domingo, 24 de febrero de 2019
Cultura/ Creado el: 2019-01-16 08:51

Hechicería versión 2.0 en la Jagua

El corregimiento de la Jagua está ubicado en el sur del Huila, aproximadamente a 10 minutos en carro desde Garzón, y es conocido como el epicentro de la brujería en el departamento. Sus bases culturales están cimentadas sobre un antiguo asentamiento indígena, historias sobrenaturales y colonización.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | enero 16 de 2019

Por: Diego Fernando Herrera
Fotografía y texto

Consolar la idea de ir a conocer el corregimiento de la Jagua es inaudito para algunas personas, las diversas historias que se han originado en torno a este lugar que parece detenido en el tiempo son lúgubres, y acobardan en el imaginario de la persona que escucha atenta a cada detalle de esas historias de brujería que se volvieron parte fundamental de la identidad cultural de este sitio. Cerca del medio día me aventuré en esta salida que me tomó un poco más de 2 horas en carro desde Neiva para llegar a la Jagua. Estuve fantaseando todo el camino en pasearme por unas calles que imaginé desoladas y tenebrosas, de las que he escuchado que emana una energía negativa espesa que hace juego con la atmósfera ensordecedora del silencio del pueblo en el que “ni gente se ve”.

En el costado derecho (sentido norte – sur)  de la vía Panamericana, está la entrada a este misterioso sitio, una especie de arco de triunfo que hace antesala y da una emotiva bienvenida al visitante que mientras se desplaza por el estrecho camino de asfalto, puede contemplar frondosos árboles a los costados de esta vía, la cual a unos escasos metros conduce a las primeras viviendas donde el hechizo es diciente. Logré vislumbrar dos figuras humanoides y contiguas, talladas en madera, y que me daban la certeza a ese pálpito que me llevó hasta allá.

Era menester detenerme a apreciar esta abstracción que es simplemente imposible ignorar, puesto qué, cada escultura de estas mide cerca de los dos metros. Sin duda fue una gran sorpresa para mí. El misterio era notorio, pero más sorprendente fue cuando levanté la cabeza y desvié mi mirada del asombro que me producían estos troncos y la dirigí a la realidad. Vi las casas  - algunas con coloridos murales-, niños montando en bicicleta y lugareños departiendo en el ante jardín de sus viviendas. Pensé por un momento que había llegado al lugar equivocado, las personas actuaban como si no fuese el pueblo que las brujas tomaron por venganza para hacer de éste su morada.

Hechizo arquitectónico

Las calles empedradas que perduran y se aferran al paso del tiempo son un rasgo característico de esa arquitectura colonial que envuelve el lugar y que es predominante. Su nueva apuesta por decorar las casas con los colores que genera la flor de la cholupa, recrea un efecto visual alucinante que logra enternecer al visitante. El aspecto real de las viviendas está muy lejos de parecer un sitio hostil de esos que nos ha enseñado el cine cuando de brujas se trata. Más bien parece una estrategia por combatir un estigma social que los ha caracterizado por años y con el que esperan que el turista se sienta fascinado para que vuelva. Hechicería versión 2.0, embrujo visual para crear una atadura turística.    

Después de contemplar meticulosamente su arquitectura y  de un intercambio breve de palabras con algunos de sus habitantes, avancé por la calle principal que atraviesa todo el corregimiento y que termina casi de frente en el taller del artesano, Emiro Garzón. Fue ahí mi primer contacto con las brujas, logré ver a dos de ellas en un gran árbol a las afueras del taller, aunque estaban inmóviles, danzaban al compás de las ondas pusilánimes del viento y con cada giro que realizaban enseñaban sin pena alguna su voluptuosidad, la cual se fecundó en la mente de su creador, el escultor Emiro.

Hechizo artístico

En mi ingreso al taller, fui sorprendido por una jauría de perros vigías que hacían a su vez de cancerberos protectores de ese aquelarre de el que se es testigo una vez se cruza el límite de ese portón de madera azul, en el cual se guarda todo el tesoro artístico de Emiro. Rostros de brujas que observan al visitante desde diferentes ángulos es lo que se percibe en el taller del cual había escuchado mucho desde hace años y del cual estaba ansioso por conocer.

Las paredes blancas de la casa taller dan un fondo sobrio que logra resaltar estos rostros que parece que vigilan taciturnos. En mi mente no paraba de hacer un paralelismo del taller con el laboratorio de un científico loco que plasma en arcillas, maderas o metales lo desenfrenado del sentimentalismo de un artista incomprendido que quiere contar una historia y que perdure en los anales de la cultura Huilense.

Hechizo gastronómico

Después de conocer el taller y en lo que en él se gestaba, decidí que me encaminaría de vuelta a Neiva, pero una peripecia se interpuso para poner un alfiler más a la atadura que me estaba haciendo este espectacular sitio. Frente al taller de Emiro vi un lugar que se llama “Santa Cruz de la Plazuela” donde venden postres, pero más que eso venden una experiencia. Entrar es algo único, su interior es alusivo también a la brujería y el sabor de sus postres es una pócima que se basa principalmente en el amor de una familia oriunda de Neiva que conoce bien el pueblo y que cuentan historias interesantes junto a un buen café que sirven con la técnica khemex, para completar una atadura gastronómica que hará que todo el que entre se enamore de la jagua. Por lo menos yo seguiré visitando la Jagua.



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