Los partidos políticos son una pieza imprescindible en los Estados democráticos y también lo es el principio de libertad que debe definir su posición y su régimen jurídico-constitucional.

Libertad para crear un partido, para decidir sus fines y su orientación ideológica, para acordar cómo organizarlo y qué líneas de actuación seguir.

Esta libertad no es obviamente absoluta, porque debe compatibilizarse con otros principios y obligaciones que también definen el estatus constitucional de un partido, pero, sin duda, la limitación más relevante que puede sufrir dicha libertad se da en aquellos países europeos en los que es posible prohibir un partido político.

El Art. 21 de la Ley Fundamental de Alemania, dedicado a los partidos políticos, establece en su apartado II que:

“Son inconstitucionales los partidos que, por sus fines o por la conducta de sus seguidores, persigan menoscabar o eliminar el orden fundamental democrático libre o poner en peligro la existencia de la República Federal de Alemania”, y añade que “corresponde al Tribunal Constitucional declarar dicha inconstitucionalidad”.

Como podemos observar, existen unos fundamentos básicos fundamentales, que nos orientan a entender cuando no es jurídica y políticamente viable, es decir, imposible la existencia de un partido político en Alemania por razones constitucionales, es normal entenderlo en un pais que llamamos serio, en democracia.

Esa libertad de organizar un partido político obviamente no es absoluta; ya que debe ser compatible con otros principios y obligaciones que definen ese estatus constitucional, pero la más relevante de todas es, que no persigan menoscabar o eliminar el orden fundamental democrático libre, o poner en peligro la existencia de la República Federal de Alemania, y añade que “corresponde al Tribunal Constitucional declarar dicha inconstitucionalidad”.

Contrario a lo que vivimos en Colombia, y ante la autorización de cuanto movimiento y partido aparece como por arte de magia, unos de garaje y otros por resurrección, y más aún, con la liviandad y el libertinaje institucional de los organismos diseñados para la autorización de estos, otro deporte nacional, no sería posible llevar a cabo exigencias institucionales como es el caso de Alemania.

Hay partidos existentes, que a diario colocan en peligro la existencia de nuestra república; sus integrantes, generalmente desde sus directivos asumen conductas hasta destructivas de la institucionalidad; no se conciben límites a la libertad de crear partidos; todos ellos obedecen a un interés particular, electorero por demás; en cada elección aparece un realinderamiento de intereses mezquinos, que se ven reflejados en nuevos partidos.

Ojalá seamos libres para consolidar los que tenemos y, libertad también de crearlos, pero con la limitación de la responsabilidad, que implica la bandera al derecho y no al revés.