Por: José Félix Laufaurie Rivera

En este tiempo de reflexión cabe recordar el mensaje de Jesús sobre la pérdida de valores esenciales: «Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué será salada?” Por eso les advierte a sus discípulos que son “la sal de la tierra” y que, si dejan de serlo, esa sal no sirve y “será echada fuera y pisoteada”.

Los jueces deben ser “sal de la tierra”, pero la reciente encuesta estableció que el 69% del país cree poco en la justicia, algo cree el 24% y solo un 6% cree mucho, dentro del cual estarán los jueces y el sistema en que los demás no creemos.

La impunidad, superior al 90% antes del Acuerdo fariano, hoy anda por el 95%, no solo porque los principales criminales no recibieron castigo, sino porque dejaron sembrado el país de criminalidad -de coca, que es lo mismo-, mientras la justicia no sale del lodazal de corrupción y politización en que se encuentra.

Es un sistema que no funciona, y que los mismos jueces y los políticos no dejan reformar porque es el caldo de cultivo donde abusan del poder de juzgar y castigar -o dejar de hacerlo- entran y salen por puertas giratorias, se enriquecen y burlan la justicia que deberían impartir.

No generalizo, porque he sido víctima de generalizaciones estigmatizantes, pero “los malos”, aunque menos, han sabido insertarse en el poder judicial, disfrazados con la dignidad de la magistratura. Para la muestra, unos botones:

El fiscal anticorrupción Gustavo Moreno, es condenado por corrupción y, pocos meses después, la Comisión de Acusaciones de la Cámara acusa al exmagistrado de la Corte Suprema, Gustavo Malo, por su participación en el “Cartel de la toga”, y al expresidente de la corporación, José Leónidas Bustos, que se vuela del país mientras el Senado se apresta a declararlo indigno.

En 2018 la fiscal Niño acusa a Bustos, al exfiscal Montealegre y al vicefiscal Perdomo, de urdir una «red criminal» para conseguir testigos contra los Uribe. En 2020, Montealegre y Perdomo se declaran “víctimas”, arremeten contra Uribe y, durante la audiencia de solicitud de libertad, son regañados por tergiversar al fiscal y dilatar la audiencia.

En 2021 es condenado el expresidente de la Corte, Francisco Ricaurte, mientras el actual presiona a la juez del caso Uribe y acusa a la Fiscalía de unirse a la defensa del expresidente.

El magistrado Reyes paga favores por un contrato que le había dado Santos, y a Barceló le parecen correctas las “investigaciones secretas” y no considera un error hacer y usar interceptaciones ilegales.

¿En qué momento los jueces dejaron de ser sal de la tierra?, ¿qué pasó con la justicia?, hoy la mayor carencia del país, y su reforma la mayor urgencia.

N.B. A la izquierda y al centro-santismo les parecen inoportunas políticamente las acusaciones contra Fajardo, pero no pensaban igual cuando a Óscar Iván Zuluaga les montaron el escándalo del hacker.