Es muy común referirnos a la cotidianeidad, a lo que sucede en forma casi que mecánicamente con el paso de los segundos, los instantes y la vida misma, sin reparar o quizá sin advertir que en el trasfondo de todos los seres humanos, queda latente una sensación que con el paso de los días, con la conformación de lo que hemos denominado el tiempo, terminan siendo las grandes lecciones o los grandes derroteros de la sociedad y especialmente de cada uno de los seres que confluimos en torno a nuestros proyectos o nuestros emprendimientos permanentes que le dan riqueza o nos llevan a sentir un dolor profundo con nuestra estancia o con nuestra vivencia de las cosas y de los seres mismos que nos rodean.

Hemos advertido que el ser humano no es ajeno a ese transcurso de los días y las horas, que más allá de su propia razón de ser, existe algo que hace parte del mundo espiritualizado o de lo que otros han denominado “el alma”, como una expresión profunda y consustancial de la racionalidad y de la divinidad que se esconde en cada ser humano, o bien, como hijos de un dios creador “a su imagen y semejanza” o por el contrario, como la expresión profunda de una categoría que lo hace capaz de direccionar su propio destino, su suerte o tal vez ser autor de su propia destrucción, en el peor de los casos víctima y victimario al mismo tiempo.

Lo perenne es parte de un misticismo que se ha venido consolidando en la medida en la que los seres humanos han forjado o han construido una forma de ser y de pensar y por tanto, queda ahí, queda latente como un derrotero de la existencia y se transforma en un elemento esencial del pensamiento y de la razón, y es allí, en esa perennidad que nos enseña y nos direcciona la vida misma, donde está nuestro manual de convivencia, de respeto, de apoyo y de reconocimiento en el otro. Cuando ello no se logra, cuando ello no es posible entender, es cuando esa característica propia de lo perenne, desaparece y se rompe hasta el punto de avasallar o destruir.

Decimos que destruir al otro es destruirse a sí mismo, por cuanto el ser humano, como nos predicamos de serlo, no puede ser ajeno a la convivencia con otro, con otros, y hace parte de un arraigo en cada comunidad, y quizá como decía la poetisa agraduna Silvia Lorenzo, es el ser humano el que busca y grita a cada instante: “Quién me vende un cogollo de ternura”. Porque el afecto, la ternura y el amor como los sentimientos, constituyen parte de una esencia que llevamos dentro y que se desprende a cada instante de cada uno de nosotros y que nunca se sacia, que nunca se satisface a plenitud.

Allí en lo cotidiano hay algo que tenemos que rescatar, desde el fogón de la casa, como nos lo recuerda el poeta garzoneño José E. Toledo, al igual el camino por donde transitamos, van dejando una huella y van marcando un derrotero que se construye y que dimana en formas del ser, en elementos que cobran vida, que nos direccionan y que finalmente terminan siendo parte de una religiosidad, de un ideario o de una visión moral y ética de nosotros y de los otros.

Muchos se han atrevido a sostener y aquí reflexionamos que es vital y trascendente cuando las cosas que vemos, los elementos que nos rodean, tienen sentido y tienen funcionalidad y tienen importancia en la medida en la que los hacemos depositarios de esa espiritualidad, de esa alma, de ese sentimiento que todos podemos desarrollar o que es el epicentro de nuestros sueños o de nuestras esperanzas.

A cada instante que pasa, si bien es cierto, nos aproximamos al mundo de lo eterno, no lo es menos, que ese instante hay una lección para aprender, hay un mensaje simbolizado al que le damos esencia, vida o trascendencia, cuando elaboramos o proyectamos el camino de nuestra propia vida, y cuando nos realizamos en el otro, en los otros, con la realidad y con las cosas que nos son afines.

Cotidiano y perenne, cuán disimiles uno de otro, pero cuanta sabiduría y lección podemos seguir buscando sin desconocer que todos nos debemos a los otros y que todos construimos o destruimos al mismo tiempo.