DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

A Édgar Castillo, usted, le da una dirección, en cualquier barrio de Neiva, y él contesta sin duda dónde queda: “Junto a un lote, con una pared negra a la derecha, al lado de una casa de rejas blancas”.

No en vano tiene 75 años, 38 de ellos como taxista, “recorriendo y conociendo cada uno de los rincones de la ciudad”, cuenta con orgullo, parqueado en un costado del Parque Santander.

Al oficio llegó por casualidad, recuerda este hombre curtido por el sol y el viento, nacido en Caicedonia, Valle, que llegó al Huila en busca de oportunidades. La tierra no le era ajena. Su papá era del Tolima y su mamá de Baraya. De eso hace poco más de cuarenta años.

Como él son más de 2000 los taxistas que ruedan a diario por la ciudad

Como él son más de 2000 los taxistas que ruedan a diario por la ciudad

Detrás del timón

Primero inició a laborar en Impregilo, una de las empresas que participó en la construcción de la represa de Betania. Tuvo un corto plazo en las petroleras, casi dos años, y después se empleó como lavador de carros, que le abrió la puerta a lo que sería en el futuro su vida.

“No sabía manejar, aunque trabajaba en una concesionaria de Toyota lavando vehículos. Viendo, preguntando y con las ‘palomitas’ que me daban practicaba hasta que aprendí a conducir. Por cosas de Dios y el destino los patrones compraron un taxi y me lo ofrecieron. Desde entonces me quedé al frente de un volante”, dice, con satisfacción, mientras pasa un trapo rojo por el capó de su taxi Hyundai.

Édgar es uno de los más de 2.200 taxistas, entre hombres y mujeres, que día y noche circulan por las calles de la capital del Huila en busca de clientes para prestarles el servicio de un buen viaje, en un mundo lleno de riesgos y peligros.

“Empecé manejando un Renault 6, tenía los pisos rotos. Me tocaba colocarle tablas para que los pasajeros no pasaran derecho” cuenta, y se ríe.

Así fueron pasando carros, modelos y años. Luego un Simca, un Mazda, un Dodge Dart 73, hasta más modernos como los Atos, Hyundai y Kia, en el que trabaja actualmente. “Lo manejo y administro otro, gracias a un patrón generoso, del que estoy agradecido”, destaca.

Empezando se parqueaba en el Terminal de Transportes, “en donde era muy bueno”, especialmente cuando no exigían planilla para salir de la ciudad. “Uno hacía los pesos y se podía vivir bien y mantener a la familia”, recuerda.

Después se pasó al Hospital General en donde también hubo buenos momentos, pero la cantidad de taxis y el mototaxismo que fue proliferando en Neiva “dieron al traste con la actividad y la cosa se ha puesto cada vez más complicada”.

Cuando le va bien en la jornada, que comienza a las siete u ocho de la mañana y acaba hasta las cinco o seis de la tarde, con dolor en los hombros, el cuello entumecido, brazos exigiendo descanso y piernas queriendo cama, (con la pandemia las cosas se han puesto más graves) suma entre ochenta y cien mil pesos.

Reparte 40 mil de producido para el dueño del carro; 30 mil de tanqueo y quedan 20 0 30 mil para él, “pero hay días en los que toca irse en blanco. Yo gracias a Dios ya no tengo obligaciones. Antes, los hijos me ayudan”.

Y es que Édgar, que hoy vive solo en una casa en el barrio Alfonso López, también gozó una vida amorosa a las ‘carreras’. Tuvo ocho hijos con tres mujeres y hay 16 nietos. “Los muchachos ya todos están independientes”.

“Unos se dedicaron a la construcción y otros siguieron mis pasos. Se dedicaron a este oficio, que ya no paga ni es para vivir”.

Un buen día el producido puede estar por los cien mil pesos.

Un buen día el producido puede estar por los cien mil pesos.

Profesión peligrosa

Pero es que además es peligroso, confiesa, pues no se sabe dónde saltará la maldad.

Ha sufrido tres atracos que le dejaron marcas de arma blanca en el cuerpo. “Siempre me he enfrentado a los malandros, y a Dios gracias he salido bien librado”, relata, y agrega que cada que se monta al carro se encomienda a Él, a la Virgen del Carmen y a las Almas Benditas del Purgatorio.

De los colegas asegura que tiene buenos amigos, “los de la vieja guardia”; de los nuevos prefiere no hablar. Se despide y corre a abrir la puerta a una pareja que pide los lleve a un lugar que Édgar enseguida responde saber dónde está.