Por: Gerardo Aldana García

Sur del Huila, unido a la Tierra de Promisión cantada por José Eustasio, valle de ancestro Yalcón que en los albores del siglo XVI fue testigo de la colosal mujer, que el territorio pariera para engendrar un arquetipo de inimaginables significados  en la identidad de la raza, del pueblo del Huila: Huatipán, se llamaba, y su opresor español la llamó Gaitana; y probó entonces el avasallador intruso, el ajenjo de la reciedumbre,  liderazgo y tesón de esta prócer de la libertad, como principios inalienables del nativo de la tierra que pisa y de la cual es hijo, sobre las flores que engendra con su sudor y del fuego que atiza en su pecho cuando enfrenta los más incisivos ataques contra su identidad.

En este sur huilense lleno de luz, con aguas abundantes y cristalinas del gran Huacacallo, bautizado por el vencedor como Río Magdalena, tenía Gaitana su feraz emporio. Hecha de tonos trigueños regalados por el sol y el negro de la ubérrima labranza, sintió una daga en el corazón cuando el brutal Añazco, oscureció su vida al alumbrar fuego sobre su hijo Timanco.  Junto a su ímpetu de madre despojada, irguió su linaje de líder guerrera, entonces la montaña y sus valles, desde San Agustín hasta Timaná, se estremecieron al paso de 12.000 guerreros indígenas investidos de valor que acometieron sin éxito el polvorín de solo 90 soldados de la fratricida España.

Don Pedro de Añazco, cuya memoria maldijeron Yalcones, Piramas, Guanacas, Paéces y hasta Pijaos, entregó su alma en cada pedazo del cuerpo que Gaitana fue tasando entre los pueblos de su indígena estirpe. Y luego, abatida en huestes, mas no vencida en espíritu, sumó 15.000 nuevos hombres que bajo el vigor del gran guerrero Pigoanza e inspirados en su grito de libertad, surcaron llanos, ríos y montañas para expulsar al fatuo convidado de la muerte que no cedía en su empeño invasor.  Más la traición venida de su propio pueblo, ahora de Don Rodrigo, luego del cacique Inando, cernió sobre su poderoso ejército, la nube de pólvora de los mismos 90 españoles, que dieron cuenta de su nueva derrota.

Hay mucha gloria en la memoria de la hija del sol del sur. Si acaso por haber nacido indígena y mujer, creyeron sus victimarios que sería brizna fácil de romper, equivocados estuvieron y con su crimen, asistieron a la resurrección de una mujer diosa, si, encarnada en el imaginario de generaciones que se saben libres y se reconocen auténticas, como los cabellos brillantes de la grácil mujer que en tardes se miraba en Pericongo, explorando los arreboles sobre el río padre cuando se perdían hacia el apacible valle. Tierra de Gaitana, suelo de hombres fertilizados por la simiente de la fémina guerrera, de la indígena madre, del espíritu de la Natura que se baña en el gran Huacacallo. No has muerto, Gaitana, muy al contrario, te paseas con tu rictus de dignidad y altivez para izar en cada paisano, su propio ritmo de independencia.  Por ti, las mujeres llevan el signo del poder y la decisión de vencer.

Hay llanto de quenas y silencios de aves, cuando mirando el peñasco de Pericongo, te ven caer despacio, desnuda y esbelta, con cicatrices en tu alma; mas no besas las piedras del húmedo lecho, sino que suspendida, te levantas con cada canto de tus hijos de ayer, de hoy y mañana, que, en vibrante himno, elevan tu predicado de auto reconocimiento y autodeterminación, hasta los confines del plantea, del universo.