sábado, 22 de septiembre de 2018
Contexto/ Creado el: 2018-03-11 09:27 - Última actualización: 2018-03-11 09:41

La guerra desde ‘el otro lado’

Relato de una excombatiente que hizo parte del conflicto entre las FARC y el Estado Colombiano.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | marzo 11 de 2018

Cuando María Pérez, excombatiente de la Unidad Joaquín Gómez, fue enviada a la Unidad Jorge Briseño a dejar un correo para el ‘Mono Jojoy’,  en límites entre Putumayo y Caquetá, este le pidió que se presentara y en vista de que la indígena provenía de un cabildo, el jefe guerrillero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias  de Colombia – FARC comenzó a llamarle de cariño Casika Cagualta. Pronto fue su nombre oficial. 

Ingresó al Frente 48 del grupo ilegal con tan solo 13 años, luego de dos intentos fallidos, dado que para hacer parte de la fuerza armada la edad mínima eran 15 años; así que «yo dije que tenía 16, mentí, me fui porque lo único que quería era estudiar y no pude por la situación económica de mis padres».   

Niña adulta

Tiempo atrás, a riberas del río Putumayo, en la vereda Remolinos Santa Helena, su padre brindaba el  sustento a la familia por medio del cultivo de coca, plátano, maíz y cacería de animales. «Vendía la coca a mucha gente que bajaba de Puerto Asís». Pero las ganancias no eran suficientes y no podía comprar los útiles necesarios para el estudio de Casika Cagualta, así que ella desertó del colegio y comenzó a trabajar desde los 12 años de edad.

Fue cocinera para raspachines, «pero no me entregaban la plata directamente, así que no sabía ni cuánto estaba ganando». Posteriormente, consiguió empleo en una farmacia de un pueblo del Putumayo, donde era muy común que arribara la guerrilla.

«Yo les dije que me quería ir con ellos. Preguntaron mi edad y no me aceptaron. Meses después vino otro grupo, lo mismo. Y Así, hasta que un día, pensé: “No pues si sigo diciendo que tengo 13 años, no me llevarán nunca”. Lo primero que preguntaban era la edad y de dónde venía. Para lo primero mentí.  Me informaron que el siguiente domingo en la noche venían por mí».

No dio aviso alguno, solo empacó dos pantalones, blusas, ropa interior, desodorante y toallas higiénicas. Pasaron por caños, el río Putumayo en canoa y días después habiendo llegado al campamento, los guerrilleros comenzaron a capacitarla a ella y a otros compañeros sobre el accionar en los operativos, las causas de los mismos y el uso de armas.

Primeros momentos

«Me dieron un uniforme camuflado que era talla 40. El pantalón y camisa me quedaban grandes, debí hacerle cosas y ponérmelo, tocaba. Las botas número 35 se me salían cuando pisaba barro, porque tenía el pie muy pequeño».

«Los cuatro primeros meses me mandaron a hacer un camino de arriería que comunicaba al Putumayo con Caquetá. De hecho aún existe, porque es muy trinado».

La excombatiente, cuenta que sus padres la buscaron y la reclamaron ante el grupo insurgente, pero ella se negó a volver. «Llegué a un pueblo donde estaban mis padres y hermanos. Fue la última vez que vi a mi madre con vida. Les dije que no quería volver a la casa, se me metió eso en la cabeza y no me lo sacó nadie».

El encargado inmediato de Casika le ordenó irse, pero ella se escondió en el monte y no salió hasta que su familia se fue. «Después ellos se resignaron y no volvieron a buscarme».

“Debemos valorar lo recibido”

Al referirse a los castigos,  expresó que estos no eran llamados propiamente así, sino sanciones, indicando que en ocasiones la traída de leña o el cavar trincheras beneficiaba a todos. Por eso, la vez que fue ‘sancionada’ y debió cavar  70 metros de trinchera (cavar tierra), lo vio como algo muy merecido. Tenía un metro de hondo y 70 de largo. 

«Como tenía las manos llenas de callos y era muy fuerte, no lloré. Solo lo hice siendo consciente de que la había cagado».

Punto de quiebre

Para el tiempo de gobierno de Andrés Pastrana como presidente de Colombia, entre 1998 y 2002, se llevó a cabo un proceso de diálogos para la paz donde se le otorgó a las FARC un área denominada Zona de Distensión o Zona de Despeje en San Vicente del Caguán, en pro de acabar con el conflicto interno. En esta área se encontraba también Casika, pues la guerrilla estaba congregando diferentes grupos étnicos y Frentes, entre los que se encontraba un resguardo indígena vecino donde vivía su familia.

Su hermano envió una carta, que luego de pasar por muchas manos y permisos, pudo ser entregada.

«Estaba muy contenta, feliz, nunca antes recibí una carta de mi hermano. Leí que todos estaban bien: papá, mamá, los otros hermanos, excepto Norita. De una vez pensé que ella había ingresado, pues era muy apegada a mí. Pero cuando seguí leyendo me di cuenta que había fallecido hace muchos meses. No pude leer más y lo peor era que estaba el apogeo de los paramilitares en el Putumayo, no podíamos ni asomarnos por allá. Lo único que hice fue llorar».

En la carta también había un número de contacto, así que después de haber solicitado y aprobado  por parte de sus superiores que sí podía hacerlo, Casika se comunicó con su otra hermana.

«Ella le contó cómo había sido todo. Murió en una clínica en Pasto producto de un tumor cerebral; me dijo que cuando Norita iba a entrar al quirófano llevaba mi foto en su mano, eso fue muy duro».

El dolor aún está muy latente. A la excombatiente le costó trabajo revivir esos momentos. Pero para ese entonces, contrario a lo común en esos casos, tampoco sintió ganas de desertar sino que por el contrario, sus apetitos de seguir fueron más fuertes.

Continuar con la nociva  guerra

Los diálogos de paz no dieron resultados positivos y la decisión de Andrés Pastrana fue atacar sin piedad, dando continuidad a una guerra que por ese tiempo llevaba más de 30 años.

«Un día, a eso de las 11:00 p.m., nos despertaron a todos porque se iba a pronunciar el presidente para informar sobre si el despeje continuaba o no. Nunca olvidaré esa noche. Pastrana terminó de hablar y a los 15 minutos nos llovían bombas. Estábamos en El Meta y el cielo se iluminaba con las balas y aviones. Sobrevivimos por dos cosas: estaban atacando al campamento de al lado y nos metimos en las trincheras».

La Casika cuenta que su unidad marchaba hacia donde se encontraba Raúl Reyes,  Joaquín Gómez y Marulanda, máximos jefes del grupo ilegal.

«Siempre se escuchaba la aviación, metralletas. Huíamos día y noche».  Para el tiempo del gobierno de Uribe, la situación fue aún más complicada para las FARC, pues además de la fuerza pública, el paramilitarismo estuvo al paso de cada bloque y frente guerrillero.

En el marco de este contexto,  «se me ‘infló’ el estómago como si tuviera seis meses de embrazo y estuve en coma dos días. Mis camaradas no se dieron cuenta, pensaban que estaba durmiendo. Hasta que, según me cuentan, pegué un grito demoniaco y vomité algo verde. Había hecho mis necesidades fisiológicas ahí mismo y seguía inconsciente».

«Se dieron cuenta que podía morir ahí mismo, pero el médico no estaba. Además de eso, el Ejército Nacional del Gobierno estaba a escasos 5 kilómetros. Así que  me trasportaron en hamaca y como era de noche, autorizaron encender la linterna, pero se escuchaban muy cerca los aviones y debieron apagarlas. La travesía fue un caos.  La cirugía fue improvisada, desperté no sé cuánto tiempo después en otra parte de la selva. No podía caminar, comer, hablar, y en general, debía comenzar de cero».

‘Tiempos de Paz’

La Casika hace parte de los miles de excombatientes de las FARC que se integraron  a la vida civil, mediante el Acuerdo de Paz entre el Estado Colombiano y el grupo ilegal en mención. Tuvo la oportunidad de ver nuevamente a sus hermanos y padre, aunque estos no la reconocían, pues actualmente tiene 33 años de edad.

María Pérez* nombre cambiado a petición de la fuente.

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