DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

Marisela Triviño Sánchez, de 47 años, no sabe explicar por qué la extraña sensación del mango biche en el paladar de las personas, de sus clientes.

Aunque sí celebra que el suyo, que vende en las calles del microcentro de Neiva, despierta un “volcán de sabores con la mezcla de sal, limón y pimienta, todo al gusto”.

Pero, además, de la preparación, que no están simple, la otra clave está en la calidad de la fruta tropical. Debe estar verde, en su punto, afirma.

“Como algunos mangos salen verdes y otros se maduran, hay también los que se dañan o están podridos por dentro”, aclara.

Lo grave es que no es fácil conocer a simple vista su estado o condición. “Es más fácil identificar una mala persona que un buen mango”, señala con ironía, y corre a atender una pareja que llega por un pedido.

Vendedora de mangos

Marisela es la típica vendedora ambulante que voltea por todas partes. La encontramos en una esquina del microcentro de la ciudad, diagonal a la Gobernación, pero mañana estará en otro lugar porque no puede estacionarse.

Tiene 4 hijos y 4 nietos. Vive en el asentamiento Miraflores, en la Comuna 10. Antes, había estado con la pareja en el Caquetá de donde salieron corriendo desplazados por la violencia en Cartagena del Chairá, en el año 2.000.

Se queja de que no ha recibido ningún tipo de colaboración del Estado Nacional ni Municipal pese a rogar en distintas oficinas. Ni antes ni durante la pandemia, que la trató cruelmente, especialmente en los aislamientos, porque la gente se ha ido de las calles o no sale.

“Se favoreció, muchas veces, a quienes no necesitaban. No vi un mercado. No tenía comida. Estaba encerrada en una pieza sin poder trabajar y sin nada”, dice, con emoción y los ojos aguados.

“Tengo un código, pero las colaboraciones no las veo nunca. No tengo Sisbén, en la cuarentena no recibí un mercado. Con mis hijos, cuando estaban pequeños, me daban de Familias en Acción, pero no quedó nada de eso.”, cuenta con voz firme y dolorida.

La tarea nunca ha sido fácil. Empezó vendiendo chontaduro, mamoncillo, agua y gaseosa, con el hijo mayor, que fue su soporte para ayudar con el sostenimiento de los niños pequeños.

Menos ahora. En ocasiones le toca ir hasta Surabastos a recoger el bulto de mangos para vender. Normalmente cuesta, en promedio, $50.000, pero por el paro ha subido hasta $120.000. Lo malo es que nadie va a pagar más de lo usual, $3.000.

Lo entrega picado, con los ingredientes, en un vaso desechable, para jornalearse, cuando le va bien, 30 0 40 mil pesos, porque hay días malos en que se van limpia.

Su negocio es una carreta que lleva una pesada carga del producto de buen tamaño que arrastra todos los días, de lunes a domingo. No puede parar, no tiene descanso ni vacaciones.

Confiesa que siente rabia por cómo la han tratado las personas, no tanto la vida. Todos los gobiernos son injustos. Siempre favorecen a los que más tienen, repite.

“La mayor lucha de los vendedores ambulantes es trabajar hoy para poder comer al día siguiente, porque estamos lejos de tener beneficios, ayuda estatal y así, como se puede cumplir el objetivo, el regreso a casa en varias ocasiones es en ceros”, comenta, con tristeza evidente.

El rostro de Marisela es el de una mujer sufrida que lucha en la vida.

En Dios confía

Cuando le pregunto cuál es el mejor día de todos los que ha vivido, responde: “Es hoy, porque gracias a Dios abrí los ojos. Creo en Él y en que va a arreglar este país”.

Y qué quiere de su futuro, Marisela: “Tener, al menos, una vivienda digna y en los últimos años de vida tener un negocito propio, una tiendita, algo de qué vivir, de frutas y verduras”.

Sin dudar, cuenta que nombre le pondría: “La bendición de Dios”.

Aunque soporta el sol y el agua día a día, camina grandes distancias empujando el carro y sueña con un mejor futuro, no está cansada de vivir.

“A pesar de todos los sufrimientos, angustias, necesidades y problemas, la vida es muy linda. Aunque nos da muchos golpes, con la ayuda de Dios tenemos que aprender a levantarnos, ser fuertes y seguir adelante”.