Por: Andrés Molano

El covid-19 parece haberse ensañado con América Latina.  Brasil, Argentina, Colombia, México y Perú, aparecen entre los 20 países con mayor número de casos en todo el mundo.  Casi en ese rango -y a despecho de su avanzado plan de vacunación- figura Chile. Con los ajustes estadísticos recientes, la tasa de mortalidad por la enfermedad en Perú bien podría ser la más alta del mundo (seguido por Brasil, que en cuestiones de pandemia parece combinar todos los males posibles, incluyendo un presidente negacionista y una errática gestión que acumula ya cuatro ministros).

Fenómenos como las pandemias, a juzgar por la evidencia disponible, pueden provocar puntos de inflexión, más o menos radicales y súbitos, en la trayectoria histórica de las sociedades; o actuar, más bien, como aceleradores de procesos disruptivos que ya venían desarrollándose, a los que dan mayor impulso y a los que añaden nuevo combustible.  Hay razones para sospechar que, para América Latina, el covid-19 será ambas cosas:  quiebre drástico y volátil catalizador.

Semejante combinación podría estar allanando el camino a una “era de agitación” en la región, que no obstante sus causas específicas, incluso endémicas, y sus expresiones particulares en cada país, quizá obedezca a una misma conjunción de fuerzas elementales.

El historiador Niall Ferguson advirtió en 2009 que la mayor amenaza para el mundo, en lo que entonces aún era el porvenir, no sería algún tipo de “eje del mal” -como el definido por el presidente George W. Bush luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001-, integrado por Estados malévolos, sino un “eje de la agitación” -por lo demás, bastante desarticulado y heterogéneo como para ser realmente un “eje”- conformado por Estados caracterizados por su espasmódica -y a veces caótica- inestabilidad.  (Hasta cierto punto, los acontecimientos de los años siguientes, desde la “Primavera árabe”, hasta el ascenso y declive del Estado Islámico, confirmaron sus intuiciones).

Al fragor del covid-19, sociedades que ya venían experimentando, con distinta intensidad, procesos de fragmentación política, podrían derivar incluso hacia la implosión social.  Más allá del optimismo del FMI (que prevé un crecimiento del 4,6 % en la región este año), el impacto económico de la pandemia y el confinamiento, y la magnitud del esfuerzo que será necesario hacer para apalancar la recuperación, ponen en riesgo los logros del último cuarto de siglo en materia de reducción de la pobreza.

El populismo parece no necesitar vacuna para resistir el envite del virus; a veces parece medrar con él, reproduciéndose o simplemente cambiando de signo.  El desarraigo y la incertidumbre -en sus múltiples formas y manifestaciones- hacen de los jóvenes un blanco fácil de los vendedores de utopías y futuros expeditos.  Instituciones ya antes cuestionadas, y ahora desbordadas, podrían perder lo que les queda de legitimidad, ante las promesas, igualmente engañosas y sólo en apariencia contrarias, de la anarquía liberadora y el autoritarismo eficaz.

Así las cosas, en América Latina, la pandemia -con toda su tragedia- parece ser ya lo de menos.  Lo de más será la pospandemia.