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“Diario de Borondito” llegó a Ecuador donde se vivió una conexión con la naturaleza

Nov 26, 2022

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Por: Nicolas Motta

Luego de hacer las respectivas paradas en Colombia, nos vamos acercando cada vez más a nuestro gran sueño. La primera parada fuera de nuestro país es Ecuador. La visita al cementerio de Tulcán, así como a la laguna Yahuarcocha y a la ‘Lagunas de Mojanda’ nos permitieron vivir una aventura extrema con la naturaleza.

Habíamos cruzado nuestra primera frontera y estábamos escuchando nuestra primera canción ecuatoriana, sentimos que habíamos dado el primer gran paso para llegar a nuestro objetivo, abandonar Colombia, abandonar nuestro hogar. Estábamos en una tierra nueva, donde no conocíamos a nadie, la alegría era muchísima y la incertidumbre lo era aún más. Si, bueno, ¿ya salimos? y ¿ahora qué?

Seguir la carretera y parar en el primer pueblo a comer. Tulcán; el primer pueblo con el que nos estrellamos al cruzar la frontera. Es famoso por su cementerio. Cementerio que esta adornado con árboles de ciprés moldeados con, no muchas, sino muchísimas esculturas de todos los tamaños, animales, humanos, formas precolombinas, incluso con paredes de árbol gigantes que hacen un juego laberíntico permitiéndonos reír, jugar y disfrutar en este espacio de descanso. El cementerio -parque- fue bautizado con el nombre del jardinero y director que le dio la identidad al mismo, José María Azael. 

Nos quedamos en el parque hasta que el sol se cansó y decidió llamar a la luna por su relevo. Aprovechamos este cambio de guardia para ver el atardecer trepados en un mausoleo, disfrutando de la última caricia de luz sobre las esculturas de ciprés. Fotos por aquí y por allá, jodimos hasta que el hambre nos hizo buscar algo de comer. 

Nos fuimos a la plaza del pueblo, cambiamos dólares en la calle, entramos en una pollería y vimos como Ecuador caía -ya clasificado- 3 – 1 contra Paraguay. Mientras comíamos decidimos que no queríamos estar en la frontera, queríamos estar más adentro, sentirnos en Ecuador, abandonar las pollerías y buscar más cuyerías, o cualquier cosa bien ecuatoriana carajo. Con eso acordado, abrimos GoogleMaps y escogimos un sitio, Otavalo, aparentemente cerca, 150 km, pero fuimos muy optimista para ser honestos, no contábamos con el cansancio que íbamos a tener en la carretera, y mucho menos con el retraso de la policía antidrogas montando un perro en nuestro carro en busca de algo que nos hiciera flaquear. No encontraron más que polvo oscuro y 14 libras de café de diferentes lugares de Colombia. 

Descansamos en Ibarra, en un hostal bastante modesto, es más no era muy bueno, la habitación para los cuatro y Habana no tenía ningún tipo de ventilación y las persianas dejaban entrar la luz necesaria para empezar a incomodar nuestro sueño temprano en la mañana. No hicimos mucho allá, caminamos por el centro histórico y visitamos una laguna Yahuarcocha, que traduce del quechua «Laguna de Sangre», este nombre se lo ganó gracias a un enfrentamiento entre comunidades indígenas locales y el gran pueblo inca.


Continuamos nuestro camino hacía Otavalo, Valentina nos tenía una sorpresa; no había podido conciliar el sueño y había pasado su rato de insomnio en su celular y encontró un fascinante lugar a 3800 msnm, llamado ‘Lagunas de Mojanda’. No quisimos ver fotos, el plan era subir allí y acampar, confiábamos en ella. Fuimos a comprar los preparativos, comida y una botella de whisky Old Times, esta última para celebrar que iniciábamos el viaje.

Montaña arriba nos dimos cuenta de que los preparativos no eran suficientes, faltaba la leña y ya se iba poniendo frío el ambiente. Empezamos a buscar -camino arriba- algo de leña, pero el clima no nos ayudaba, la madera que encontrábamos estaba mojada. «No importa, allá vemos qué hacemos» dijo alguno de nosotros. Llegamos a la laguna y nos instalamos. Primera acampada y obviamente aún no sabíamos cómo era la jugada. Fue algo lento pero el resultado fue satisfactorio y muy oportuno, empezaba a llover.


Una llovizna tenue pero concisa y con el viento suficientemente fuerte como para hacernos cubrir del frío. Como pudimos iniciamos un fuego para cocinar; quienes tengan algo de experiencia acampando imaginarán la cantidad de humo que se hacía con la leña mojada, dolían los ojos y absolutamente todo iba a coger olor a asado. Rápidamente el objetivo de la botella de whisky cambió, ahora la necesitábamos para tener calor y ya saben, todo sea por mantenernos calientes y teníamos que estar concentrados en que el fuego no se apagara para poder terminar de cocinarnos unos choripanes.

A pesar de esto, el lugar era increíble, este es un volcán inactivo, conocido también como ‘Fuya Fuya’, estaban por encima las nubes, era como una especie de páramo, pero sin frailejones y acompañado de una laguna gigante. El sitio tenía demarcadas algunas caminatas, le pedimos indicaciones a una persona, nos contó que le gustaba frecuentarlo para hacer ejercicio y se sorprendió al saber que habíamos pasado una noche allí, se interesó en saber si habíamos tenido algún contacto extraterrestre la noche anterior ya que él una vez recibió una visita -allí mismo- de los hermanos mayores -marcianos-, aseguró haber visto un platillo volador a 10 metros de él, justo sobre la laguna, la laguna que había estado frente nuestro toda la noche. 

Quién quita, igual lo vimos y recibimos una visita de los hombres de negro y por eso no nos acordábamos. El señor nos dio las horas más comunes de avistamiento de OVNIS en la laguna, 10 pm y 3 am. El Gordo y el Miope pusieron alarmas en sus celulares.
Además de seguir sus consejos interestelares, también seguimos sus consejos como caminador de cerros y nos subimos a uno. Íbamos en busca del mirador ‘Puya Puya’. Mientras subíamos logramos superar la barrera de los 4000 msnm, pero una nube nos abrazó haciendo que camináramos a ciegas por unos buenos minutos, incluso nos hizo ver un espejismo, nos hizo creer que veíamos otra laguna, nos intentamos acercar a ella, pero no había una. Igual nos divertimos, nos reímos y nos caímos un par de veces sobre este extraño pasto que se ve a estas alturas.

La buena noticia es que encontramos madera un poco más seca de la que encontrábamos abajo donde estaban las carpas. Volvimos cargados de madera y listos para pasar otra noche cerca de los marcianos. No vimos ni uno; como era de esperarse. Lo que no veíamos venir fue una maluqueada del Gordo y Valentina que les hizo devolver parte de la cena que habíamos preparado. Digamos que le dejaron una ofrenda a la Pacha.

Nuestra primera acampada del paseo terminaba, dejábamos atrás la laguna de Mojanda y nos preparábamos para volver a Otavalo para explorarlo un poco, esto lo dejamos para dentro de 8 días.

Autor: WebMasterDH

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