María Asunta: “dichosa tu que has creído”

Conmemoramos hoy la Asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al cielo declarada solemnemente por el Papa Pio XII el 11 de noviembre de 1950 como dogma de fe.

San Pablo nos da en la Carta a los Corintios la razón fundamental de este hecho: “Por un hombre vino la muerte y por otro hombre ha venido la resurrección”.

Todos nacimos en el pecado, menos María que fue preservada de él por los méritos de su Hijo Jesús. Si ella no cometió pecado, la muerte para ella fue una “dormición” como se lee en la  inscripción que hay sobre su sepulcro en Jerusalén. Como en la resurrección de la hija de Jairo, el Señor dice: “La niña no está muerta, está dormida” y la levantó resucitada por su poder.

Inmaculada en su concepción, siempre virgen en su maternidad, asociada a su Hijo en el triunfo sobre el pecado debía tener como culminación de sus privilegios el ser preservada de la corrupción del sepulcro y ser llevada por su Hijo a la plenitud de la gloria.

Figura apocalíptica de todo ese trayecto de victoria sobre el pecado, San Juan la presenta vestida del sol, la luna por pedestal y las doce  estrellas como corona”.

Toda esa grandeza de esta mujer única y privilegiada le vino por la aceptación humilde de la palabra de Dios, de esto da testimonio su prima Isabel al recibir la visita de María en la aldea de Ain-Karim, distante 100 kms. de Nazareth y a 7 kms. del occidente de Jerusalén. Normalmente este viaje se hacía en 4 jornadas y así ponderamos la penosa travesía para esta joven virgen y madre ya en ese contexto.

Su apostolado de evangelización que consiste en dar buenas noticias ella se apresura a comunicar a Isabel el fruto de su fe. Por eso su prima la elogia con esta hermosa respuesta a su visita: “Bendita entre las mujeres, bendito el fruto de tu vientre y dichosa tu por haber creído”.

Estamos cumpliendo la letra de su cántico de alabanza en el Magníficat.

La estamos felicitando hoy y lo seguirán haciendo todas las generaciones  por las obras que hizo el Señor, en especial de subirla en cuerpo y alma al trono de gloria de su Hijo. Si lo acompañó en el trajinar de su misión, si estuvo al pie de la cruz con gran fortaleza, necesariamente debía asociarla al triunfo definitivo de la victoria sobre el pecado y la muerte.

Las fiestas marianas no son solamente para gozarnos en sus motivos, sino para imitar sus virtudes y algún día poder ir a estar con ella en la gloria.

Si la fe entra por el oído, el afinar el nuestro para la escucha de la palabra es condición indispensable para llegar a tener experiencias de fe. Cuando tengamos esa fe que se traduce en el hombre nuevo de cada corazón, nos pondremos en camino y a prisa para comunicar al mundo a Jesucristo.

Si aún no nos movemos con tanta palabra escuchada es señal de que no hemos entendido las lecciones de María. Ojalá que algún día los que nos escuchan  puedan repetirnos la frase de Isabel: “Dichoso tú que has creído”.