De acuerdo con cifras publicadas por Infobae, en lo que va del año han muerto más de 200 ciclistas en las carreteras de Colombia. Cifra que resulta paradójica en un país que se ha caracterizado por ser cuna de grandes ciclistas. Considero que en parte, esto se debe a la variaba geografía que ofrece nuestro país para entrenar, sin mencionar la pasión y la berraquera que nos caracteriza.

Creo que todos hemos sido testigos de la popularidad que ha tenido el ciclismo durante la pandemia. Fenómeno que puede verse reflejado en el aumento de las ventas de bicicletas, que de acuerdo con cifras del diario La República, se han incrementado en un 81%; así como en el aumento en el flujo de ciclistas que transitan en las vías del país.

Ahora bien, como ciclista, he ganado consciencia respecto de la fragilidad y el grado de exposición que se tiene al practicar este deporte, lo cual hace que cualquier incidente pueda terminar en graves lesiones, e incluso, en la muerte. Hasta este punto no hemos dicho nada nuevo, sin embargo, lo que sí podemos hacer, es aventurarnos a explorar estrategias que nos permitan hacerle frente a esta problemática. Para comenzar, es importante tomar en consideración el hecho que existen dos extremos involucrados: los ciclistas y los conductores.

En lo que respecta a los conductores, es poca la información que se recibe durante los procesos de formación para la obtención de las licencias de conducción, en relación con los cuidados que se debe tener en las vías, con los ciclistas. Frente a esto, considero que sería muy valioso reforzar el aprendizaje sobre los protocolos para adelantar a ciclistas. De igual forma, resultan destacables, las campañas que algunas secretarías de movilidad han adelantado en el país, para concientizar respecto de fenómenos como el efecto Venturi, el cual está detrás de muchos de los accidentes que tienen lugar a diario, haciendo que este tipo de iniciativas valga la pena ser replicada.

La situación es más crítica respecto de los ciclistas, pues no hace falta hacer un curso u obtener una licencia, para empezar a rodar por las vías, con el agravante de que no existen controles efectivos respecto del uso del casco y de elementos de iluminación; llevando a que sea necesario trabajar de la mano con los vendedores de bicicletas y los ciclistas, con el fin de promover una cultura de seguridad en la vía.