Por: José Eliseo Baicué Peña

Avanzamos ya en el tercer decenio del siglo XXI.  Una época que se ha asociado con el desarrollo de la tecnología, el internet de las cosas, el impulso de la robótica, de la nanotecnología.  Es decir, un momento donde se está dando una convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas.  O sea la Cuarta Revolución Industrial.

Recordemos que en el Reino Unido, a comienzos del siglo XVIII el hito fue la máquina a vapor, generando un proceso de transformación económica y social, y dando inicio a la primera revolución industrial.

La segunda revolución industrial surgió a mediados del siglo XVIII y hasta el inicio de la primera guerra mundial.  Se caracterizó por el descubrimiento de nuevos materiales como el acero, el zinc, cobre y níquel, generando grandes avances en la producción química y en el transporte.

La tercera revolución industrial o revolución científico-tecnológica, fue marcada por el mayo uso de las energías renovables, la red eléctrica inteligente, la tecnificación de vehículos, y una época de grandes inventos, a mediados del siglo XX.

Estamos en una era en la que la máxima expresión del conocimiento humano está siendo evidenciada en cada una de las acciones que el hombre emprende diariamente.  Un quehacer que cambia constantemente a velocidades asombrosas, a tal punto que si algo ayer fue el boom, posiblemente mañana ya no lo sea.

Lo curioso es que con esta dinámica cambiante, en los últimos años han venido surgiendo los hijos CDTs.  ¿Qué quiénes son estos?

Sencillo: los padres de familia, obligados, tal vez, por los ritmos económicos y de ocupación laboral, optaron por “depositar” (matricular), en algunas instituciones educativas (la mayoría de carácter privado), a sus hijos, con la intención de que allí los formen, los ilustren, les enseñen, los recreen, y hasta que los alimenten.

Es decir, buscan que la escuela, supla esas labores propias del hogar y del acompañamiento familiar.  Están convencidos de que al matricularlos en estos colegios, están cumpliendo con esa noble labor de formar a sus hijos.  Por eso, descargan esa inmensa responsabilidad familiar en los maestros y directivos.  Pagan para ello.

Lo delicado del asunto, es que al final del periodo escolar, cuando van a “retirar” (fin de año) a sus hijos, y éstos no muestran aprobación o evidencian aprendizajes no

Ideales, de inmediato culpan a la escuela, a los maestros, al sistema.  El resultado es apenas lógico: delegaron un mundo de responsabilidades, no hicieron proceso de acompañamiento a los menores, no hablaron continuamente con ellos, no asistieron a sus reuniones, no vivenciaron el proceso de aprendizaje y de crecimiento social, tan valioso como la vida misma.

El resultado es ese.  Un estudiante aislado de su entorno familiar, enclaustrado en un lugar donde maestros y directivos hacen lo posible por cumplir con sus funciones, para luego retornarlo a sus padres.  Los hijos CDTs.  ¿Usted tiene uno?