Miguel Chávez es “asesor comercial de artesanías”. Camina hasta 5 kilómetros diarios por las calles de Neiva empujando una carreta cargada de cuadros y pinturas, sin renegar, pensando en ser ejemplo y dar un futuro a su familia. 

DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

Miguel Chávez calcula que diariamente ‘patonea’ o camina entre 3 y 5 kilómetros por calles de distintos sectores de Neiva, dependiendo de la actividad y la necesidad, a donde llegó en busca de oportunidades “porque, ajá, tú sabes, nadie es profeta en su tierra”.

Su acento y modo de expresarse delata que es de la Costa Caribe, más exactamente de Luruaco, Atlántico, “tierra de la famosa arepa e’ huevo” cuyo secreto en la preparación es “ponerle mucho amor y corazón para que sepa rico”, dice, mientras se traslada mentalmente a su pueblo.

De la tierrita se vino para el interior del país hace varios años forzados por cosas del destino y necesidades económicas. Cayó primero en el Tolima donde sirvió recogiendo café y allí unos compañeros huilenses lo jalaron para Neiva, a donde llegó en marzo de 2017.

“Vine a conocer y me gustó; la gente lo trata bien a uno, es muy bonita la ciudad, y me amañé”, cuenta, pero además porque formó familia, que vive en el barrio Oasis, al sur de la capital.

La conforma la señora Ana, venezolana, con hija; y una niña de la naciente relación, Aranza. “Está en la casa con las hijas, y cuando puede trabajar por internet desde el celular…ahí vamos…”.

Volteo a diario

Miguel, cubierto con una gorra y un sombrero para soportar la inclemencia del sol en las largas jornadas de domingo a domingo, que inicia a las 8 de la mañana, sin saber a qué horas terminará, con descanso de un único día cualquiera entre semana, no se queja ni reniega de empujar una carretilla de ruedas, cargada de cuadros pintados.

“Soy asesor comercial de artesanías, de cuadros de pintura”, responde con orgullo. Unos paisanos barranquilleros los traen de esa ciudad, los entregan a Miguel y a otra persona para que salgan a ofrecerlos, a comercializarlos por barrios y calles, casa a casa, en triciclos.

“Son artesanías, cuadros, en óleo, lienzo, es arte, decorativas, para adornar oficinas, salones y salas. Las pinturas se pueden lavar, son originales, muy bonitas. Le dan otra imagen, belleza, a cualquier lugar haciendo más acogedor y llamativo”, afirma convencido, como todo un profesional.

Las piezas tienen un costo aproximado de $450.000, que, claro, se puede pagar a crédito, a cuotas, durante un buen tiempo. De contado disminuye el valor, aunque son menores las ventas. Otro empleado cobra y otra persona instala. Es una cadena de empleo.

“Entre semana se puede vender un cuadrito o hasta dos. Si va bien. Los fines de semana y que sean de pago se vende dos o tres cuadritos…hay días buenos, otros no, todo depende de la constancia, la disciplina y el amor que uno le ponga a las cosas, con buena energía y pensando que las cosas saldrán bien”.

Miguel, el suyo es un trabajo muy difícil, ¿cómo hace para no desanimarse? “Tú sabes que nada es fácil, todo trabajo es difícil, más no imposible. Uno no desfallece ni puede rendirse. Si un día vende y el otro no y el otro tampoco, pues no puede abandonar…uno tiene que seguir y seguir…ahí…ahí…”.

Es bachiller, prestó servicio militar, pero nunca recibió taller de ventas, aunque sí ha hecho cursos en el Sena. El oficio es hereditario, dice. La familia costeña es comerciante, siempre han comercializado distintas mercancías. “Los abuelos igual, eso lo llevamos como en la sangre, desde niños, es lo que nos ha tocado en la vida y gracias a Dios me desempeño bien en el comercio”.

Sueña con más adelante tener la propia empresa, sea de cuadros o cualquier cosa que “sea una rentica”. El nombre ya lo tiene contemplado: “alguno relacionado con mi pueblo, con mi cultura, si me entiende…porque, aunque me han tratado bien, no deja uno de extrañar su pueblo…”, manifiesta, con evidente nostalgia por la familia, pero aire complacido por la experiencia que vive.

Le gusta la comida huilense, no critica nada de la gente, pese a que confiesa que le hace falta los platos típicos como el pescado de mar, cuenta el hombre de 27 años, “hincha del Junior hasta la muerte, el tiburón”.

Artista de las ventas

Miguel no sabe pintar, “si yo supiera hacerlo lo haría, no me varo”. Tampoco sabe de arte, ni de galerías, de pintura ni de grandes pintores, de Picasso o Botero.

Lo suyo es vender, el comercio, que disfruta porque claramente lo que lo motiva a levantarse es sacar adelante a la familia, la hija, “son mi responsabilidad, como mi mamá, Clara Inés Polo. Debo ser buen ejemplo para todos y darles un futuro”.

Y empieza a empujar el triciclo por una calle medio empinada del barrio Quirinal Alto porque sabe que hoy, hay cuadros, mañana también.