Según la tesis desarrollada por Levitsky y Ziblatt las reglas de la tolerancia mutua y la contención institucional han sido el soporte que ha garantizado la estabilidad del sistema democrático de los Estados Unidos. La tolerancia mutua significa que “siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y gobernar que nosotros. Podemos estar en desacuerdo con ellos, e incluso sentir un profundo desprecio por ellos, pero los aceptamos como contrincantes legítimos”.

Por su parte, la Contención significa -en opinión de los autores- “autocontrol paciente, templanza y tolerancia. La contención institucional es evitar realizar acciones que, a pesar de respetar la ley escrita, vulneran su espíritu”. Es no quebrantar las tradiciones democráticas. Y ello puede darse en las monarquías y en las democracias. Los autores invocan el caso de la designación del primer ministro británico en cuyo proceso la Corona puede escoger a cualquiera para ocupar el cargo y formar gobierno, pero ha respetado durante siglos que sea la mayoría de la Cámara de los Comunes la que lo elija sin que haya una norma constitucional que así lo ordene. Lo mismo podía decirse del límite de los dos periodos constitucionales en Estados Unidos, que no era una ley, sino una norma de contención heredada del ejemplo de Washington, hasta que Roosevelt se postuló para un tercer periodo en 1940 y otro en 1944, lo que obligó a aprobar la Vigesimosegunda enmienda en 1947.

Este lúcido ensayo sostiene que las quiebras democráticas más trágicas de la historia estuvieron precedidas por una degradación de las normas básicas. La tesis la ilustran con varios ejemplos, entre ellos varios de América latina. En Chile, hasta el golpe de Estado de 1973, había predominado una “cultura de compromiso” que se rompió por el desencuentro del Legislativo con el Ejecutivo y que produjo una “erosión continuada de las normas democráticas” con un nivel muy alto de intolerancia mutua que rompió la posibilidad de diálogo entre las fuerzas políticas.

Otro caso es el del Perú en donde, en 1990, un rector de universidad de ascendencia japonesa derrotó a uno de los novelistas más celebres de América Latina. Fujimori ganó con un discurso duro contra la violencia, la corrupción, el terrorismo y el narcotráfico. Y ganó porque muchos lo vieron como una opción real de cambio. Al poco tiempo se enfrentó a la justicia y al Congreso al que cerró en menos de dos años.

Lo propio ocurrió con Hugo Chávez, en Venezuela, quien ganó con el discurso anticorrupción y el agotamiento de los partidos políticos. En la etapa inicial -dicen los autores- Chávez buscó preservar ciertas formas democráticas hasta el intento fallido de golpe de Estado de 2002. A partir de entonces comienzan a cerrarse los espacios democráticos en Venezuela.

Este interesante libro concluye que la polarización puede despedazar las formas democráticas, y el partidismo extremo, en el que las sociedades se clasifican por bandos políticos cuyas concepciones del mundo no sólo son diferentes, sino, además, mutuamente excluyentes, la tolerancia resulta más difícil de sostener.