Daniel Raisbeck

 

¿Alguien más recuerda las andanadas de Hugo Chávez contra la burguesía? Junto a los “pitiyanquis”, los burgueses eran el principal objetivo retórico del mandamás mientras arrastraba a Venezuela hacia el abismo.

Chávez practicaba un viejo deporte, presente mutatis mutandis en la antigüedad y en el medioevo. En la era moderna, Bonaparte se refirió con desdén a Inglaterra como “una nación de tenderos” dado su espíritu comercial (la misma nación que lo derrotó en Trafalgar y Waterloo). En el caso de Marx, toda su endeble construcción teórica gira alrededor de su odio al burgués, quien, según él, destruyó “las relaciones feudales, patriarcales e idílicas,” y dejó “el cruel interés propio como el único nexo entre los hombres”.

Desde un punto de vista aristocrático, el burgués es desdeñable porque, como escribió el periodista británico Peregrine Worsthorne, “le interesa hacer dinero, no hacer historia”. Según el autor estadounidense Irving Kristol, los intelectuales y artistas, quienes o son extraordinarios o- con más frecuencia- consideran serlo, tienden a despreciar las ambiciones modestas, mezquinas y domésticas de la sociedad burguesa, empezando por la aspiración a mejorar las condiciones económicas de la familia propia o, en colombiano, subir de estrato.

Todo anti-burgués vociferante -desde los líderes revolucionarios de antaño hasta los tuiteros avant-garde contemporáneos- ha predicado la igualdad material sin sentirse en lo más mínimo igual a sus compatriotas. “Suponen ser superiores gracias a sus talentos y sensibilidades”, escribió Kristol. Por ende, consideran vulgar e irredimible “la idea de que avanzar el interés propio sea el motor del desarrollo económico”, o la mejor manera de que la mayoría pueda cumplir metas comunes y corrientes, por ejemplo, comprar un automóvil o pagar la matrícula de un colegio.

Deirdre McCloskey lo resume bien: desde el siglo XIX, la intelectualidad ha repudiado al comerciante por carecer del honor marcial del noble y de la solidaridad del siervo. De ahí surge el rechazo al concepto de una virtud burguesa, idea considerada un oxímoron. No obstante, argumenta McCloskey, la sociedad comercial no sólo permite la práctica de numerosas virtudes, tanto clásicas como cristianas, sino que su buen funcionamiento depende de una ciudadanía virtuosa.

Comprar barato y vender caro -la esencia del comercio- requiere prudencia; el ahorro requiere temperancia; adquirir propiedad privada honestamente requiere justicia; las transacciones en el libre mercado se basan en la fe en los demás; toda inversión surge de la esperanza en un mejor porvenir. En mi opinión, la virtud burguesa más importante dado lo poco que se aprecia es el coraje, indispensable para arriesgar el capital en una empresa incierta. Es hora, escribe McCloskey, de que la palabra “burgués” apunte al honor y no al vilipendio.

Chávez dinamitó las virtudes clásicas burguesas, persiguió sin piedad a quienes las practicaban y los reemplazó con una banda de “boliburgueses” realmente rapaces. La miseria masiva de su país fue el inevitable legado del protegido de Fidel Castro, cuyo mayor logro fue contribuir a la inmensa prosperidad de una nueva sociedad comercial en el sur de la Florida.