Diario del Huila

La infidelidad presente en la narrativa Parte I

Sep 20, 2021

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La infidelidad es un acto humano, privilegio y dolor de humanos. Anida en la identidad cultural de los pueblos y estalla en el sentir de mujeres y hombres que padecen el asalto de una tercera persona que irrumpe en la armonía de la relación establecida. La literatura está llena de episodios de infidelidad capaces de estimular estados de ira, repulsión, pasión, arrepentimiento, felicidad, etc. Hoy quiero compartirles la primera parte de un relato en formato de cuento, autoría del suscrito, con lo cual busco oxigenar la lectura que regularmente está llena de cifras o enfoques de corrupción, economía y competitividad. El cuento se llama: La esperé hasta la media noche.

Rosa se esmeraba por servir en la casa de los Vargas; en medio del frío capitalino, madrugaba de costumbre a las 5:00 a.m. y preparaba el desayuno para sus cuatro sobrinos. Carmen deseaba un empleo para su hermana; mientras tanto, allí tenía techo y compañía, eran una sola familia, sostenida por Camilo que diariamente cumplía la rutina de empleado de banco en la ciudad de Bogotá. Para él, tener a su cuñada en casa significaba una boca más para sostener, pero a la vez era la forma de suplir la necesidad de la empleada doméstica, al tiempo que le daba cierta tranquilidad atender la solicitud de su esposa de acoger a aquella joven mujer que no tenía a donde ir.

En medio del cariño y también de las penurias económicas, la paz y la concordia reinaban en el hogar del esforzado Camilo; atendía con tanto juicio sus deberes que incluso compraban ropa y uno que otro cosmético para su cuñada Rosa. Ya habían pasado cuatro años desde que Rosa se integró al hogar de los Vargas. Había dejado el seno materno a la edad de 16 años. Se vio crecer junto a otros primos y amigos con quienes compartía el vecindario de la villa calurosa de Neiva.

Fue un domingo, después de asistir a la santa misa, que Carmen urgió a su hermana para que le explicara el mayor tamaño que venía adquiriendo su abdomen: ¿Quiero que me digas la verdad y nada más que la verdad, puesto que desde hace dos semanas he visto cómo los vestidos te quedan más apretados, es que acaso estás embarazada? Rosa irrumpió a llorar, sintió que sus días estaban contados en la casa de su hermana, que confesar la vida que crecía dentro de ella, traería su ira y la de su cuñado; pero Carmen era la única persona en quien podía confiar. Ay, Carmencita, esto es muy duro, pero creo que si no te digo va a ser peor; la verdad es que estoy esperando un hijo. Esta fue una noticia que aun que daba vueltas en la mente de Carmen, no esperaba escuchar. Lo que primero pensó fue qué diría su esposo; una mujer embarazada en casa, más gastos.

Rosa le contó que el bebé que acunaba en su vientre era fruto de un amor pasajero, con un joven de quien se había enamorado bajo el manto de la clandestinidad y que justo cuando ella le había entregado la prueba de su amor, él se había marchado dejándole el corazón partido. Del bebé se enteró realmente cuando su siguiente menstruación se negó a visitarla, entonces, una simple prueba de aquellas que vendían en la droguería, le confirmó sus sospechas llenándola de profundo desconcierto.

A partir de ese momento, Carmen buscaba con ansiedad y miedo el momento más adecuado para contárselo a Camilo; a veces, mientras compartían el lecho, ella quería decírselo de una sola vez, en otras, mientras salían al parque a acompañar a sus hijos deseosos de correr y columpiarse. Más no se animaba, temía que su hombre echara a la calle a la joven madre; esa sola idea la aterrorizaba. Sucedió aquel sábado, como a los diez días después de su descubrimiento, que se animó a contarle, lo hizo dentro del templo del barrio, justo cuando Camilo retomaba su puesto junto a ella, después de haber cumplido con el sacramento de la confesión. Le dijo: Ya no puedo más con esto que me guardo dentro, debes saber que Rosa está embarazada. El volteó a mirarla con un rostro marcado por el asombro y desteñido por inusitada palidez que solo pueden dibujar las malas noticias; la observó por algunos segundos, fijando sus ojos en los de su mujer, finalmente dijo: salgamos ya de la iglesia. Sus pasos eran rápidos, un ritmo poco usual para esta pareja reconocida en el barrio como ejemplo de buenos ciudadanos, esposos ejemplares y padres esmerados. No hubo palabras, el corazón de ella casi reventaba como si el silencio de aquel hombre le preparara sus entrañas para luego destrozarlas como venganza por la mácula que había sembrado su hermana en su casto hogar. El recorrido terminó y la pesada puerta tallada en cedro negro se abrió con brusquedad.  Con voz alterada y recia, se hizo sentir; sin embargo, no lució grosero: Rosa, ven para acá. La joven mujer acudió rápida como el chicuelo que ocultando su picardía llega solícito junto al padre cuyos ojos lo ven todo. Qué es eso que me ha dicho Carmen; es cierto que estás embarazada”. Las dos mujeres se miraron; estaban solo los tres, los niños jugueteaban en la calle, entonces, Rosa dejó que las lágrimas corrieran por su rostro mientras su voz entrecortada dejó escapar el indefenso asentimiento: Si, así es. Y quién es el papá, dijo exaltado Camilo. Él no está, se fue y nunca más supe de él.

Esa noche y las siguientes y los días durante la semana después de la noticia, estuvieron matizados por el silencio que reinó en los momentos regularmente dedicados al diálogo familiar; sin embargo, poco a poco la idea de un primito se afianzó en la mente de los niños de la casa y al cabo de dos meses todos anhelaban su llegada. Fue en febrero 15 de 1956, cuando el grito de vida irrumpió en la habitación de la joven primeriza; una niña, blanca como su madre, de cabellos dorados, alegró el hogar de los Vargas que hacía ya 8 años no era bendecido por un ángel.

La vida de los Vargas transcurría tranquila, aunque con limitaciones económicas; en todo caso, nunca faltaba el alimento, el techo y por supuesto, había afecto para todos. Isabelita, contaba ya con 3 años de edad y se había convertido en el ser más querido y cuidado por todos en casa.  Rosa por su parte, estaba siempre presta a atender a sus sobrinos y mantenía una relación afectuosa con su hermana. A Camilo lo trataba como el jefe del hogar, lo respetaba y se ceñía a sus determinaciones. De vez en cuando, salía a dar algún paseo por el barrio; incluso, se integró a un grupo de amigas con quienes iban al cine o a disfrutar de alguna Aguaelulo, como le llamaban a aquellas fiestas en tardes de domingos en donde había música y no se bebía cosa diferente a jugo de frutas naturales. Por supuesto que también conoció a algunos jóvenes, de hecho, se le vio intimar con alguno de ellos.

Pero la dicha de aquel hogar se vio nuevamente trastornada; Rosa, la tía más querida por todos asombraba por segunda vez a su hermana, a sus sobrinos y a su cuñado, con un abdomen que crecía más allá de su lozana delgadez. Esto es el colmo Rosa, le dijo Carmen, ahora sí que te vas a tener que ir de aquí; como es que has sido tan desagradecida conmigo y con Camilo; otro niño y por supuesto, sin papá o ¿qué me dirás que hay un hombre que ahora sí te sacará a vivir? La respuesta fue simple y sin rodeos, mientras se tomaba el abdomen que ya cruzaba el feraz horizonte de los tres meses de preñez: Si, Carmen, no lo puedo ocultar más, estoy esperando un hijo, pero su padre ha prometido venir dentro de 15 días para hacerse cargo de mí y de mi niña. Tú no lo conoces, pero es una buena persona.

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