viernes, 18 de agosto de 2017
Cultura/ Creado el: 2017-01-07 09:53

El logro personal a cualquier precio

"La juventud es un vino sin igual,que a veces se bebe en una copa barata" I.N.

Escrito por: Erick Rojas | enero 07 de 2017

Un libro que parece haber sido escrito expresamente para otra época, para una generación pasada y caduca; su lectura, página a página, se nos revela, no obstante, de una profunda actualidad y de una amarga evidencia: los humanos evolucionamos pero conservamos los mismos lastres sociales nocivos, por siglos, por eternidades. Incorregibles somos.

Irène Némirovsky en esta obra "La presa" nos despliega la vida de un joven de 23 años en 1938, período de preguerra, de fragüe de la II gran conflagración mundial, en donde la depresión económica sacude al mundo, a Europa y a Francia en particular. Esta gran escritora franco-rusa, autora de numerosos libros, entre los cuales tiene relevancia "Suite francesa", termina sus días gasificada por judía en el holocausto hitleriano. Es por esta época que se desarrolla la acción de la novela, en un mundo de turbulencias económicas, de menoscabo de principios, pletórico de veleidades y belicosidades sin parangón conocido; en ese mundo revuelto se forjaron todo tipo de conjeturas y de acciones de supervivencia de los ciudadanos, sin que la ética tuviera algo por decir ni nada que imponer.

En ese ámbito Jean Luc Daguerne, el protagonista de la novela, retoño de familia rica venida a menos económicamente, rebusca cómo ubicarse en el mundo que le correspondió y en el que desespera por la pobreza y la falta de oportunidades. Las posibilidades escasean y las pocas existentes no se consiguen por méritos, sino por influencia y efugios rayanos en la mal honestidad o claramente en la corrupción. Jean Luc decide sustraerse a esta situación a cualquier precio, en ello se empeña con astucia e "inteligencia". Con tal propósito saca de su mente cualquier principio ético y empeñado en este logro elimina cualquier asomo de culpa sobre las acciones necesarias para alcanzarlo; guía su actuar según el abominable dictado: "el fin justifica los medios". La escritora, así haya hablado en la narración para una época y situación particular, proyecta este actuar de modo más universal; la extrapolación atemporal no es de gran dificultad. Abarca su narrativa, entonces, nuestros días y seguramente a los que sobrevendrán. ¿Es algo que nos extraña, algo novedoso, algo que no conozcamos en nuestra actualidad? Lamentablemente, no. Ni siquiera asombra. Aquí lo que sorprende es la porfía del actuar humano, su persistencia en obviar la ética.

¿Ha sido acaso el mundo diferente? La ambición personal en detrimento del bien colectivo ha sido la marca que la humanidad ha impreso como método de vida a través de los siglos. Sano es recordarlo. Ilustrador leerlo en forma novelada, metafórica para entender que aquello que la costumbre tiende a volver normal, debe tener un análisis y un claro mea culpa que impela al menos a crear consciencia del inmutable exabrupto.

Nuestro protagonista, y héroe ante los ojos de la sociedad de la época, se define un plan de acción de ascenso al poder y de obtención de dinero; algo que desde su cuna le ha sido esquivo. Para cumplir su cometido comienza por pretender como mujer a la hija de un banquero adinerado, la reticencia de los padres de ella es total; nada lo ataja, la deja embarazada y puesto que en esos tiempos aún el honor estaba de moda, no queda otro remedio que aceptar un matrimonio. Mediante estas calculadas artimañas consigue esposar a esta acaudalada mujer y hacerse a un relacionamiento político y social a la altura de las ambiciones del héroe de marras. Hábilmente, entonces, se vincula con los amigos de su nueva familia y a través de ellos adquiere poder, puestos de relevancia y dinero mal habido. "No le gustaba la gente, pero la consideraba indispensable", discurre. ¿Extraño proceder? No tampoco en nuestros días. Un espejo que la escritora coloca para nuestro presente.

Buscar en los demás sólo beneficio. Perseguir en ellos como único foco de interés aquello que contribuya en los planes individuales de ascenso. Utilizarlos. Abandonar por considerar estorbo a la familia y a los amigos. Seleccionar solamente relaciones útiles que ofrezcan peldaños de escalamiento. Eso hizo Jean Luc. Eso mismo sigue haciendo nuestra modernidad. A pesar de tan intricadas previsiones, muy adentro tiene el humano algo que le escapa al cálculo, al control, y que emerge sin sentido ni razón, que se escabulle del programa utilitarista: el amor. Este aparece sin ton ni son, como una necesidad ineluctable. Tal fue el caso de nuestro protagonista, a quien a su haber sólo faltaba esta realización, pero con la carga de desprestigio social y de resquemores que creó le fue imposible lograr. Dinero y poder no siempre compran amor. El desosiego se le instaló, la vacuidad y el sinsentido se puso de manifiesto, pasándole gravosas cuentas de cobro. Presa de su actuar.

Ve uno a través de la narración de Némirovsky a nuestros políticos "modernos", esos que cambian de mentor, de padrinos, de ideas con la facilidad y conveniencia del paso del tiempo y la aparición de circunstancias, abrigados con el manto de la precariedad de las democracias. En nuestro país basten solamente dos ejemplos ilustradores de tal impostura: los congresistas Armando Benedetti y Roy Barreras, que no se detienen ante nada, ningún escrúpulo, ningún obstáculo ideológico los ataja. El primero está siendo investigado por presunto defalco al erario público, el segundo anda aún en sus glorias. Veremos con atención las conclusiones a que llegue nuestra también frágil justicia que al igual que los investigados se inclina por conveniencias, intereses y por los vientos que con más fuerza soplen circunstancialmente. Novelón a seguir y conclusión premonitoria en la novela de Némirovsky.

Aún siendo lector impenitente, se desconsuela uno por momentos; he leído últimamente libros que no sólo me han dejado impávido, sino afligido, a pesar de la buena selección que creo dar a mis lecturas. La disciplina que me impongo me permitió llegar al final de cada uno de ellos, a pesar de la impaciencia y los bostezos. No he sentido necesidad de escribir crítica extensa sobre estos tres últimos libros leídos:

(i) "H de halcón" de Helen Macdonald muy ensalzado por la crítica (¿los lobbies de mercadeo?), sobre todo después de que Barack Obama lo aconsejó. ¿Con sus enormes ocupaciones presidenciales habrá tenido realmente el tiempo de leerlo, o se contentó del resumen ejecutivo de alguno de sus colaboradores? Es una novela sobre cetrería, interesante tema, pero cuyo tratamiento en 350 soporíferas páginas logra desesperar y malhumorar.

(ii) "Lo que el cuerpo sabe", un libro del gran escritor David Grossman. Por fortuna explaya un aburrimiento en menos de 200 páginas. Tema intrascendente, pueril y de confusión innecesaria. No había necesidad de considerar tal libro y menos de malgastar tiempo en su lectura.

(iii) "La tristeza de los ángeles" del islandés Jón Kalman Stefánsson, quien nos había deleitado con su novela “Entre cielo y tierra”; en esta nueva entrega se lanza en una narración de más de 300 páginas de recorrido fútil y repetitivo sobre interminables campos de nieve. Hastío al máximo, garantizado.

Ante esta cadena de monotonía me dije preocupado que tal vez mi gusto por la literatura estaba menguando. Para dilucidar esta duda regresé a Irène Némirovski de quien con disfrute he leído gran parte de su obra. No, este gusto no se me ha traspapelado, qué alegría constatarlo. Este libro, "La presa", que ampliamente recomiendo, es deslumbrante como cualquiera de su bibliografía. Qué exquisitez, qué habilidad en el narrar, qué pertinente el mensaje transmitido por la trama que magistralmente desarrolla. Me sigue alelando la literatura y su lectura, no obstante que a veces caiga en infortunadas novelas.