, pasa la prueba hacia una sociedad moderna ajustada y paradigmática a códigos binarios, a explosiones siderales. Están convencidos de su contemporaneidad creída en el “Toro embolado” que me parece un deporte troglodita pero que enloquece a los naturales de Castellón y demuestra su origen primigenio y el salvajismo perdurable, porque ¿qué más es desafiar y reír de un pobre novillo que escarba desesperado el pavimento con los cuernos envueltos en una llamarada de fuego, llevado a sumo “estrés” con banderillas, encierro previo y transporte desde su lugar de sesteadero? La  naturaleza de Castellón está también en los curtidos pescadores que esculcan en el mediterráneo una infinidad de variedades piscícolas para enriquecer su abundante cocina, o en su origen de pastoreo al lado de la permanencia amenazada de los apriscos, los rebaños de corderos y de ovejas, que disminuidos deambulan por las veredas montañosas y se atreven a alimentarse en las veras de las autopistas.

Es el  pago de la modernidad: la trasformación del paisaje natural y de la antropología humana; de las creencias y de  las costumbres, de la lengua acusada de perder constantemente las palabras, del viacrucis sufrido para generar bienestar superfluo, ciencia explotadora de los recursos, conceptos para adaptarse a unas condiciones de vida con alto índice de contaminación. Castellón no puede ser la excepción. En la mitad costanera de un mar azul, frente a las maravillosas playas de arenas de color turquesa de La Concha, hasta las blancas de las playas de Peñíscola es saludada cada mañana de verano por cientos de viajeros valencianos, madrileños y catalanes que tienen allí sus casas de recreo, sobrevolados por infinidad de aves marinas. Y de quienes venimos a disfrutar de sus atractivos y a rabiar con las fiestas de San Pedro y San Pablo, cuyo centro son las celebraciones taurinas, como herencia de la nefasta época del franquismo.

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