Tatiana Duplat Ayala

Cómo si se tratara de una película de acción, el 2021 nos sorprendió con una imagen insólita, la toma del Capitolio de los Estados Unidos. El 6 de enero, en horas de la tarde, un grupo de seguidores radicales de Trump, instigados por el mismo presidente, tomó por asalto la sede del Congreso. ¡Qué imagen! de no creerlo. Los extremistas irrumpieron a la fuerza y los legisladores se vieron obligados a suspender el proceso de certificación de la victoria electoral de Joe Biden.

Fueron horas de angustia. El mundo entero vio con asombro, en vivo y en directo, cómo se asestaba un fuerte golpe a los valores y las instituciones democráticas. Qué extraña sensación de vulnerabilidad compartida por cientos de millones de personas. Todo en aquel hecho fue contradictorio, de allí la sensación de perplejidad de tantos.

Un puñado de matones se tomó por la fuerza el Capitolio y amenazó a los congresistas mientras arengaba en defensa de la democracia misma. No cabía más contradicción en esta acción. Y es que solo es posible defender la democracia por medios democráticos. Cualquier otro intento será, en sí mismo, una negación de la causa que lo anima, bien sea que se trate de una acción estatal o de la ciudadanía.

La democracia debe hacer posible la participación de todo el espectro ideológico, incluso de aquellas posturas que no están de acuerdo con los principios democráticos. Pero la expresión de la pluralidad tiene un límite, la democracia misma. Todas las posturas son bienvenidas siempre y cuando se expresen dentro del orden constitucional. No hay manera alguna de defender la democracia desconociendo el estado de derecho; por eso el autoritarismo nunca será democrático, no importa cuál sea su orilla ideológica ni la causa que lo anime.

Por encima de los partidos, por encima de las ideologías y por encima de las diferencias y los intereses, a todos los asociados del estado de derecho nos vincula el compromiso irrevocable con la ley y el orden constitucional. La ciudadanía no tiene color político y esa es la maravilla de la democracia por muy imperfecta que parezca. Es el ejercicio de los derechos y las responsabilidades como ciudadanos lo que hace posible que nos encontremos en una causa común, sin tener que renunciar a nuestras convicciones.

La tarde del 6 de enero pasó y después de dedicar unas horas a limpiar meticulosamente aquel recinto sagrado, los congresistas retomaron su labor. ¡Qué entereza y qué convicción! Más que nunca fueron uno solo y más allá de sus diferencias políticas e ideológicas se encontraron en una causa común, la democracia misma.

En la madrugada del día siguiente, después de una jornada extenuante, el Congreso de los Estados Unidos confirmó la victoria de Joe Biden y, sobre todo, reafirmó su compromiso con el orden constitucional. Todos ellos, demócratas y republicanos, más allá de sus convicciones, sus intereses y sus filiaciones partidistas, entendieron bien que el límite de la democracia, es la democracia misma. Qué lección para el resto del mundo.