martes, 12 de noviembre de 2019
Especiales/ Creado el: 2019-07-20 09:08

La revolución del 20 de julio o el grito de Independencia

El viernes 20 de julio de 1810, día de mercado en Bogotá, se produjo una revolución en el Virreinato de la Nueva Granada pero si fuera una Declaración de Independencia paradójicamente no era de España sino de Francia. La constitución vigente era la Carta de Bayona de 1808, también primera de Colombia. El Rey de las Españas y de las Indias era entonces José Bonaparte (Carlos IV y Fernando VII habían abdicado a favor de Napoleón). La dinámica de los acontecimientos condujo a los americanos a la separación de España.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | julio 20 de 2019

Por: JAIME HORTA DÍAZ

La revolución se planeó la noche anterior en las habitaciones del sabio Francisco José de Caldas en el Observatorio Astronómico, en reunión presidida por Camilo Torres. Técnicamente fue un golpe de estado. El pretexto, ciertamente, fue el incidente del Florero de Llorente, a propósito del homenaje al enviado de la metrópoli Antonio Villavicencio, representante de los rebeldes españoles contra Napoleón y no propiamente de la monarquía.

El hecho es que ante la ausencia de Fernando VII se establecieron las juntas supremas de Gobierno, tanto en España como en América. La primera en Sevilla y luego en Cádiz, la ciudad más politizada, sede de las cortes. En América, al principio leales a los monarcas españoles, incubaron el fermento de la autonomía.

El primer movimiento rebelde se dio en Quito en agosto de 1809 y fue rápida y violentamente sofocado por las autoridades. La revolución del 20 de julio en Santafé encontró en la cárcel y liberó al cura Andrés Rosillo, encarceló al virrey Antonio Amar y Borbón, a su esposa Francisca Villanova y a otros personajes odiosos del régimen, como los jueces de la Real Audiencia, pero reconoció a Fernando VII, confinado en Francia desde 1808, a condición de que viniera a gobernar “entre nosotros”.

En aquellos tiempos, un caraqueño impulsivo de nombre Simón Bolívar acaba de regodearse con la aristocracia europea y buscaba apoyo para liberar a su Nación... José Antonio Páez, huyendo del homicidio de un asaltante, se desempeñaba como peón de un hato ganadero en los llanos del Rio Apure... Francisco de Paula Santander se acaba de recibir como abogado... José de San Martín combatía a los franceses al lado de los españoles y se aprestaba para liderar la emancipación de Argentina y Chile.

España parecía una comedia de equivocaciones, si no fuera porque la protagonizaban la casa real y se jugaba el futuro del imperio: el rey Carlos IV, pusilánime; el hijo y futuro rey, mediocre y ambicioso; la reina María Luisa entregada a Manuel Godoy, el poder detrás del trono. Godoy, corrompido y odiado, hizo una carrera meteórica al llegar a la corte como soldado raso de la guardia real en 1787 y ascender a general y Príncipe de la paz, según Charles Esdaile,[1], historiador de la estirpe del Conde de Toreno.

Las cosas se precipitaron cuando el Príncipe de Asturias depuso al Rey Carlos IV en Aranjuez y asumió como Fernando VII el 19 de marzo de 1808. Godoy fue degradado y detenido. Al regresar a Madrid, el 24 de marzo, el nuevo rey fue aclamado en las calles pero no bien recibido por el ejército francés que había ocupado España a cuento de someter a Portugal.

Entre tanto, Carlos IV decidió recuperar el trono pero Napoleón Bonaparte citó a Carlos IV con la reina María Luisa y Fernando VII a conferencia en Bayona, Francia. Como dijo un historiador, “las primeras partes en este drama, seguidas de sus respectivas comparsas, llegaron unas en pos de otras al lugar de la cita imperial”[2]. Los dos reyes abdicaron a favor de Bonaparte.

Fernando, que inicialmente se opuso, accedió “a cambio de pensiones generosas y garantías de respetar la integridad territorial y religiosa de España”[3] pero había avisado al Consejo de Regencia y estalló en Madrid la rebelión del 2 de mayo contra los franceses. Carlos fue confinado en el castillo de Compiegne y Fernando en Valencay, del príncipe de Talleyrand. El 5 de mayo de 1808 Napoleón designó rey a su hermano mayor José Bonaparte, conocido como José I “Pepe botellas”, exrey de Nápoles (1806-1808). Empezaron a surgir entonces las juntas supremas en España y en América.

En Bayona, la junta de notables reunida a raíz del motín de Aranjuez presenció la caída de los Borbones. José I convocó otra asamblea de notables españoles y americanos para elaborar una Constitución para España y las Indias Occidentales. Entre los americanos estaba el granadino Francisco Antonio Zea, el más desconocido y denigrado de los próceres de la independencia, caracterizado afrancesado.

La Constitución o Carta de Bayona, la primera de América, otorgada por el Rey José I el 6 de julio de 1808, reconocía en principio mayor autonomía a las provincias americanas pero en realidad no tuvo mayor eco (afrancesados era una descalificación a las ideas preconizadas por la Revolución Francesa porque en 1823 otro francés, el Rey Luis XVIII, volvió a ocupar a España con los cien mil hijos de San Luis para restituir en el poder a Fernando VII, reducido por los liberales, pero entonces fueron bienvenidos).

El Acta de la Revolución

La escena del Florero es prefabricada, como se acepta entre académicos. Había que buscar un pretexto y don José González Llorente, comerciante de mal carácter y desapacible con los criollos, o sea los hijos de españoles nacidos en América, o “manchados”, era el más indicado para el programado espectáculo. Los indios y negros ni siquiera contaban.

Protagonistas de primera línea fueron los hermanos Francisco y Antonio Morales, José Acevedo y Gómez, el agitador José María Carbonell, el jefe militar realista Juan Sámano de futura y lamentable figuración, el jefe de la guardia del Virrey Antonio Baraya -convertido a los patriotas- y otras personalidades que asumirían la conducción del país. Entre los muchachos curiosos de esos acontecimientos de Santafé de Bogotá se encontraban dos futuros generales de la Independencia: Francisco de Paula Santander, de Cúcuta, y Rafael Urdaneta, de Maracaibo, abogados recién salidos del Colegio de San Bartolomé.

Vienen los puñetazos, la confusión, el discurso incendiario de José Acevedo y Gómez (“si perdéis estos momentos de efervescencia mañana seréis tratados como insurgentes”) y como era previsible –los eternos infiltrados en las marchas pacíficas- los grupos minoritarios de independentistas contra los chapetones (españoles).

Se impone el cabildo abierto y la elección de una junta suprema, al estilo de las constituidas en España. La imprevisión llevó a proponer para presidente de la junta al virrey Antonio Joseph Theodoro Miguel Benito Christobal Amar y Borbón. Como no acepta se lo reduce a prisión con la virreina doña Francisca Villanova y el odioso juez de la Real Audiencia Juan Hernández de Alba, torturador de estudiantes, entre otros, en medio de los vivas al rey Fernando VII. Se cumple una vez más el axioma de la guerra: todo el mundo sabe cómo comienza pero nadie sabe cómo termina.

En realidad la Junta no se propuso la separación de España y al final de la jornada se firmó un Acta de la Revolución:

“En la ciudad de Santafé, a veinte de julio de mil ochocientos diez, y hora de las seis de la tarde, se juntaron los S. S. del M.I.C. 1810 en calidad de extraordinario, en virtud de haberse juntado el pueblo en la plaza pública y proclamado por su Diputado el señor Regidor José Acevedo y Gómez para que le propusiese los vocales en quienes el mismo pueblo iba a depositar el Supremo Gobierno del Reyno; y habiendo hecho presente dicho señor Regidor que era necesario contar con la autoridad del actual Jefe, el Excelentísimo señor don Antonio Amar, se mandó una diputación compuesta del señor Contador de la Real Casa de Moneda, don Manuel de Pombo, el doctor don Miguel de Pombo y don Luis Rubio, vecinos, a dicho señor Excelentísimo, haciéndole presentes las solicitudes justas y arregladas de este pueblo , y pidiéndole para su seguridad y por las ocurrencias del día de hoy pusiese a disposición de este Cuerpo las armas, mandando por lo pronto una Compañía para resguardo de las casas capitulares, comandadas por el Capitán Don Antonio Baraya. Impuesto su Excelencia de las solicitudes del pueblo, se prestó con la mayor franqueza a ellas”.
Se constituyó la Junta Suprema y se pidió expresamente que se deposite en ella “el Gobierno Supremo de este Reino interinamente, mientras la misma Junta forma la Constitución que afiance la felicidad pública, contando con las nobles provincias, a las que en el instante se les pedirán sus Diputados, firmando este cuerpo el reglamento para las elecciones en dichas Provincias, y tanto éste como la Constitución de gobierno deberán formarse sobre las bases de libertad e independencia respectiva de ellas, ligadas únicamente por un sistema federativo, cuya representación deberá residir en esta capital, para que vele por la seguridad de la Nueva Granada, que protesta no abdicar los derechos imprescindibles de la soberanía del pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca Don Fernando VII, siempre que venga a reinar entre nosotros, quedando por ahora sujeto este nuevo Gobierno a la Superior Junta de Regencia, ínterin exista en la Península y sobre la Constitución …”.

La deliciosa aunque farragosa crónica del padre del periodismo colombiano don Manuel del Socorro Rodríguez en el periódico La Constitución Feliz, digno título de la estirpe de su redactor, impreso el 17 de agosto de 1810 en medio de los acontecimientos, es ilustrativa de esos históricos momentos.

Sucedió a Rodríguez como relator de la Junta Suprema el sabio Caldas y dejó en el Diario Político No. 2 su percepción de esos históricos hechos y de la participación de una valiente mujer identificada después como Bárbara Forero, de Zipaquirá:

“Una mujer cuyo nombre ignoramos y sentimos no inmortalizar en este diario, reunió a muchas de su sexo, y a su presencia tomó de la mano a su hijo y dijo: “Ve a morir con los hombres; nosotras las mujeres (volviéndose a las que la rodeaban) marcharemos delante: presentemos nuestros pechos al cañón; que la metralla descargue sobre nosotras, y los hombres que nos siguen, y a quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre nuestros cadáveres, que se apoderen de la artillería y libren la patria”[4].

Muchos de esos patriotas terminarían su vida en el cadalso. Entre aquellos revoltosos de Bogotá, Carbonell, el inolvidable agitador del 20 de julio, recibiría las peores vejaciones: ahorcado, fusilado y quemado por los pacificadores.

Declaración de independencia

El germen de la Independencia estaba latente y era la consecuencia de grandes acontecimientos que iban a confluir en algún momento: la independencia de Estados Unidos de Gran Bretaña en 1776, la rebelión de los Comuneros de 1781, la revolución francesa y la proclamación de los Derechos del Hombre en 1789 y, para completar, la invasión de Napoleón, la detención de la familia real en Francia y la imposición como Rey de España de José Bonaparte (“Pepe Botellas”).

Las provincias americanas vacilaron entre los afrancesados y la fidelidad a las instituciones españolas. Primero siguieron a la junta suprema de Sevilla –luego la constitucionalista de Cádiz- para unirse al grito de independencia de la metrópoli contra Francia y finalmente contra España. La sustitución del Borbón inepto por el invasor Bonaparte rompió el vínculo de España con las provincias americanas.

La verdadera Declaración de independencia de España –descontada la edición extraordinaria del periódico La Bagatela del 11 de septiembre de 1812 y su famosa sección Noticias Muy Gordas- se produjo el 29 de julio de 1813 durante el gobierno del presidente de Cundinamarca, Antonio Nariño: “D. Antonio Nariño, Teniente General y Presidente del Estado de Cundinamarca, hago saber a todos los vecinos estantes y habitantes en esta ciudad, y en toda la comprensión del Estado, que en diez y seis del corriente he sancionado y decretado el Serenísimo Colegio Electoral y revisor la siguiente declaración de independencia:

“Nos, los representantes del pueblo de Cundinamarca, legitima y legalmente congregados para tratar y resolver lo concerniente a su felicidad, habiendo tomado en consideración el importante punto de si era ya llegado el caso de proclamar solemnemente nuestra absoluta y entera independencia de la corona y gobierno de España, por la emancipación en que naturalmente hemos quedado después de los acontecimientos y disolución de la Península y gobierno de que dependíamos... y finalmente la necesidad en que no ponía de deliberar y tomar un partido activo la aproximación de tropas mandadas por el gobierno de España y a nombre de un rey que en el dilatado tiempo de cinco años no se sabe haya hecho el menor esfuerzo para salvar la España de los males que la abruman, y mucho menos para librar la América de correr igual suerte, hemos decretado:

“Que en atención a que por haber los Reyes de España desamparado la nación pasándose a un país extranjero; a la abdicación que sucesivamente hicieron de la corona renunciando el padre en el hijo, este luego en el padre y ambos en Napoleón Bonaparte; a la ocupación por las tropas francesas de la mayor parte de la península, en donde ya tienen un rey de la misma nación…

“.. declaramos y publicamos solemnemente, en nombre del pueblo, en presencia del Supremo Ser, y bajo los auspicios de la Inmaculada Concepción de María Santísima, patrona nuestra, que de hoy en adelante, Cundinamarca es un Estado libre e Independiente, que queda separado para siempre de la corona y gobierno de España y de toda otra autoridad que no emane inmediatamente del pueblo o de sus representantes; que toda unión política de dependencia con la Metrópoli está rota enteramente; y que como Estado libre e independiente tiene plena autoridad de hacer la guerra, concluir la paz, contraer alianzas, establecer el comercio y hacer todos los otros actos que pueden y tienen derecho de hacer los Estados independientes. Y llenos de la más firme confianza en el Supremo Juez que conoce la rectitud y justicia de nuestros procedimientos, nos obligamos al sostenimiento de esta declaratoria con nuestras vidas, nuestros bienes y nuestro honor, que después del solemne juramento que prestamos nos es lo más sagrado sobre la tierra”.

José I reinó en España hasta 1813. Derrotadas las tropas francesas volvió a Francia. Santander lo encontró en Nueva York y para su sorpresa le dijo que España era un país fácil de gobernar. Fernando VII (1784-1833), tan mencionado pero tan desconocido en la historia de Colombia, era un personaje bastante aburrido. Hijo de Carlos IV y de María Luisa de Parma, odiaba a la madre por su relación con Manuel Godoy, “el Príncipe de la Paz”, y conspiraba contra su padre.

Fernando estuvo recluido en el Castillo de Valençay, en el centro de Francia (1808 a 1814) “dando muestras de servil sumisión a los Bonaparte”[5]. Regresó a España, derogó la Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812, retornó al absolutismo y ordenó la sangrienta reconquista de América con 12.254 expedicionarios.

La rebelión del coronel Rafael del Riego en 1820 frustró el envío de nuevas tropas a América. Una nueva invasión promovida por la llamada Santa Alianza, con Luis XVIII de Francia y el Zar de Rusia -los llamados Cien Mil Hijos de San Luis-, derrotó a los liberales y consolidó a Fernando como rey absoluto (1823). Del Riego fue ahorcado y descuartizado. Empezó la «Década Ominosa» (1823-33).

Finalmente, Fernando cambió el orden de sucesión para hacer reina a su hija Isabel y burlar el derecho de su hermano Carlos, lo que originó las “guerras carlistas”. Enfermo de gravedad (1832), su cuarta esposa y sobrina María Cristina de Nápoles, regente del reino, facilitó el viraje hacia el liberalismo... Ese era el amadísimo rey que vivaban en el Nuevo Mundo.