miércoles, 13 de noviembre de 2019
Especiales/ Creado el: 2019-09-02 10:27

Laguna de las nubes, un remanso de paz en las montañas de Baraya

Veinte minutos después, me encontraba en presencia de la Laguna, silenciosa, un remanso de paz escondida en la montaña a más de 1.600 metros sobre el nivel del mar. 

Escrito por: Redacción Diario del Huila | septiembre 02 de 2019

 

Por: Darwin Méndez Lozada

Hace unos años escuché hablar de La Laguna de las Nubes, un paraíso donde se tejen muchas historias, enclavada en las montañas del municipio de Baraya Huila.  Inquieto por conocer este sitio, decidí viajar en mi motocicleta y adentrarme en la cordillera oriental, en búsqueda de este emblemático paraje.

Lo hice un domingo muy temprano, aprovechando los primeros rayos del sol.  Salí por el barrio Alberto Galindo ubicado al nororiente de Neiva, pasando por el corregimiento de Fortalecillas, famoso por sus deliciosos bizcochos de achira.  A pocos metros de pasar el cruce que va al Desierto de la Tatacoa, la calzada se volvió por unos kilómetros un camino destapado y pedregoso, peligroso especialmente para los motociclistas. 

En Baraya

Luego de una hora de viaje, llegué al casco urbano de Baraya, que lleva el nombre en honor al general Antonio Baraya, militar influyente en la revolución de independencia de Colombia.   A primera vista, esta localidad me causó una grata impresión, la vía de acceso estaba limpia, con los árboles y sardineles pintados de blanco, y al pasar por el parque principal, pude observar que estaba bien cuidado y el ambiente era agradable.  Pero como el objetivo principal era conocer La Laguna de las Nubes, dejé el recorrido por el municipio de regreso.  Me detuve frente a un joven que barría el antejardín de un local comercial, y le pedí el favor que me señalara la ruta para llegar hasta ella, él amablemente me indicó que saliendo del pueblo por la vía a Colombia Huila, me desviara a la derecha en el primer puente vehicular que me encontrara.  Seguí las indicaciones y a los pocos metros me encontré con el puente, giré a la derecha y empecé el ascenso por una carretera sin pavimentar pero en buenas condiciones.

A los pocos minutos, el paisaje se fue tornando sorprendente, gran parte del llamado “Valle de las tristezas” por Gonzalo Jiménez de Quesada, aparecía ante mis ojos, imponente, frente a mí se erguía la cordillera central, decorada con delicadas pinceladas blancas en sus picos y a sus pies, el valle de color ocre, con pequeños toques de verdes especialmente a orillas del Rio Magdalena, que se desliza como una anaconda dando vida a su paso.  A medida que ascendía, la brisa se tornó fresca y placentera, sobre las laderas se extendían cultivos de café que decoraban el panorama dándole un aspecto más colorido.

En la laguna

Me detuve en una de las fincas cafeteras, para solicitar información de cómo llegar a mi destino, una señora amable se acercó luego de amarrar un perro y me orientó, indicándome el lugar donde debía tomar otra carretera mucho más angosta, que me llevaría a la vereda el Cañón.  Veinte minutos después, me encontraba en presencia de la Laguna, silenciosa, un remanso de paz escondida en la montaña a más de 1.600 metros sobre el nivel del mar.  Después de apreciarla por un momento, decidí acercarme para verla más de cerca, pero su paso estaba restringido, hacía parte de una finca y estaba encerrada por una cerca, le pregunté a varios jóvenes que pescaban desde la orilla cómo hacía para poder entrar, uno de ellos se acercó y me dijo que tenía que hablar con el administrador y cortésmente me llevó a donde se encontraba.

William, un hombre joven y corpulento es el administrador desde hace 5 años, me comentó que la laguna hacia parte de la finca y por tal motivo, se había prohibido el ingreso de personas no autorizadas,  que muchos llegaban pensando que era un sitio turístico para bañarse, hacer paseo de olla o pernoctar, pero al llegar, se marchaban desilusionados por no poder hacer estas actividades. “Los antiguos dueños si tenían la finca como destino de esparcimiento, se podía comer, pasear y traían grupos musicales y la gente amanecía tomando, pero ahora la finca estaba destinada exclusivamente al cultivo del café”, me dijo.

Igualmente, me platicó de las diferentes historias que se tejen a su alrededor, una de ellas relacionadas con el general Antonio Baraya, que en su huida de Santa Fe de Bogotá, pasó por este lugar donde luchó y fue hecho prisionero y las armas fueron lanzadas a las profundidades antes que fueran tomadas por sus enemigos, también me indicó que ella tomaba diferentes colores en ciertos momentos del día, pasando de un color marrón a uno verde manzana, y finalmente,  de la preocupación que existía en la población de Baraya, al pensar que sus aguas podrían inundar el poblado en caso de una ruptura.  La laguna, está adornada frecuentemente por una espesa nube que se alimenta de sus aguas, por eso su nombre,  aunque según afirmó el joven, desde hace algunos años permanece la mayor parte del tiempo descubierta, considerando que es debido al cambio climático.

Me despedí de William y le di las gracias por su atención, salí de la finca y me quedé unos minutos contemplando el tranquilo espejo de agua, un lugar perfecto para la meditación.  Es una lástima que no se permita el acceso a los turistas, pero tal vez, esto conlleve a que este maravilloso lugar pueda mantenerse conservado. 

De nuevo en el pueblo

Comencé el descenso acompañado por una leve llovizna que descendía de la cordillera, la sorprendente vista de las montañas y a lo lejos la ciudad Neiva, hicieron que los kilómetros de regreso fueran una estupenda experiencia.  La brisa volvió a ser pesada y ardiente, me encontraba de nuevo en el casco urbano.

Llegué hasta el parque principal, un espacio de encuentro y descanso, bajo sus frondosos árboles la temperatura se hace más llevadera,  en una de sus esquinas se extiende la frase “Yo amo Baraya”, y a pocos metros reposa el busto del General que enorgullece al pueblo, la música en los establecimientos de billar resonaban en el ambiente, mientras algunas personas disfrutaban de sus bebidas.

Sentado en una piedra frente al parque estaba Gilberto Murillo, un hombre de avanzada edad que se dedica a la venta ambulante de productos como: plátano, aguacate, papa, yuca, piña, entre otros.  Es un hombre delgado, de tez morena y de expresión pacífica, en su cabeza lucía una desgastada gorra que en sus mejores momentos debió ser blanca. Me acerqué y senté a su lado, por un momento divisamos en silencio el correr del tiempo, lento, sin prisa.  Gilberto, es un barayuno que ha visto crecer a su pueblo y que rescata la amabilidad y tranquilidad de sus paisanos, considera que es un lugar de gente buena y trabajadora.  Me contó, que el municipio en un comienzo fue llamado “La Aldea de la Nutria”, y pertenecía a Villavieja y con el tiempo se decidió cambiar el nombre en honor al prócer de la independencia.  Le pregunté entonces por las actividades a que se dedicaban sus pobladores, y me dijo que algunos trabajaban en el campo, otros en los negocios comerciales que habían en el municipio y la gran mayoría en diferentes oficios en Neiva. 

Logré vencer la inercia provocado por el sofocante sol de la tarde y me despedí de Gilberto, caminé de nuevo al parque y ahora más personas disfrutaban de la música y las bebidas en los billares, encendí mi motocicleta y en la marcha pude observar algunas casas coloniales en buen estado.  Llegué a la vía principal y varios camiones cargados con lulo y granadilla pasaron a mi lado, el regreso estuvo acompañado por el recuerdo de los hermosos paisajes que divisé en mi ascenso a la laguna.