Por: Winston Morales Chavarro

Seis son los polacos laureados con el Premio Nobel de Literatura: Henryk Sienkiewicz (1905), Władysław Reymont (1924), Isaac Bashevis Singer (1978), Czesław Miłosz (1980), Wisława Szymborska (1996) y Olga Nawoja Tokarczuk (2018).

No obstante, hay una hazaña que quizás pocos conocen: sólo cuatro personas han ganado dos veces el Premio Nobel; la polaca  Maria Skłodowska-Curie es una de ellas. Marie Curie recibió el Premio Nobel de Física en 1903 y el Premio Nobel de Química en 1911, fue la primera persona en recibir dos premios en dos categorías distintas.

Tantos premios Nobel (15 en total) hablan muy bien de un país, por lo menos desde el punto de vista de las ciencias, las artes y las humanidades. Y aunque los premios no son los únicos que validan la salud cultural de una nación, sí dicen mucho de la preocupación política de sus ciudadanos (porque los políticos son casi los mismos en todos lados).

Cuando usted pasea por Polonia se encuentra con la maravilla de grandes homenajes a Adam Mickiewicz en Cracovia, Varsovia y Poznań. Pero no sólo a Mickiewicz, también a Chopin, Copernico, Wisława Szymborska y Czesław Miłosz.

Alguna vez, olfateando con paso lento las calles de Poznań, me llamó poderosamente la atención un mural enorme en la fachada de un edificio. El mural era un poema de Wisława Szymborska, un poema que comenzaba en el techo y terminaba en el primer piso de la edificación. Eso sin duda desconcierta, y más que desconcierto genera una pregunta: ¿sucede lo mismo en Colombia? La respuesta la tiene usted, amigo lector.

En Colombia ser artista y creador es un chiste. Un mal chiste. En un país con niveles tan bajos en educación, sin lugar a dudas las artes y las letras son miradas como adefesios y cosas inútiles, sin fundamento; incluso en las propias universidades se observan con irrespeto y desdén. Ni hablemos de los planes de gobierno de los candidatos de turno. Para un político, desde Bogotá (llamada en su momento la Atenas de Suramérica) hasta el caserío más perdido del territorio nacional, las letras, las artes, las humanidades son una cosa insulsa, carentes de relevancia social y económica. La danza, el teatro, la literatura, la música, salvo contadísimas excepciones, son cosas exóticas, piezas de museo. La gente es feliz en Cartagena mirando a un grupo folclórico, pero es solo eso: una pieza exótica para la foto, el video, la miradita breve. Después de la moneda todos siguen su camino con solvencia, indiferencia hacia eso que llaman arte callejero (como si el arte fuera sólo de los palacios y los ministerios).

Sobra decir que el sector que más ha sufrido durante la pandemia ha sido el sector artístico y cultural. En lugar de fortalecerlo, como han hecho las civilizaciones más desarrolladas en sus períodos de crisis, en Colombia se han cerrado todas las puertas y todos los apoyos.

Doy un ejemplo: cuando los alemanes destruyeron a Varsovia (Polonia) la literatura se convirtió en una de sus herramientas más eficaces para la reconstrucción nacional; Varsovia fue destruida en un 75% por el ejército nazi.

Fueron los propios polacos quienes la levantaron, quienes soñaron con su salvación a través de la pintura, la música, la literatura, el teatro. Usted ahora va a Varsovia, Wrocław, Zielona Góra, Szczecin y es como si nunca hubiera caído una bomba. Con decirles que la librería más vieja de Europa se encuentra en Cracovia: Librería Matras, ubicada en la plaza del Rynek. Su dueño fue un mercader alemán y data de 1610. Sí, 1610.

En Colombia, en cambio, todos los días cierran una biblioteca y abren un casino. Haga las cuentas, amigo lector. Cuántas librerías cree usted hay en el país y cuantas cantinas o casinos. Vaya a ciudades como Florencia, Yopal o Arauca y revise qué opciones tienen los jóvenes para su crecimiento intelectual y espiritual. ¿Hay salas de cine, bibliotecas públicas, librerías, salas de teatro? Ni hablemos de los pueblos de la costa pacífica o del Caribe colombiano. El panorama es desolador. Lamentable. Y no quiero que lean esta nota como un escrito arrogante, clasista, elitista, que esa es la reducción a la que suelen llegar algunos (sobre todo nuestros políticos). Simplemente quiero que se pregunten si les gustaría que sus hijos se pasaran todo el tiempo bebiendo cerveza (que también el entretenimiento es válido) en lugar de hojear de vez en cuando un libro o ver de cuando en vez una excelente película.

Yo sé que en el fondo usted tiene la respuesta, a no ser que para usted la educación, la ciencia, las humanidades y las artes sean una pérdida de tiempo y una cosa sin importancia.

Hace mucho tiempo Max Eastman lo dijo: «Un poeta en la historia es divino, pero un poeta en la habitación contigua es un chiste». Creo que el poeta estadounidense se refería a Colombia.

Ser artista en Colombia es un chiste. Un chiste de mal gusto.