DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

Llevados por la curiosidad y el agradable olor, ingresamos a la Panificadora Campoalegre, en una esquina del barrio Estadio de Neiva, calle tercera con carrera novena. Es, tal vez, la panadería más antigua y de más tradición de la ciudad, aunque sus mejores tiempos ya estén quedando en el pasado, en ventas, no en la calidad, sabor y atención.

De entrada, son las 10 de la mañana, el local huele intensamente a mantequilla, harina, huevos, levadura y, claro, pan, el protagonista. Está exhibido dentro de unas vitrinas, ordenado por variedades, porque también se ofrecen cucas, “muy apetecidas, las llevan al exterior”; mojicón con queso, arequipe o combinados; pandeyucas…

Llegaron a tener 6 empleados, hoy trabajan cuatro en dos jornadas

Llegaron a tener 6 empleados, hoy trabajan cuatro en dos jornadas

La tercera generación

Detrás, atendiendo, está Eliana Rojas, parte de la tercera generación que, con celo y amor, tiene la responsabilidad de continuar transmitiendo el rico ‘secreto’ familiar. “Tal vez la Campoalegre no tiene el local más hermoso y moderno, pero nos seguimos distinguiendo, como siempre, por lo buena”, señala, orgullosa.

En un cuarto atrás, de seductor aroma, está la fábrica, donde empleados, con traje blanco y gorra, amasan y aplican los elementos y pasos necesarios para conseguir un pan hasta para el paladar más exigente.

“No hay una fórmula ni proporciones complicadas, el estupendo sabor es más que eso, son los buenos ingredientes y la pasión que se pone a la preparación”, responde Eliana.

El negocio cumple el próximo año Bodas de Oro. Fue fundado en 1972 en una casa que compró en 600 pesos la mamá, Mélida Córdoba, donde funciona desde entonces. Con el papá, Flavio Rojas Collazos, ambos ya fallecidos, formaron un hogar de cinco mujeres y un hombre.

Ellas conocieron desde niñas el oficio, pero es Eliana quien está hoy al frente. Su oficina está en el segundo piso, donde en un costado tiene la mirada vigilante y complaciente de sus padres, cuyas fotografías cuelgan en la pared. Aunque no es necesario porque es muy estricta y comprometida en conservar el proceso, que hoy llaman control de calidad.

El pan listo para ser distribuido o llevado a casa

El pan listo para ser distribuido o llevado a casa

Inicio e historia

En realidad, el ‘emprendimiento’ lo inició el abuelo Germán, en Campoalegre, en hornos grandes, que ardían con leña.

“Mi mamá vendía en la plaza del municipio. Mi papá manejaba taxi. Entonces, empezaron a viajar a Neiva para hacer lo mismo en la galería. Traía el pan liso y de trenzas en canastos grandes de mimbre, que cubría con lonas blancas, donde venía empacada la harina”.

Con el tiempo, el negocio fue creciendo, la demanda era cada vez mayor. Pensando en progresar y darles estudio y futuro a los hijos se establecieron en la capital. Nació la Panificadora Campoalegre.

“El pan era delicioso por la estupenda mantequilla que había, pero, igual, continúa siendo esponjoso, gustoso, muy natural, porque no tiene ningún tipo de químico”.

Y prosigue la historia, mientras revisa la preparación del producto: “Fue una época muy buena, de mucha demanda. Era mucho el pan, 100 o 120 arrobas. Se hacían dos turnos de trabajo para dar abasto”.

La heredera del legado gastronómico confiesa que no sabe hacer pan, “pero conozco muy bien todo el procedimiento, que aprendí viendo, lavando latas, quebrando huevos para las mezclas”. Pero no deja de preocuparle quién asumirá las banderas.

Y es que pese a la poca formación y el conocimiento empírico hace el mejor esfuerzo por dirigir y mantener adelante la micro empresa.

Cuenta que la pandemia, el aislamiento de la gente, fue muy difícil y dejó consecuencias. Se redujo el equipo a cuatro empleados, de 26 que alguna vez hicieron parte, “pero seguimos siendo una familia unida por el mismo objetivo. Ya han salido 11 pensionados”.

“No hemos recibido ninguna ayuda, y, como hemos renovado máquinas, estamos un poco apretados. Gracias a Dios, que me ha sacado de muchas, estamos al día en las obligaciones de ley y los pagos de seguridad social”, destaca la mujer, con satisfacción.

Descarta desplazarse a otro lugar porque la clientela ya sabe dónde encontrarlos y los buscan, “sería volver a iniciar”. Sí quisiera darle un aire nuevo, remodelar, mejorar, pero no negociar o entregar la marca.

“La empresa familiar Panificadora Campoalegre debe hacer parte de un recorrido de propios y visitantes que se llame ‘Neiva sí sabe a bueno’”, concluye Eliana.