miércoles, 26 de julio de 2017
 
Dominical/ 2014-03-30 08:52

De rebusque y sin mermelada hasta que Dios mande

Manuel, nacido en el Tambo, Cauca, se crio en el Caquetá donde trabajó como labriego durante 35 años hasta que por edad lo dejaron de emplear. Por su parte Luis, nacido en Campoalegre, comenzó a trabajar muy joven en Canoas, vereda de Neiva, luego en Vegalarga.

Escrito por: Erick Rojas | marzo 30 de 2014

A sus 63 y 69 años Luis Humberto Cabrera y Manuel José Astaiza aún trabajan para asegurar sus alimentos y tener las energías necesarias que les permitan seguir luchando hasta que Dios mande.

De no ser  por eso,  con los 150.000 pesos de subsidio que reciben cada dos meses del Gobierno Nacional, se mantendrían en la línea de pobreza extrema en la que según el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas, Dane, se encuentran todas aquellas personas que solo disponen de 95.884 pesos al mes para adquirir sus alimentos básicos en las áreas urbanas.

“Los 75.000 pesos mensuales del subsidio no alcanzan, entonces salimos a rebuscarnos la vida”, dice Astaiza, el menor de estos dos amigos.

Cuatro de los siete días de la semana se desplazan en bus hacia la carrera 5ª de Neiva, donde cantan y bailan a menos de treinta metros de la alcaldía municipal, siempre de pie: entre las once de la mañana y las siete de la noche.

“Cuando no nos va bien aquí nos vamos para otra parte, puede ser para el parque o para la Séptima”, afirma Manuel mientras rasga y puntea la guitarra y Luis raspa la guacharaca con un peine de alambre. El roce contra el cilindro de metal produce sonoros chasquidos que se oyen a 15 metros. Con un poco de esfuerzo su voz se escucha a menos de dos metros.

Por la vía peatonal, antigua Calle Real, transitan mañana y tarde toda clase de personas. Algunas se inclinan hacia el platoncito rojo que permanece a sus pies, para depositar monedas de distinta denominación o un billete de mil o dos mil pesos.

“Somos los dos”, responde Cabrera al indagar por su nombre artístico. Como no sabe nada de letras, con lo aprendido en primero de primaria por Manuel suman, restan y dividen las ganancias sin contar las que salen en la jornada para la compra de tintos, bolsas de agua, avena o cualquier otro refresco que consumen en los intermedios.

“Traemos la música en las venas”, dice Luis, quien desde niño se adiestró para interpretar la guacharaca y para fabricarlas en guadua. “Aprendí viendo, así como aprendí a manejar la pala, la pica, el azadón y el machete”.  

Son vecinos en Las Palmas, barrio populoso de la Comuna 10 al que los dos llegaron por diferentes caminos.

Manuel, nacido en el Tambo, Cauca, se crió en el Caquetá donde trabajó como labriego durante 35 años hasta que por edad lo dejaron de emplear, pese a los ocho certificados que obtuvo en el Servicio Nacional de Aprendizaje –Sena– en Florencia, después de varios cursillos que lo acreditan  como agricultor especializado en cultivos de yuca y plátano.

Se dedicó a vender avena y carne asada en la calle y a arreglar zapatos. A Neiva llegó en el 2006 invitado por su segunda mujer, con quien no tuvo hijos. “Ya estábamos mayores. Ella permutó una casa aquí. Me envolvió en las cobijas y me trajo. Cuando se consiguió un señor más joven que yo, me dijo que ya no quería nada conmigo: que me abriera”.  Así lo hizo.

Apoyado por la junta comunal del barrio Álvaro Uribe Vélez de la Comuna 10, levantó un rancho de tablas, yaripa y tejas de zinc, en un lote de 33 metros cuadrados que debió vender por unos pocos pesos, porque cuando salía algo le robaban. Pidió posada. Don Ramiro Joven, de la Fundación Casa de Paso Reverdecer de Nuestro Señor de la Divina Misericordia se la dio, aún sin construir la sede. Desde hace cinco años vive en un encierro de zinc, en el lote de la Fundación.

Luis, nacido en Campoalegre, comenzó a trabajar muy joven en Canoas, vereda de Neiva, luego en Vegalarga. Se casó, formó una familia y vivió feliz en San Antonio de Anaconia hasta cuando le mataron sus dos hijos mayores. Tenían 19 y 18 años. Un comandante de la guerrilla le explicó el motivo. “Que porque eran atracadores, pero yo nunca les vi malas acciones ni traer cosas de valor a la casa. Se vestían bien eso sí, porque les gustaba comprar buena ropa con lo del jornal… Ese mismo comandante nos dijo a la mujer y a mí que si seguíamos allá, para nosotros también había. No tuvimos más que hacer: vendí la parcela y nos vinimos para Las Palmas en el 2005. Compré la casita en la que vivo con mi esposa y tres hijos de 18, 15 y 8 años”.

Los dos cuentan con servicio de salud a través del Sisbén. Lo demás corre por cuenta de los $2500 diarios del subsidio y los 4500 pesos que reciben en promedio diario por su oficio como cantantes.

Los domingos, cada ocho días, los dos y 128 hombres y mujeres más, adultos mayores, reciben con alegría el desayuno que el grupo de benefactores de la Fundación les prodigan. Cada que organizan alguna fiesta o celebración para los ancianos ellos la animan.

Martes, jueves, viernes y a veces los sábados, entonan en su puesto sobre la carrera 5ª  música campesina, parrandera, popular y vallenatos clásicos. Saben al menos 140 canciones, cantidad que corroboran en un listado de títulos registrados a mano por una vecina en hojas de cuaderno que Luis carga en el bolsillo de la camisa para que Manuel José se las recuerde.

“A la gente le gusta el ritmo, la música y el bailoteo. Sin el baile las moneditas son menos”, dice el más joven, quien mira con coquetería a cada mujer que pasa con ropa ligera. Sonríe y deja al descubierto el metal de su dentadura y vuelve y centra su mirada perdida. 

Hasta ahora no han tenido ningún inconveniente y se sienten tranquilos en el oficio. “Lo que nos hace falta es un bafle o un amplificador con micrófono para que la voz de mi compañero se oiga duro”, dice.

“Es que se me dañó un poco después de animar una fiesta con un grupo de amigos.  Éramos tres. Como me ha gustado la música, la parranda y el traguito, dábamos serenatas. Una noche que salimos a cantar a una fiesta amanecimos esperando el pago, pero el señor que nos contrató se emborrachó y no nos dio sino lo del taxi. No ganamos plata y yo de eso me saqué este problema que tengo”, precisa Luis Humberto.

Ambos aseguran que con el amplificador la cantidad de monedas que reciben podría ser mayor, con lo cual mejorarían sus condiciones de vida.

Con lo del subsidio, sin la música ni la solidaridad ciudadana, Manuel y Luis estarían en la línea de pobreza extrema en la que se encontraba el 22,9% de la población de Neiva en  el 2013: un punto más que en el 2012,  según reportó el Dane hace ocho días.

Es decir que de las 337.848 personas que según las proyecciones poblacionales del mismo Dane vivían en Neiva en el 2013, aproximadamente 78.000 (cerca de la cuarta parte) están en condiciones de pobreza extrema debido a que reciben o ganan al mes, menos  de 100.000 pesos para calmar la sed y el hambre.  Ante loenunciado hay quejas. ¿Por qué los políticos se comen la “mermelada” solo con sus allegados?

 

Por: MARTA EUGENIA LÓPEZ

Especial para Diario del Huila