Viajar, uno de los placeres la vida, se ha convertido en una tortura según se desprende de experiencias de amigos y las mías propias, que hemos cometido el error de hacer viajes en estos tiempos de pandemia. No se trata solo de las variables regulaciones de los gobiernos, que cada día cambian sus parámetros y, como muchos exigen cuarentena a la llegada al destino, hacen que en la práctica una visita a otros sitios implique quedarse encerrado.

En los destinos todo (teatros, museos y restaurantes) está cerrado y en los aeropuertos hay que hacer colas interminables, pues parece que ha disminuido el personal para atender pasajeros.

Lo peor de todo es que aparentemente las aerolíneas buscan resolver problemas económicos haciendo ahorros a costa de los viajeros, a quienes les restringen servicios, con lo cual están contribuyendo a acabar con las ganas de viajar. Por ejemplo, en El Dorado el servicio de silla de ruedas para quienes las necesitan aparentemente no tiene suficiente personal y el resultado es que el pobre necesitado tiene que esperar largo tiempo cuando se baja del avión, a veces más de media hora, mientras llevan la silla a su destino.

En viajes, hasta en los largos, todo lo que dan al pasajero es un desabrido y minúsculo sándwich. Eso sucede incluso en clase ejecutiva, donde han desaparecido los tradicionales servicios de esta clase, pues ni siquiera los llamados
salones VIP están abiertos y los pasajeros tienen que someterse al mismo pobre sándwich seco durante el viaje.

La pandemia no será eterna y los prestadores de turismo y aerolíneas no se dan cuenta de que les costará mucho recuperar a sus clientes, que cada vez tienen menos ganas de viajar a causa de las torturas a las que están siendo sometidos.