Según el libro Santo, el juicio de Dios, no versará sobre las creencias sino sobre la vivencia del amor: Vengan a Mí, porque tuve hambre, tuve sed, etc. Pero, también dirá: Apártense de Mí, porque tuve hambre, sed, encarcelado, etc., y no me  asistieron. Al final de tu vida no te preguntarán cuántos autos estrenaste, a cuántas casas te mudaste, cuántos países conociste, qué cargos tuviste, qué condecoraciones recibiste. Te preguntarán sencillamente: ¿a quién amaste? Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.

No busques excusas, tú actúas por prioridades: ¿cuáles son las prioridades en tu vida? ¡Cuidado! No utilices a Dios: por favor no te engañes, cuando el dinero es el centro de tu vida, invocas a Dios para que ganes más, pero realmente no crees en Dios, lo tienes como un amuleto en tus negocios, por favor, no mientas: tú puedes engañar a todo el mundo, ¡cuidado! Nunca podrás engañar a Dios. Todos estos movimientos fundamentalistas, han hecho de Cristo y Su Evangelio, una mercancía. Buscan todas las estrategias de mercadeo para lograr cautivar a sus clientes.

Esas religiones autollamadas de la prosperidad no son otra cosa que un excelente negocio para domesticar y adormecer las conciencias de la membresía. Por favor, investiguen y encontrarán en sus “organizaciones” una excelente base de datos, cuenta el número de membresía, sus bienes y cuánto deben diezmar mensualmente. Todo con la trillada frase: ¡Amén, Gloria a Dios, aleluia! Sí, la fe la mide tu donación. ¡Qué sofisma de distracción! ¡Cómo se manipulan las conciencias de la gente! Lo más triste de todo es que hay gente tan ilusa que se lo cree formando un efecto placebo. ¡Ah! Lo que es el vacío espiritual, hay que llenarlo de alguna manera. ¡Cómo se aprovecha la ignorancia y la indefensión! Uno de los pecados que podemos cometer los pastores, es la simonía, pecado que cometió Simón el Mago, según nos lo narra un pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles: pretender “comprar” el don del Espíritu Santo, carisma dado a los Apóstoles. ¡Cuidado! La simonía es una tentación permanente. Una oración sin acción es un adormecedor de la conciencia: la fe sin obras no cuenta, nos dice el libro Santo.

Hay predicadores que con sus gritos pretenden apagar el sentido crítico de sus oyentes y, a la verdad, a esta sociedad tan ingenua e insegura, logran adormecer la conciencia. Perdónenme la comparación, un poquito fuerte: son como los encantadores de serpientes, que con su “música”  doblegan la ferocidad del terrible ofidio. A una de las mujeres que admiro enormemente es a la madre Teresa de Calcuta. Una vez iba por la calle y encontró a un anciano leproso que yacía en un andén de la grande urbe de Calcuta, éste venerable hombre balbuceaba: -¡Kali, Kali!-.  Teresa comprendió que invocaba a la diosa de la fertilidad y de la vida, según el panteón indio. ¿Qué hizo Teresa?; ¿ofrecerle un símbolo cristiano? ¡No, por favor! Lo llevó al atrio del templo de la diosa Kali y allí murió alegre aquel moribundo.  Aprender la Biblia de memoria no salva, salva vivirla.