DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

A Agustín El Tin Bonilla lo encontramos en una calle de Neiva en cercanías a las clínicas y centros médicos en el barrio                 Quirinal.  A sus 50 años mantiene la timidez que le conocimos cuando se vislumbraba como uno de los jugadores de selección Huila y luego de los equipos del fútbol profesional en nacimiento en los años 80 y 90 en Neiva.

Viste la camiseta de la selección Colombia y nos recibe con amabilidad escondido en esa timidez que siempre le acompaña y nos cuenta que sus padres Jesús María Bonilla y Elena Rivera ya fallecieron. Vive con su hermana menor Lucy en el barrio Campo Núñez, “nací y crecí ahí ha sido mi barrio de toda la vida, asegura y agrega que les quedó la casa paterna a Dios gracias”.

Sobre sus orígenes en el fútbol recuerda que quien lo descubrió fue el profesor Alberto Rujana, el mismo que le dio la oportunidad a Neiva y al Huila de tener futbol profesional con el ascenso del Atlético Huila en el año 92.

“El profe Rujana es quien me descubre, luego trabajo con Álvaro de Jesús Gómez, con quien fui a Cali en compañía de Ricardo Valderrama a la escuela que tenía el cuadro verdiblanco. Desafortunadamente una lesión de ligamento comenzó a sacarme del fútbol competitivo, rememora. En principio con terapias me recupero y estaba listo para ir a Venezuela o a Chile, pero volvió lo de la lesión y tocó tomar la decisión de dejar el fútbol”, dice con asomo de tristeza.

Los recuerdos y los amigos

Su paso fugaz por el fútbol le dejó gratos recuerdos y ante todo amigos. En el comienzo era muy difícil por la cantidad y calidad de jugadores con los que contaba el profesor Rujana por lo que tuvo que buscar otros horizontes.

Recuerda como compañeros a Luis Medina, Rodrigo el Rocky Garzón, Ricardo Valderrama a Niver Arboleda, Juan Carlos Fulla, Mauricio Lerma y Ricardo Vargas entre otros. “Había muy buenos jugadores, pero ante todo buenos amigos, cuenta.

Le pregunto si tiene nostalgia de esos tiempos, se pone melancólico y responde: “Claro que hay un sentimiento por lo del fútbol, por las experiencias, los juegos, los campeonatos. El sub 23 del 87 en la ciudad de Medellín es uno de esos buenos recuerdos, es uno de esos torneos inolvidables”, agrega.

De los técnicos recuerda además de Rujana y Álvaro de Jesús Gómez a Álvaro Prieto y Dairo Vargas de quienes aprendió algo, fueron quienes lo descubrieron, lo formaron y le dieron la oportunidad.

“Esos amigos que me dejó el futbol son los que hoy me dan la mano en momentos en los que me toca rebuscarme cuidando carros, dice. Aquí me gano lo de la comida y de paso estoy tranquilo. Me ven y como usted me saludan con cariño, me preguntan por mi vida y me regalan un rato de compañía, con el dialogo con los recuerdos”, manifiesta y sonríe.

“Jugué tres años en segunda división, teníamos un grupo muy bueno con Ricardo Valderrama, Javier Pinilla, Niver Arboleda, Juan Carlos Fulla y Mauricio Lerma.  Nos pagaban bien. Su mayor virtud en la cancha era la velocidad y la habilidad con el balón.  En ese tiempo yo me ganaba casi $1.000.000 de pesos, se vivía bien y se pasaba bien”, relata.

Vive de los recuerdos y de lo que le deja cuidar carros y motos.

El momento actual de Agustín Bonilla no es bueno desde el punto de vista económico. Cuida carros en la zona comercial del Quirinal. Depende de la voluntad de cada uno de los llamados clientes o de los amigos que ocasionalmente pasan y le brindan una moneda o algo de comer. Sin embargo, lo admirable es que no se queja. Mantiene la tranquilidad, acepta lo que le toca en la vida. Es agradecido con Dios por él todo, expresa.

La motivación es su hija que vive en España. Al hablar de ella se le ilumina el rostro y los ojos le brillas casi para llegar el llanto. “Mi hija María Alejandra tiene 23 años y trabaja en España como cuidadora de personas de la tercera edad. Está estudiando, ya consiguió la cédula española, sostiene con orgullo. Ella vive con mi hermana Lucy que es enfermera y fue la que se la llevó”, suma.

Sobre Ruby su compañera con la que tuvo a María Alejandra no volvió a saber de ella. “Vivimos unos siete años y luego no volví a saber de ella”, rememora Agustín que tuvo el privilegio de jugar al fútbol profesional, casi tocó el cielo con las manos y descendió para vivir de lo que le proveen los dueños de carros o motos que llegan a hacer algún trámite o cumplir una cita médica. Todo por las cosas de la vida que a veces nos da y a veces nos quita.