Parece que Colombia fuera la república del espectáculo. No hay conferencia, visita ministerial, accidente o asesinato de líderes sociales que logre superar la chiva de la farándula. Parece, si se quiere, que la farándula y el chisme son el único tema ameno o fresco en medio de la cotidianidad colombiana, del narcotráfico, de la corrupción y de la violación de los derechos humanos. Pero, ¿será que tanto espectáculo y tanta frivolidad no sumen al país en un sofisma de indiferencia absoluta? ¿Se ha naturalizado tanto la muerte? ¿Será que nos hemos vuelto inmunes a la realidad nacional a raíz de la estulticia de la farándula?

Recuerdo que hace algunas décadas la información del espectáculo era una sección secundaria, ubicada o emitida cinco minutos antes de finalizar un informativo. ¡Cuán diferente resulta todo hoy! El espectáculo ocupa casi la mitad de un noticiero, mientras que unos sucesos relevantes de la vida política o social se tratan con superficialidad.

Se le presta más importancia al espectáculo, a los conciertos o a los reinados como elementos de una cultura light, distantes por cuestiones de valores humanísticos o espirituales a publicación de libros, exposiciones de pintura, lanzamientos de revistas, premios literarios, festivales de teatro, ferias del libro, conciertos de música clásica o seguimiento de noticias económicas y políticas.

Sin el ánimo de desconocer la importante labor que han cumplido deportistas o gente de la farándula como James Rodríguez, Egan Bernal, Epa Colombia, Shakira o Pipe Bueno, es necesario señalar que en ocasiones nuestros noticieros los exaltan demasiado, casi siempre en los límites del delirio y la hipérbole, muchas veces de manera trivial, como sucede ahora con Yina Calderón, Epa Colombia o los actores del fenómeno polombiano del momento: «Yo me llamo».

El pueblo colombiano está embotado o bien, en la corrupción o bien en el espectáculo. No se sabe qué es lo peor de todo esto: un pueblo que conoce sus crisis o uno que utiliza el chisme y la farándula para esconder sus pecados capitales: la corrupción, la violencia, la desfachatez de nuestros honorables senadores y la estupidez y mediocridad de nuestros gobernantes.

Eduardo Galeano dijo: “La mejor manera de colonizar una conciencia es suprimiéndola». El pueblo colombiano o no tiene conciencia o finge no tenerla. Y una manera de hacer freno a la conciencia es saturando nuestra memoria y nuestra noción de mañana con imágenes tan fantásticas como las piernas de Aída Merlano o los pechos radiantes de la nueva señorita Colombia, disfrazando estos encantos e intereses en la objetividad delgadísima de un chisme o lo ultrasecreto. Algo raro sucede en un país que les concede dos horas los sábados y domingos a los chismes y a la frivolidad.

Sería bueno que nuestros noticieros comenzaran a preocuparse por otras posibilidades de información. La noticia no es sólo lo cotidiano; también está dormida en los terrenos de lo comunitario, de lo cívico, de lo alternativo, de lo barrial. La capacidad periodística de darle voz a la gente «invisible» ha desaparecido. La virtud de salir a la comunidad y a los sectores invisibles de la nación es cosa del pasado.