Por: Hugo Fernando Cabrera Ochoa

La semana pasada escribí una columna que titulé de la misma manera, “La delgada línea entre la vida y la muerte”, para hacer mención del sacrificio que médicos y profesionales de la salud en general, asumieron, tratando de salvar la vida de miles y miles de personas que han venido contagiándose del Covid 19 en esta terrible pandemia; así como el dolor de sus familias, las tristezas y lágrimas derramadas en medio de una de las calamidades más grandes que han azotado al mundo.

Pero ahora quiero orientar la mirada hacia el lado de la violencia que vuelve a tratar de apoderarse del país, una violencia descarnada que afecta con mayor rigor a la población menos favorecida; personas que en condiciones de vulnerabilidad se convierten en las principales víctimas de este espantoso flagelo que permanentemente viene robando vidas en todo el territorio nacional.

Esta semana tuve la oportunidad de ver una entrevista que María Jimena Duzán le hizo al padre Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, en la que habla acerca de la violencia que se vive hoy en Buenaventura, un puerto de vital importancia para la economía nacional.

En esta localidad se viven dos realidades, una relacionada con el puerto y el funcionamiento de este, con procesos de logística portuaria adecuados, vigilados y medianamente controlados por las autoridades competentes, pero con una cierta normalidad en términos generales, porque no es que todo sea color de rosa. Otra es la realidad de la población que habita esta municipalidad.

En esta zona como en muchas otras regiones del país, las BACRIM o bandas criminales han venido tomando significativa fuerza; con el paso del tiempo se han armado poderosamente y se han apoderado de la producción y comercialización de los diferentes estupefacientes que se producen en todo el territorio nacional. Esa es una realidad que no se puede ocultar.

La descomposición social, la extrema pobreza, los elevados niveles de miseria existentes, la falta de oportunidades para los jóvenes y la escasa presencia del estado, se han convertido de alguna manera en alimento para estas bandas, dado que es de la población más vulnerable que se nutren estas organizaciones delincuenciales, las cuales vienen creciendo poderosamente y que lamentablemente con su accionar criminal han venido atemorizando a los habitantes de diferentes zonas del país, llevando muerte y desolación, para abonarle a esta triste realidad nacional.

Lamentablemente estas zonas apartadas siempre son observadas con interés en épocas de elecciones e incluso son incluidas dentro de las propuestas de gobierno, pero ya en el poder son olvidadas, por ello es por lo que la guerrilla, el paramilitarismo, la delincuencia común, el narcotráfico y la corrupción, hacen de las de las suyas, llevándolas a condiciones deplorables.

Algo que me preocupa enormemente a mí, es el crecimiento enorme de los niveles de delincuencia que se están presentando, ya no en esas regiones apartadas, sino en las principales ciudades del país, en el que la ciudadanía como para variar es la víctima.