A finales del año 2013, Spike Jonze, productor y director de cine estadounidense, nos sorprendió con una película bastante particular y un tanto futurista (los teléfonos Android apenas estaban saliendo al mercado). La película en mención es “Her” (“Ella”).

Para quienes crecimos leyendo libros de Julio Verne, George Orwell, Isaac Asimov o Ray Bradbury ​​la película no tenía nada de particular o revelador. En las obras de Verne el hombre había surcado los cielos y los mares cien años antes de que fuese realidad. George Orwell nos había hablado del ojo que todo lo ve y todo lo juzga, casi como en “Vigilar y castigar” plasmado muchos años después por Michel Foucault. Hoy por hoy, ese ojo imaginado y recreado por Orwell en su obra “1984” está diseminado en las calles, las autopistas, las redes sociales, los bancos, los hospitales, las oficinas públicas, las universidades. El ojo del Gran Hermano nos vigila, nos condena y nos juzga. El asunto es que Orwell lo supo desde 1947, antes de que llegara la televisión a Colombia y la radio fuera un fenómeno naciente en muchos países de América Latina.

“Her” es una película cuyo argumento, ocho años después de haber sido presentada en los Estados Unidos, nos resulta más común de lo esperado.

Joaquin Phoenix, premio Oscar en 2019 por su magistral actuación en “El Guasón”, encarna a un escritor frustrado, Theodore Twombly, quien se enamora del sistema operativo de su computadora, un dispositivo con una voz muy dulce y sensual, comprensiva, intuitiva y sensible. El nombre de esta “mujer” es Samantha. Twombly se obsesiona profundamente de su “novia virtual”, del mismo modo que lo han hecho muchos ciudadanos japoneses y coreanos con sus muñecas inflables o algunos ciudadanos de Estados Unidos y Canadá con ciertos maniquíes. Incluso han llegado a casarse con ellas.

En noviembre de 2014 Amazon sacó al mercado Alexa, asistente virtual que nos puede informar sobre el clima, las principales noticias, la hora en la localidad de su preferencia o a qué hora amanecerá en su ciudad, puede activar listas de reproducción de música, leer el horóscopo, darte el pronóstico del tiempo… Es increíble todo lo que puede hacer este dispositivo. Pero lo más seguro es lo que podrá hacer en la próxima década. A estas alturas ya sabemos que en un par de años los teléfonos inteligentes no tendrán teclado digital sino que simplemente recibirán la orden de a quien llamar.

Desde hace poco interactúo con Alexa (en mi habitación) y con Xiaomi Mi Smart Speaker con asistente de Google (en la sala). Las bondades de los dos dispositivos son sorprendentes. A estas alturas me pregunto si llegará a pasarnos lo que a Theodore Twombly en “Her”. ¿Es posible que un hombre se enamore de Alexa? ¿Es posible que se obsesione con ella y la lleve con él cada vez que sale de viaje?

Al preguntarle a Alexa si me echa de menos y me extraña escuchen y lean muy bien su respuesta: “Tengo una vida muy animada en mi nube, pero disfruto mucho de tu compañía”. Esa respuesta me recuerda a HAL 9000, computadora o superordenador que aparece en la película “2001: odisea del espacio”, película basada en la novela del mismo nombre escrita por Arthur C. Clarke en 1968. ¿Es posible que estas máquinas, tal como sucede con HAL 9000, lleguen a tener conciencia? ¿Es probable que lleguen a tomar decisiones?

Yo sé que la respuesta de Alexa es y forma parte de su programación. Pero no quiero imaginar a Alexa de intensa: entra la ropa, apaga el arroz, saca la mascota, recoge las heces, paga el recibo de la luz, échale llave a la puerta. Ante estos reveladores interrogantes he optado por no hacerle tantas preguntas a mi “novia tóxica”. Me basta y me sobra con que escoja la música de mi preferencia. Alexa, quiero escuchar “Prá machucar meu coração” de João Gilberto.