Por: Ana Patricia Collazos Quiñones 

Tinta fresca

 

Como bien lo manifiesta el poeta peruano Fernando Cassamar, Hay un poema que aún no ha sido escrito pero que es necesario se escriba. Ese poema debe versar sobre la unidad, sobre el cambio, pero sobre todo debe abogar por la libertad.

Pero en estos tiempos de tantas posibilidades, hablar de libertad y de otras palabras como revolución, generan tanta polarización como miedo. Hoy, quiero referirme a lo que nos invitan estas palabras desde la poesía. Y lo hago, porque durante esta Semana Santa, se llevó a cabo un gran Encuentro Internacional de Arte y Literatura, evento organizado desde el sur del continente, pero que convocó a más de 350 escritores y artistas de 25 países.

En esta primera versión del Encuentro MIEL (Movimiento Internacional de Escritores por la Libertad), tuvimos la oportunidad de participar diez colombianos en una gala compartida con Ecuador y Venezuela. Desde las artes plásticas, los maestros Luz Marina Barrios y Álvaro Zarama, compartieron escena con la joven artista Estefanía Torres. Estos huilenses llenaron de color la gala, al mostrar sus apuestas estéticas tan universales. Desde la poesía, la participación huilense también fue significativa, al permitir la ventana internacional para los ya reconocidos Amparo Andrade, Yineth Angulo, Aníbal Plazas Barreiro y Amadeo González Triviño. También salieron a la luz mundial, los recientemente editados poetas Edwin Santos Cifuentes, Rubén Darío Rodríguez y Sandra Milena López Almanza. Todo con la oportuna coordinación del poeta José Onías Cuéllar Calderón.

El sólo hecho de mencionar a estos trabajadores de la palabra y del arte ya es un acto de libertad, al decir con orgullo que esta tradición literaria que vemos en el Huila se ha convertido en un oficio que pasa del gusto personal a la producción editorial, donde toda una corriente de pensamientos y emociones se plasma en el papel impreso. Aquí se proclama la palabra como nuestra mejor y única arma en el propósito de transformación cultural, artística y política a la que nos debemos. Entendiendo que la labor del trabajador del arte va en ese sentido de hacer que el arte y la poesía se pongan al servicio del ser humano.

Más allá del goce estético de la creación y la belleza, y del poder cultural que facilite la amplitud de horizontes mentales y conceptuales, el poder transformador de la palabra y del arte es mucho mayor. Aquí la poesía nos hace encontrar espacios de reivindicación donde un llamado colectivo es capaz de mostrar el dolor de la violencia, las huellas de la guerra o los grandes olvidos, como los que leemos en la poesía del único territorio hispanoparlante del continente africano, el pueblo saharawi.

Se ha empezado a escribir un gran poema, que hace que la poesía sea grito y salve nuestro canto del silencio. Un poema que hace que la poesía se haga carne y habite entre nosotros.