El mensaje de este XV Domingo del tiempo ordinario gira en torno a la misión del cristiano y a su compromiso  con el proyecto de la salvación que nos propone Jesús.

A todos nos llamó Dios en cualquier edad y desde cualquier oficio por humilde que sea, como nos lo recuerda el profeta Amós en su condición de mayordomo y agricultor. Amós es el profeta de la justicia social y proponía el cambio de estructuras injustas y como resultaba incómodo con su predicación se le atravesó Amasías, sacerdote de Betel para acusarlo e invitarlo a marcharse de allí.

Él se afirma en su calidad de profeta y afronta las dificultades.

Jesús, el elegido por el Padre, es el Hijo por excelencia, su apóstol y enviado por antonomasia, después de su fracaso en Nazareth que veíamos el Domingo pasado entre sus paisanos que lo rechazaron resuelve llamar a los doce y enviarlos a todas partes con una misión bien precisa: “predicar, exhortando a la conversión, expulsar a los espíritus inmundos y curar a los enfermos”.

Como vemos es la misma misión de Jesús, que no solamente trae una palabra que exige el cambio de vida, sino que les regala los signos que El mismo había manifestado en su presencia. Les exige total pobreza, pero a la vez les comunica su propio poder.

Jesús les pide no repetir una doctrina tradicional, sino iniciar un movimiento de renovación para cambiar la estructura de la sociedad humana.

Cuando se encuentra una estructura desueta y anquilosada de politiquería y de corrupción como la nuestra, que difícil es que resuene la palabra del profeta moderno, clara y desafiante, segura e independiente.

Porque el Maestro conoce bien la precariedad de sus enviados los amonesta para que no piensen que es una tarea humana y pasajera basada en los presupuestos falibles de los hombres sino en el plan de Dios, que nos recuerda hoy San Pablo.

Por eso los manda de dos en dos, para que se sientan fuertes, sin nada, sin provisiones, no les promete una barca milagrosa, ni guardaespaldas, ni cartas de recomendación; “un bastón y si quieren un par de sandalias” por lo difícil y largo del camino.

Como van a entrar a todas las casas, en unas les van a tirar la puerta, los van a recibir con groserías, no importa” sacudan de sus pies hasta el polvo que se les haya pegado, será una acusación contra esa gente”. En otras les brindarán comida y hospedaje, quédense esa noche allí.

Qué pedagogía más extraordinaria: deben confiar solamente en El que los envía, El proveerá y no les faltará nada. Ellos fueron y sintieron la veracidad de esa promesa y así trabajaron sin angustia, sin sobresalto, porque la tarea era de Jesús a través de su pobreza de toda índole.

Hoy miramos ese método de evangelizar como inadecuado e insólito y nos llenamos de programas modernos, de aparatos y de sobresaltos ante la consecución del dinero. El Señor no nos pide que nos coloquemos su túnica encima de la nuestra, sino que dejemos la propia para revestirnos de la túnica de Cristo.

El profeta de hoy y lo somos todos, tenemos que confiar más en Jesús, que en nosotros mismos, protestar contra las injusticias, que amenazan la supervivencia de los pobres.

Luchemos como Amós para el cambio de las estructuras del Estado injusto.

La misión actual que es de servicio exige que no reemplacemos el signo de la cruz por el signo pesos. El Señor nos envía con poderes espirituales, no con códigos, ni moralismos que alejan a las personas de la Iglesia.