DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

Luis Humberto Jaramillo llegó a Neiva hace casi 30 años. Desde entonces se dedica a despinchar llantas, con paciencia, servicio y honradez.

“Me desmonta esa llanta y también me despincha la de repuesto, está en el baúl. Pero, rápido porque estoy de afán”.

Es alguna de las órdenes que recibe a diario Luis Humberto Jaramillo, dueño de un montallantas en la carrera 52 con calle 16 en el oriente de Neiva, junto al conjunto Reserva de la Sierra, vía al barrio Las Palmas.

Es fácil encontrar el establecimiento porque a un costado, en la frontera con la avenida, hay una llanta gastada donde se lee Montallantas Jaramillo, sobre un fondo blanco y un vivo círculo amarillo.

El lugar de trabajo está en perfecta limpieza y orden. Las máquinas, el comprensor de aire, un armario que guarda las herramientas y dos sillas están en su lugar, listos para cumplir sus tareas. Todo está detrás de una reja, respetando el espacio público.

Y es que Luis Humberto, a quien es fácil distinguir como una persona correcta y humilde, se ha cuidado de no invadir el andén ni la calle. Cuando procede a despinchar una llanta de un vehículo estacionado en la vía, pone en la parte posterior dos enormes conos naranjas de advertencia y seguridad para prevenir a los demás conductores.

Inició como chofer

Pese al apellido, que hace suponer un origen paisa, nació en La Victoria, Nariño, en una familia de siete hijos. Los padres ya están fallecidos. Por necesidad económica familiar tuvo que dejar muy menor el colegio, solamente hizo primaria, “éramos un hogar muy pobre, entonces me puse a ayudar en la finca”, cuenta, con un asomo de pesar y nostalgia en la cara, donde se destaca un bigote negro.

Se dedicó en principio a las labores del campo, pero después, en busca de mejores horizontes, se desplazó a Orito, Putumayo, donde inició casi que una nueva vida. Se casó con María Ferreira con quien tuvieron dos hijos. Y se dedicó al oficio que lo reclamarían los siguientes años, los carros y las llantas.

Empezó a manejar toda clase de carros, buses, busetas, camiones. No le jaló a la mecánica automotriz porque no sabía ni hubo cómo estudiar y aprender.

Luego, la señora, que era de Neiva, le propuso movilizarse a esta ciudad en procura de más oportunidades. Llegó en 1993, hace casi 28 años, sin conocer nada de nada de la capital del Huila. Encontró un mundo nuevo y sin pensarlo muchas veces decidió equipar su propio montallantas.

“Nadie me enseñó a cambiar llantas. Ni a desmontarlas. Ni a despinchar. Sabía lo que había visto y por las faenas propias que me tocó hacer cuando era chofer de carros”, explica, expresándose con tranquilidad, sin gesticular ni atropellar las palabras, a la vez que comienza a aflojar con la cruceta las tuercas de la rueda dañada.

La familia se instaló a vivir en Las Palmas, que entonces era un barrio en formación y populoso, que recibía a los foráneos. Y compró la maquinaria, lo necesario para montar el taller, en Metálicos Asociados. Lo ubicó en Las Mercedes, junto a una sede de Cootranshuila, una especie de ‘terminalito’ con amplio movimiento vehicular.

“Después, un tiempo, me fui a manejar un camión, que compré con la venta del taller. Pero me fue mal y volví a comprar la herramienta. Mi situé frente al aeropuerto, también al lado de Cootranshuila y otras empresas que tenían carros”, afirma, mientras mete el gato debajo del carro para levantarlo.

Pero tampoco duró mucho. El local de encomiendas de Cootranshuila fue vendido a la Iglesia Filadelfia, entonces, Humberto y todos los del gremio se marcharon de la zona. Se trasladó al lado de Cootransneiva, en la avenida Alberto Galindo.

“Malito resultó el trabajo y la experiencia. Entonces decidí venirme para acá, donde estoy hace como cinco años. Me ha ido bien, he conseguido clientela, y quienes me distinguen vienen a buscarme”, manifiesta, y se apresura a retirar la llanta para revisarla en una poceta de agua.

Le gusta el trabajo, aunque tiene días difíciles, porque le da independencia, aunque las jornadas casi que van de lunes a domingo, “los carros se pinchan todos los días, no escogen fecha ni hora”.

Y señala que la cualidad y técnica para ser un buen remontador de llantas es conocer la labor y le guste, la atención al público, el buen servicio, la honradez y buscar clientela.

Y destaca que ha lidiado con toda clase de ruedas, carros y desafíos, pero nunca ha sufrido un accidente, “gracias a Dios bendito, que no me ha desamparado”, vuelve y repite, como buen católico y creyente, que dice ser.

Trabajador de vida

Luis Humberto no tiene demasiadas ambiciones. Tiene un hijo, mecánico Diesel, Óscar, y señala el nombre que se lee en el overol naranja que trae puesto, y que le heredó de un antiguo empleo en una petrolera.

Ha sido un largo trayecto de vida batallando con el repuesto de llantas, con métodos casi que artesanales, a mano limpia, palancas y mazos, hasta los días de hoy, con herramientas y equipos que alivian y aceleran notablemente el oficio.

Su montallantas “Jaramillo” lo ha equipado con los instrumentos adecuados para cambiar todo tipo de llantas.