Como si el cuerpo de los sueños de todos los jóvenes del mundo, hubiese sido herido en uno de sus órganos, su corazón, tal vez; justo cuando Juan Diego Perdomo Monroy de 21 años de edad, se desplomó en medio de una protesta, la ciudad se estremece aún y llora sin consuelo. El joven, era nuestro hijo; si, el de cada padre y madre que cultivamos desde el vientre el anhelo de un ser único, irrepetible y profundamente entrañable. Pero el entorno de su partida es a la vez un laboratorio social en el cual se puede encontrar una serie de clamores y expresiones de la juventud por un espacio para su mundo libre, ese que está lleno de ideales capaces de construir, de transformar y, sin embargo; ante sus pedimentos, el sistema se torna escéptico y egoísta. 

Juan Diego, un danzarín lleno de música y coreografías, formado en el colegio Ceinar de Neiva y luego haciendo su formación profesional en artes en la Universidad Surcolombiana, gozaba de admiración y reconocimiento en el medio cultural de Neiva. Se sumaba a su gran talento en la danza, su personalidad amable y empática. Es muy lamentable que un alma tocada por la magia del arte, en pleno siglo XXI se vea obligada a exponerse en riesgos contra su propia integridad física, todo por cuenta del desvarío con el que se maneja el Estado y los intereses de los jóvenes. Podría decirse que Juan Diego no necesitaba estar en la calle que protesta; él debería estar descubriendo en la identidad de su ciudad, los motivos para una nueva danza o ensañando la planimetría del Sanjaunero que espera junio con esmero. Pero este joven como miles, estaba intranquilo, y encarnando la frustración de cada creador de la cultura, escenificaba un acto de justa rebeldía frente a su indolente padre: el sistema y sus ineptos gobernantes. ¿Cuál Economía Naranja? ¿Cuál impulso a las Industrias Culturales?; si a la hora de la verdad, el cultor no puede acceder a los mentados apoyos prometidos a la cultura por el Presidente Duque. Este colegio Ceinar que albergó a Juan Diego, cuya comunidad se felicitaba al tenerlo en su claustro, me gusta por su inclusión social y su fe en la cultura y el arte; más es a la vez otro matiz de la exclusión del sistema para con las manifestaciones culturales. Conviene visitarlo y ver el penoso estado de sus instalaciones físicas, lo que sin embargo no es óbice para que su tarea de formar individuos proactivos y benéficos al mundo, se geste desde sus rudos y deteriorados pasillos, que solo viven en virtud de la alegría de sus estudiantes y perseverancia de profesores. 

El video que muestra a Juan Diego a punto de desplomarse, representa a los jóvenes que insisten en ser escuchados y tenidos en cuenta en la administración del país y sus diferentes entidades, empezando por el desprestigiado congreso en donde los adultos mayores de 50 años siguen siendo quienes dictan las normas y organizan a su gusto la vida del pueblo colombiano. Los jóvenes no se desplomarán, eso sería una catástrofe para una Nación; muy al contrario, que remocen sus impulsos y guiados por el buen juicio, su talento e inquebrantable espíritu de libertad, conquisten para el bien común, el mundo: ancho y largo, como el horizonte con el que miden sus sueños. Mi profundo sentido de solidaridad a la señora madre de Juan Diego, a su joven novia con quien tuvo la gracia de hacerse padre y a Nicolás, su hermano; alma gemela y creador cultural en el campo de la música, en cuyo saxofón y guitarra, seguirán sonando las notas que inspiraban a Juan Diego en cada giro, en cada gesto de su danza.