De la ciudadanía a la ecociudadanía como estrategia de sobrevivencia de la humanidad.

Leyla Marleny Rincón Trujillo.

                                                               Necesitamos el Homo sapiens-ecologicus

Hoy la especie Homo sapiens enfrenta una crisis sanitaria letal ocasionada por el mismo hombre que, desde el inicio de su presencia en el planeta tierra, con el descubrimiento del fuego descubrió también su capacidad de transformar y cambiar que lo indujo a desarrollar una forma de adaptación antropocéntrica; se autoproclamó amo y señor del universo, como sujeto con poder para explotar, en beneficio propio, la naturaleza relegada a condición de objeto proveedor de recursos aprovechables e inagotables. Construyó instrumentos y prácticas que incidieron en las otras especies con las que interactuaba y empezaron a impactar negativamente el agua, el aire y el suelo, que son formas indefectibles de vida. Poco a poco el ser humano se perfiló como un ser superior a todos los demás mortales creyéndose dueño de un entorno que no le pertenecía, pues solo era una parte del mismo.

Aupado por el pensamiento cristiano y la iglesia católica, que enseña que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, como un ser superior a todos los demás seres vivos, el antropocentrismo se consolidó como la corriente filosófica que dominó el pensamiento occidental durante los últimos 2000 años hasta cuando a finales de la década de 1970 esto empezó a cuestionarse con cierta fuerza y surge una corriente de pensamiento llamada biocentrismo, que considera que el ser humano hace parte integral del ecosistema natural y que todos los seres vivos humanos y no humanos tienen derecho a existir y son dignos de respeto.

Años más tarde, hacia 1990 surge el ecocentrismo, corriente filosófica que considera la naturaleza como sujeto de derechos y asume que los seres humanos y los no humanos, la hacen parte de ella y tienen un valor intrínseco, es decir, un valor en sí mismos, que no depende de la forma como se relaciona con los otros.

En este proceso de evolución de la visión antropocéntrica a la visión ecocéntrica es importante revisar el significado de la palabra ciudadanía y el roll de ejercerla por parte del ciudadano, como individuo perteneciente a un colectivo cuyo territorio, trasciende el lugar que habita porque ese lugar es parte de este gran territorio que es nuestro planeta, nuestra casa común o Pachamama como la denominan las comunidades ancestrales y también el Papa Francisco en su encíclica Laudato See.

La interpretación de la palabra ciudadanía ha cambiado a través del tiempo, con las culturas y la comprensión de las dinámicas sociales. Según el Faro Democrático 2020 INE e IIJ-UNAM[1]:

 

“La ciudadanía era privilegio de unos pocos y entrañaba una cierta visión elitista, el término se usaba en la antigüedad para distinguir, con derechos civiles y políticos, a quienes pertenecían a la comunidad política … pensadores como Aristóteles decían que las mujeres, los esclavos y los extranjeros no eran ciudadanos … la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano reconocía la ciudadanía únicamente a los varones por lo cual, en 1791, Olympe de Gouges, en su lucha por el reconocimiento de los derechos de las mujeres,  proclamó la “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Por sus ideas Olympe de Gouges fue guillotinada en 1793”.

 

 

El término ciudadanía, proveniente del latín civitas que significa ciudad, actualmente hace referencia al reconocimiento de los derechos civiles, políticos y sociales que debe garantizar el estado, y los deberes que debe cumplir el individuo en la sociedad que habita; pero los ciudadanos están reclamando, con vehemencia, la inclusión de los derechos ambientales como parte del conjunto de los derechos que el estado debe garantizar, reconociendo que, tanto las comunidades ancestrales (poseedoras de diversas cosmovisiones) como otros grupos humanos, tienen otras formas de concebir los derechos, poseen  otras formas de saberes y de relaciones entre sí y con la naturaleza, no aceptan la separación entre humanos y naturaleza y reclaman que la madre tierra  sea reconocida como sujeto de derechos.

Estos requerimientos parten de las experiencias vividas en lugares donde las comunidades poseen particularidades que parten de la forma en que se reconoce el territorio y cuestionan la forma como se administra desde las grandes ciudades, desconociendo lo que significa para cada uno de ellos, sus diversas formas de adaptación y de interrelacionarse.

 Esto implica que el concepto de ciudadanía está necesariamente ligado al concepto de territorio y se hace mucho más complejo cuanto mayor sea la biodiversidad, eco sistémica y las características multiculturales y pluriétnicas de las poblaciones que lo habitan. Es el caso de Latinoamérica con más de 500 etnias y donde está la región con la mayor diversidad biológica del planeta. 

De ciudadanía, metaciudadanía ecológica, florestanía a ecociudadanía.

El término ciudadanía aún está en evolución y por ello es pertinente revisar el concepto de meta-ciudadanía ecológica que según Gudynas[2] hace referencia a “aquellas posturas donde se elabora otra concepción de ciudadanía y el abordaje ambiental es más profundo”. El mismo Gudynas cita como ejemplo el término florestanía que según dice “resulta de combinar las palabras ciudadanía y floresta (selva en portugués), acuñado por activistas ambientales, periodistas y políticos del estado de Acre (Brasil), inspirados por el Chico Mendes, líder ambiental que defendía la selva y exigía respeto por las comunidades locales y sus formas de vida tradicionales y consideraba además que no es posible selva sin siringueiros y siringueiros sin selva”. 

La lucha pacífica y política del chico Mendes le costó la vida, pues fue asesinado en su hogar por su oposición a la extracción de madera y expansión de pastizales.

La florestanía, que se reconoce hoy como una meta-ciudadanía que permite mitigar la distancia entre sociedad y naturaleza, se convirtió en una forma de resistencia por la defensa del territorio de la selva amazónica y de la cultura de los siringueiros.

Leonard Boff[3] reconoce la florestanía como un avance del antropocentrismo al ecocentrismo pues afirma que

 La floresta-selva y el ser humano viven un pacto socio ecológico, inclusivo donde el ser humano se entiende parte de la selva y esta se convierte en un nuevo ciudadano, respetado en su integridad, biodiversidad, estabilidad y exuberante belleza; ambos, el pueblo y la selva se benefician, porque se abandona la lógica antropocéntrica y utilitaria de la explotación y se asume la lógica eco céntrica de la mutualidad que implica respeto mutuo y sinergia … La floresta no solo se concibe como ciudadanía en la floresta sino como ciudadanía de la floresta”. Si la vida tiene dignidad, un hecho aceptado por todos, ello engloba también la dignidad de los elementos que la hacen posible en el planeta”

La florestanía es una nueva forma de ejercer ciudadanía, es una relación de alteridad, de respeto por el otro, por la selva y por el siringueiro que reconoce la selva como parte de él y como un espacio cultural donde sus habitantes conservan una identidad. Un ejercicio de características únicas y es allí donde el reconocimiento de derechos y obligaciones es particular para cada ecosistema y para cada territorio.

El reto para el siglo XXI es avanzar de la meta-ciudadanía hacia la construcción de Ecociudadanía, es decir ejercer ciudadanía responsable con la casa común; es “asumir una responsabilidad colectiva con todas las formas de vida”[4], es buscar el equilibrio entre las comunidades bióticas y los factores abióticos (agua, aire, suelo), es  adaptar nuestras acciones a favor de la salud de nuestra Pachamama.

Con estas reflexiones se quiere exhortar al reconocimiento de la naturaleza como soporte de la vida humana y como sujeto de derechos, lo que, siendo evidente, es profundamente complejo pues implica reconocer que construir eco-ciudadanía requiere que los habitantes del territorio sean sujetos activos que luchen por el bien común, lo cual involucra necesariamente la dimensión política, los movimientos sociales en sus diferentes formas de expresión, los empresarios, la academia, los campesinos, los jóvenes, las organizaciones feministas,  etc.

Invito a responder estas preguntas ¿Están ejerciendo metaciudadanía los habitantes de los llanos orientales, del pacífico colombiano, de la Sierra Nevada de Santa Marta, de las áreas de bosque seco tropical, de la zona cafetera?

¿Nos comprometemos como Ecociudadanos?

[1]  Faro Democrático 2020 INE e IIJ-UNAM

[2] Gudynas,E. Ciudadanía ambiental y meta-ciudadanías ecológicas: revisión y alternativas en América Latina. Editora UFPR. 2009

[3] Boff,L.Ciudadanía. Florestanía: La Amazonia titular de derechos.Oseri.2019.

[4] Sauvé, Lucie. Educación ambiental y ecociudadanía. Dimensiones clave de un proyecto político-pedagógico. Revista científica ISSBN0124.2024.Bogotá

Leyla Marleny Rincón Trujillo.