Por: Gerardo Aldana García

Un músico en el funeral, otro en el matrimonio, uno más en el himno de fe, otros sonando en el campo de guerra y muchos más en el concierto por la paz. Un músico para declarar el amor. Qué tal el piano que guía la armonía en el baile, o dos guitarras que endulzan un café en la tarde. Un requinto sumado al canto del gallo en el despertar campesino. Una composición que en melodía regala el perdón al hombre infiel y un clarinete hablando de una Colombia querida.  Ritmo de percusión amenazando quebrar las danzantes caderas en compases que nutren la identidad raizal.

Todo esto es capaz de hacerlo un músico, si, con su instrumento, incluso si éste es solamente su voz. Cuando la desesperanza galopa por el mundo del hombre desconcertado, en medio del sistema que lo abruma, la música suena en su conciencia, entonces hay un nuevo despertar, uno que desdeña la rutina y respira la adrenalina liberadora. Por eso, que no se callen las tamboras, pues llorará el Mapalé, huérfano de su acelerada cadencia. Déjame seguirte, oh músico con tu predicado de notas, escritas en medio del caos y de la esperanza de la sociedad que no desiste de tu encanto y en tú pentagrama ininteligible, viaja confiada hacia el mundo del compás, de la poesía cantada, de las cuerdas que en cada frotar, estallan los secretos del beso, de la caricia guardada. Hasta en el final del colosal Titanic, cual vaticinio de muerte, un violín se escucha, invocando el espíritu que salva.  Un músico para los niños que vuelan entre flautas encantadas y otro para los ancianos que reviven en los cantos del pasado.

Por el gran significado del arte del músico, resulta imposible siquiera pensar en una vida sin ellos; esto sería como quitarle el alma a la sociedad. Viene a mi memoria el parafraseo que el gran Facundo Cabral hace de Tagore, diciendo: Cuando el hombre trabaja, Dios lo respeta; más cuando el hombre canta, Dios lo ama. Mi reconocimiento, admiración y deuda eterna e impagable, a todos los músicos del Huila y de la tierra entera, en cada pueblo, en cada rincón desde donde compone o bucea tras el nuevo arreglo, ensaya su melodía o afina su instrumento, mientras templa su voluntad para salir sonriendo a quienes siempre esperan su lenguaje de notas en armonía para alegrar su existencia, o para ser llevado a su mundo interior en donde anidan las imágenes que solo un bolero, una balada, una sinfonía… qué se yo, le dejan ser visibles.