La palabra de Dios, traducción del  “Verbo” es de ayer, de hoy y de siempre.

En este Domingo 24 del tiempo ordinario el mensaje adquiere una gran actualidad frente a tantas encuestas que se atraviesa por todos los contornos de la patria y de la ciudad. Podríamos dividir el Evangelio en dos partes: en la primera, Jesús al oír los pareceres de la gente y de sus discípulos se revela a sí mismo como el Mesías, pero siguiendo los anuncios del profeta Isaías, que lo presentaba como el Siervo sufriente de Yavéh.

En la segunda parte con una lógica excepcional nos da las características del verdadero cristiano, discípulo de Jesús.

Jesús al dirigirse a la ciudad de Cesaréa de Filipo, construida   en memoria del César romano, dominador del pueblo judío con sus templos paganos y con estilo de vida opuesto al ideal judío, les pregunta a sus discípulos sobre lo que piensa la gente de El. Es una pregunta inteligente y oportuna, dadas las circunstancias del deseo de liberación que todos anhelaban con la venida del Mesías.

Esperaban un político fuerte, con dominio capaz de sacudir la esclavitud material del pueblo; Jesús adivinó sus pensamientos y corrige de paso el parecer de sus discípulos. Según la idea que se tenga de Jesús, así mismo es la vida y lo que a veces no pensamos, es que las ideas las damos nosotros con la predicación y con la vida. Hoy si se le preguntara a la gente común y corriente nos darían más conceptos que los que oyó Jesús: “El Bautista, Elías o algún profeta”. La gente nos contestaría, pues según lo que Uds. predican tenemos una idea un poco distorsionada de Jesús.

Puede existir una idea triunfalista como la tenían los discípulos entre ellos Pedro: de un Mesías politiquero, que nos resuelva todo, que nos alimente a todos sin hacer nada y que esté de acuerdo con nosotros. Es peligroso y ya Juan lo advirtió: “Yo no soy el Mesías, yo soy una simple voz, no soy digno de desatar la correa de sus sandalias” Pedro se convierte en “Satanás” según el Evangelio de hoy, cuando le rechaza a Jesús el ir a Jerusalén a cumplir su misión de Siervo de Yavéh.

Jesús no niega que es el Mesías, pero el Enviado a liberar al hombre de todas sus esclavitudes de: vanidad, arrogancia, imagen  y vanagloria.

En la segunda parte con la gente reunida y sus discípulos asustados les aclara: “Si alguien quiere “, presupuesto de libertad y no de sumisión, venir conmigo que “renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga”. Mientras no renunciemos al ídolo del Yo, que repite el mito de Narciso, no podemos llamarnos sus discípulos. Hay que tomar la cruz de una mismo y no cargársela  a los demás, que sería lo más fácil, si estamos esperando que los demás se conviertan porque nosotros somos los santos.

No nos de miedo preguntarle a la gente cómo andamos nosotros, esa encuesta  es buena para corregir los defectos. De la imagen de nuestra vida depende la imagen que la gente se forme de Jesús. Terrible compromiso nuestro: Quién soy Yo?.

Ojo con tantos Mesías falsos en lo religioso y en lo político. La palabra de hoy es una “alerta amarilla” de credibilidad.