Por: Gerardo Aldana García

La leche, el líquido que ha inspirado al hombre para concebir la existencia de la vía láctea, desde tiempos inmemoriales de los griegos, cuya mitología dice que justamente de los pechos de Hera, esposa de Zeus, padre de todos los dioses, este blanco líquido manó para dar origen a la magnífica macha sideral que astrónomos, artistas y filósofos, descifran en noches estrelladas, como una estela brillante que semeja leche derramada.

Muy cerca de Neiva, en jurisdicción del municipio de Rivera, está el corregimiento de La Ulloa, en donde es usual que el viernes santo, los ganaderos que ordeñan vacas, regalen toda la producción a las personas más pobres de la comarca.  De acuerdo con la tradición oral del sector, se dice que en el primer cuarto de siglo XX, llegó a La Ulloa el señor Samuel Díaz Lasso, procedente de Peñas Blancas, Guacirco, quien era un ferviente devoto de las prácticas católicas. El señor Díaz, quien llegaría a convertirse en el mayor terrateniente de la zona, empleaba al menos 25 ordeñadores al día, con quienes atendía 4 lecherías en diferentes fincas, ordeñando cerca de 300 vacas, de las que extraía suficientes canecas de 56 botellas, para llenar una camioneta Chevrolet 300 y media camioneta más. Los trabajadores al servicio de Don Samuel, como le decían, debían levantarse todos los días a las 3.00 a.m., y antes de salir para los corrales de ordeño, debían rezar el rosario que el mismo patrón les dirigía.

Una de las costumbres de Don Samuel, fue la regalar toda la leche de sus fincas, el viernes santo, lo cual generaba un desplazamiento de la comunidad desde diferentes sitios del vecindario. A Don Samuel se unieron luego otros ganaderos como Don Efraín Díaz, y vinieron posteriormente las generaciones de herederos de Don Samuel, como Jesús María Díaz Mosquera, quien continúo dando fuerza a esta altruista práctica. El regalo del blanco y nutritivo líquido, se extendió incluso a pequeños ganaderos localizados en las veredas de zonas montañosas de Rivera, que hoy día mantienen viva esta práctica.  La experiencia de regalar la leche en viernes santo, estuvo motivada desde su origen, en un gesto humano de servir al más necesitado, y era a la vez una forma de agradecer a Dios, y a la madre naturaleza, el regalo que de forma anticipada ya recibía el ganadero, al mantener sanos y productivos sus animales. Claramente, el gesto motivado por razones de índole espiritual, se convertía en una especie de arreglo entre el ganadero y las leyes divinas, en donde lo que se regalaba traía grandes beneficios para el cristiano caritativo.

El pasado viernes santo, pude ser testigo de dos ordeños de los hermanos Olga Lucía y Jesús María Díaz Escobar, nietos de Don Samuel e hijos de Jesús María Díaz Mosquera; madrugaron como de costumbre a su ordeño, y luego, desde las 7.00 a.m., ellos mismos atendían de forma personal, el desfile de personas con sus vasijas que llenaban con el delicioso líquido. Por allí pasaban ancianos, madres cabeza de hogar, jóvenes que padecen el flagelo de las drogas, niños en situación de discapacidad, padres solteros, entre otros.  Don Aparicio, un adulto mayor de más de 80 años de edad, caminaba esta mañana por la calle principal de La Ulloa; por alguna razón no alcanzó a pasar por la leche, más Jesús María, Chucho, como cariñosamente le dicen, llegó hasta su humilde vivienda y le dejó dos botellas de leche; allí, sobre la vieja despensa de madera, testigo muda de la soledad de Don Aparicio.

Me gusta esta práctica, y creo que, como los lecheros de La Ulloa en el viernes santo, muchos otros productores, empresarios, empleados y comunidad a quien la vida ha tratado de forma más benéfica que a muchos otros, deberíamos escoger un día en semana santa y durante cualquier mes del año, para hacer donaciones a los más necesitados, a ese congénere que no es otra cosa que: nuestro hermano en la tierra, pasajero del mismo tren, con el mismo e inexorable destino.